Turismo en la casa del narco

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GALICIA

RODRIGO ARANGUA

El mundo a los cuatro vientos La más ostentosa de las haciendas del desaparecido narcotraficante Pablo Escobar, que está en ruinas y devorada por la naturaleza, será convertida en centro de ocio

21 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

El que fuera el capo más poderoso de Colombia y tal vez del mundo durante los años 80 construyó en la Hacienda Nápoles un sueño dorado de exceso y lujo que ni él ni los suyos pudieron disfrutar durante mucho tiempo. La entrada, cerca del río Magdalena, a 168 kilómetros al sur del Medellín, todavía está marcada por un arco de cemento en cuya parte superior, descascarillado, figura el nombre que robó la atención de muchos. En otro tiempo, ésta era la puerta del paraíso, un Neverland de Michael Jackson a lo colombiano. El jefe del cártel de Medellín compró 1.805 hectáreas de tierra verde donde construyó su mansión, 3 piscinas, 12 lagos artificiales, casas de invitados, un garaje para su numerosa colección de coches, una plaza de toros para 300 personas, un hospital, un zoológico y hasta un «parque jurásico» de hormigón. En el desarrollo del mega proyecto trabajaron 750 hombres, entre obreros, arquitectos, ingenieros y veterinarios. El zoo llegó a tener 1.900 animales traídos de todas partes del mundo. En los buenos tiempos, Pablo Escobar, en uno de esos gestos que tanto le acercaron a la gente, permitía que los lugareños entraran gratis a contemplar antílopes, gacelas, ciervos, dromedarios, tortugas, flamencos y un sinfín de especies. De aquello quedan once hipopótamos que viven en los lagos artificiales donde han conseguido reproducirse. La hacienda ha permanecido en un limbo jurídico durante 15 años, desde que, en 1989, fue allanada por la policía. Desde entonces, se ha visto envuelta en litigios entre los herederos de Escobar, muerto durante su captura en 1993, y el estado colombiano. Después de pasar a manos de diversos organismos, el gobierno, a través de una ley que le permite incautar los bienes derivados del narcotráfico, tomó posesión del lugar el pasado día 18. Durante este tiempo, la hacienda, que fue la niña mimada del cártel de Medellín, ha sido pasto de la maleza y los saqueadores. Coronando un montículo desde el que se divisan gran parte de las tierras, continúan orgullosamente erguidos 5 réplicas de dinosaurio de unos 9 metros de alto; no han perdido sus vivos colores, sin embargo están llenos de agujeros pues los intrusos buscaban dinero y joyas hasta dentro de las paredes. Incluso se llevaron la avioneta que coronaba la entrada, en la que, según la leyenda, Escobar envió su primer kilo de cocaína al exterior. De aquel esplendor quedan en el garaje los esqueletos herrumbrosos de 13 coches, entre los que se adivinan un Porsche, una limusina y un modelo de los años 30 con puertas agujereadas, donde, según dicen, murió el gángster norteamericano Dilinger. En esta hacienda Pablo Escobar planeó y ejecutó un sinfín de asesinatos, además de reunirse con capos y otras personalidades, entre las que, según su hermano, se encuentra Vladimiro Montesinos al que aparentemente dio 1 millón de dólares para la campaña de Fujimori en 1990. La Dirección Nacional de Estupefacientes planea construir aquí un centro turístico, que incluiría el Museo del Narcotráfico, para llevar el mensaje a la juventud de que dicho negocio no merece la pena.