En principio no parece que haya habido grandes protestas ante la noticia de que Vigo perderá este año el obsoleto y caduco espectáculo aéreo con el que el Concello de Vigo alegraba media mañana a los vigueses por el módico precio de 70.000 euros. La contaminación atmosférica y acústica que genera ese engendro de magnitud cultural incalculable no hay dinero que lo pague. Los réditos que esta «inversión» han generado a lo largo de una década en la ciudad son de sobra conocidos. ¡Ah! ¿Que no los conoce? Yo tampoco. A excepción de unos cuantos autobuses llegados de Portugal que ya vienen (con o sin festival) con la comida de casa, turismo no atraía. Caché internacional no nos daba. Y los beneficios que generaba en el tejido comercial de la ciudad se limitaba a la caja que podían hacer los dos o tres bares que hay en el arenal, donde siempre había más cola para ir al baño que en la barra. Es posible que el Festival Aéreo de Vigo lograse congregar a tanto público por una razón lógica. Como estamos en una ciudad con un aeropuerto agonizante donde cada vez hay menos aviones, la gente iba a ver muchos juntos para erradicar el mono de golpe. A los vigueses siempre les ha gustado mucho ir a Peinador a ver aterrizar y despegar naves, pero hasta eso les arrebataron cuando se amplió la terminal.
Que nadie se haya rasgado las vestiduras para protestar por la cancelación del evento que pintaba el cielo de Samil con los colores de la bandera de España hasta puede ser una señal de cordura. Igual prefieren ver aviones en el aeropuerto, no en la playa. A lo mejor a los vigueses lo que les duele es que cada vez que necesitan tomar un avión no tengan conexiones o los vuelos les salgan por un ojo de la cara. Igual estamos cambiando. A lo mejor nos estamos convirtiendo en una ciudad menos estresada y menos ruidosa. Humana, no humanizada.
begona.sotelino@lavoz.es