Con 81 años y más fresco que una lechuga, Clint Eastwood sigue en la brecha y no duda en retratar al mismísimo J. Edgar Hoover (1895-1972), una institución en la historia de los Estados Unidos del siglo XX, que sirvió (y sobrevivió) a ocho presidentes desde la dirección del FBI entre 1924 y el día de su muerte. Cuentan que lo sabía todo de los personajes públicos de su país y cuentan también que, cuando algún presidente amenazó con darle pasaporte, Hoover le hacía llegar una oferta al más puro estilo Corleone, de esas que «no podría rechazar». Hollywood lo retrató en numerosas ocasiones, aunque nunca con la intención de Eastwood a partir del guion de Dustin Lance Black (autor del libreto de Mi nombre es Harvey Milk), en donde muestra sin trazo grueso el aspecto más polémico de su personalidad, su supuesta homosexualidad. Durante su gestión, el muy conservador Hoover fue, entres otras cosas, azote de los gais.
En dos horas largas, el autor de Gran Torino (2008) y tantas otras en sus cuatro décadas como director, disecciona al personaje sobre un ponderado registro de Leonardo DiCaprio, que lo interpreta durante varias décadas, incidiendo en particular en la relación con su madre (espléndida Judi Dench) y en su adjunto Clyde Tolson (Armie Hammer), que le heredó a su muerte. Rodada con un contenido presupuesto de 35 millones de dólares, su acogida en la cartelera local responde a la discreción esperada en una propuesta adulta no exenta de polémica (disgustó a los sectores más conservadores), aunque sin duda recogerá beneficios en el mercado internacional. Fue una de las grandes olvidadas en las recientes nominaciones a los Óscar.