La próxima semana viajo a Barcelona, vía Oporto. La alternativa, por Vigo, era Cinco semanas en globo. Habría quedado muy propio de Julio Verne, pero ruinoso.

Detesto volar con la compañía irlandesa de bajo coste: las carreras por la pista, el caos en facturación, los asientos de plástico, su web engañosa para que pagues productos que no necesitas o la megafonía insufrible a bordo, voceando sus tarjetas de «rasca y gana». Llevo años viajando con ellos y cada vez son más insoportables.

Ahora bien, de Oporto a Barcelona, ida y vuelta, he pagado 122 euros. Mientras que, desde Peinador, con Iberia, me costaría 396. Y el viaje de regreso del jueves tendría que hacerlo vía Madrid. Como no hay conexión directa con Vigo, estás obligado a una escala en Barajas. Sales a las cuatro de la tarde de El Prat y llegas a Peinador pasadas las nueve de la noche.

Vivo cerca de la estación de autobuses. Donde, por 18 euros, una compañía me pone en el Sá Carneiro, ida y vuelta, con ocho cómodas frecuencias diarias. Vitrasa ni siquiera conecta Peinador con la avenida de Madrid. La intermodalidad, que es la base del transporte de viajeros, sigue siendo un imposible para la concesionaria.

No voy a entrar ahora en quién tiene la culpa de todo esto. Es un tema que ya me enerva más que un azafato de Ryanair pesándome la maleta. Pero lo cierto es que hemos llegado a un punto intolerable.

Vigo, una ciudad industrial, la mayor de Galicia, no puede estar incomunicada. Y su aeropuerto, sin aviones. Sin conexiones con ninguna parte. Peinador no puede ser un decorado. Aunque cuiden sus detalles. Las silvas, los escombros y la maleza que lo rodean parecen un atrezzo de La carretera, Walking Dead o El último hombre vivo. Al menos, el abandono salta a la vista. Enhorabuena.