Tom Cruise, el artista populista que ganará por fin un Óscar

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Tom Cruise, en el festival de Cannes
Tom Cruise, en el festival de Cannes MOHAMMED BADRA | EFE

Es, desde hace décadas, el rey indiscutible de las taquillas. Este año, por fin, recogerá un premio de la Academia a su nombre en reconocimiento a su larguísima trayectoria actoral

19 ago 2025 . Actualizado a las 13:51 h.

No nació el 4 de julio. Pero casi. El 3 de julio, de hecho. Muy cerquita del cumpleaños de los Estados Unidos de América. Y a Tom Cruise esto le viene como anillo al dedo. Porque él es uno de los pocos supervivientes en activo de una generación de superestrellas totales que, hasta no hace tanto, atraían como imantadas las lentes de las cámaras cinematográficas (esto es bueno) y las de los paparazi (esto es malo).

Se ha hablado de su vida en los bares, en las peluquerías, en las calles, en las reuniones de amigos y hasta en las reuniones familiares. En todas partes. O al menos, en todas las partes de esta mitad pseudoyanqui del mundo. Rupturas escabrosas, despertares religiosos algo turbio y encontronazos con reporteros. Sin embargo, lejos de la rumorologías, Cruise ha mantenido un admirable paso constante creando su arte. Un arte populista que habla al grueso del patio de butacas. A la inmensa mayoría. A veces da en el clavo y se activa la máquina de hacer dólares. Como con la infinita franquicia Misión: Imposible, que ha estirado como un chicle irrompible. Y consiguiendo, además, que sus fieles no solo no lo abandonen, sino que lo loen con ímpetu renovado. Año tras año. Película tras película.

Poco a poco fue forjándose su leyenda de superestrella salvaje. De actor comprometido que rechaza dobles de acción —porque él no acepta imitaciones— y se tira él mismo del puente con o sin arnés.

También salió muy reforzado de su reedición Top Gun: Maverick. Segunda parte, muchísimo más depurada y menos hortera, de una película, Top Gun, que iba a caballo entre el llamamiento a filas y el anuncio de gafas de sol.

Con más o menos encanto, pero es difícil de rebatir que títulos chillones, en la filmografía de Tom Cruise, hay unos cuantos. Cocktail, por ejemplo. Que tiene su aquel. Y que le valió, por cierto, un premio Razzie a peor actor. Algo a todas luces injusto. Porque, y esto es a lo que íbamos, bajo todas esas capas de adrenalina y dinamita y saltos al vacío, Cruise siempre fue un actor muy pero que muy dotado. Pruebas hay de sobra para demostrarlo.

Tres veces sin suerte

Entre 1990 y el 2000 lo nominaron tres veces al Óscar. Nacido el 4 de julio —considerada por muchos su verdadera salida del cascarón—, Jerry Maguire y Magnolia. No se llevó ninguno. Pero ojo a los contrincantes que tuvo. El primero lo perdió contra Daniel Day Lewis. El segundo contra Geoffrey Rush. Y el tercero, con toda la justicia del mundo, contra Michael Caine. Después de aquella década (casi) prodigiosa, apareció en dos o tres películas potencialmente oscarizables —El último samurái, Collateral o incluso, y en esta colina muero, Tropic Thunder— que sin embargo fueron pasadas por alto por la Academia.

Ahora, aunque su impecable estado de forma diga lo contrario, Cruise es ya un veterano que (solo figuradamente) peina canas. Sabe leer los momentos comerciales de la industria como nadie. Tiene, probablemente, el olfato más desarrollado del gremio. Sobre todo por su uso mercantil de la nostalgia. Padres fueron de la mano de sus hijos a verlo de nuevo surcar los cielos en su caza de combate. Y ojos se empañaron porque hace no tanto, pensaría ese padre, era yo el hijo que se quedaba boquiabierto con las piruetas aéreas.

Solo él, y quizás Kevin Costner y dos o tres más (aunque Costner con mucha menos boyancia pecuniaria), mantienen vivo en Hollywood el perfil de estrella total y de arraigo popular. De ídolo del hombre común y explotador de los sueños y entusiasmos de la persona de a pie. Su arte es fundamentalmente democrático porque emana directamente de la lectura de estas apetencias cambiantes. Él se adapta a sus admiradores y no al revés. Y por eso es, desde hace tanto tiempo, el favorito de las taquillas. Y por eso los Óscares no podían seguir esquivándolo. Y por eso el premio honorífico de este año tendrá grabado su archiconocido nombre.