Sacerdote, poeta, peregrino de los puristas... José Miguel Burgui, un clásico estival en O Cebreiro, regresa a Pamplona harto de los «fantasmas del Camino»
16 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El sonido nasal de un cuerno atrona en medio del pueblo. Asusta a los peregrinos y turistas, pero no a los habituales de O Cebreiro. Saben que no se trata de ninguna invasión bárbara, sólo de José Miguel Burgui Ongay, Burgui a secas para sus conocidos. Es su seña de identidad, aunque él lo lamenta: «Se quedan con la anécdota del cuerno, pero no con el verdadero espíritu de la ruta». Sacerdote navarro de 62 años, es uno de los personajes más peculiares y reconocidos de la ruta. Otro más. Llegó a finales de julio con un sol de miedo y se irá hoy con previsión de lluvias que no espanta a caminantes. Ayer se despidió del pueblo, el tercer año consecutivo que no falla a su cita con el primer punto gallego del Camino. Pero duda ahora si sumar un cuarto apostolado. La razón: los pijigrinos. «Esto ya no es como hace veinte años -agrega-, parece Marbella o Benidorm, hay mucho fantasma, en el Camino hay que sufrir, pasar hambre». Con ese cuerno -de cabestro de San Fermín- llama a los peregrinos «de verdad». Ese instrumento es uno de sus reclamos. Pero tiene más: desde O Cebreiro se va cada mañana a Liñares, a cuatro kilómetros, para despedir a los ruteros entregándoles flores o escritos. «No souvernirs, grasisas», le espetan los turistas que temen pagar. No saben que lo suyo es gratis, sólo a cambio de una sonrisa. Es, además, poeta ocasional. Una de sus últimas creaciones es, precisamente, para ese que él llama pig-ilgrino («pig» es cerdo en inglés). A ese que «pasa de largo por iglesias, monumentos e historias, que no bares, mesones ni literas». Cuerno, versos, flores... Y más. También es sacerdote de misa políglota: en español, gallego, inglés, francés, italiano, alemán, portugués... Aunque él no sepa todas esas lenguas. Recluta a intérpretes antes de la ceremonia entre aquellos que deciden acudir a la llamada de su cuerno, a las ocho de la tarde, a la misa del peregrino. Ayer ofició la última, con música propia de fondo, la que le creó un profesor valenciano, una composición pegadiza que «tiene ritmo de muñeira», dice mientras chasquea los dedos.