En serio: nos jugamos la costa

GALICIA

SIRO

El súbito interés de grandes inmobiliarias por masificar el litoral gallego se disfraza como una oportunidad para el desarrollo, pero es todo lo contrario

18 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Puede haber algo más goloso para un promotor inmobiliario ávido de negocio que el enclave natural de las rías gallegas? Está claro que no. ¿Puede haber mayor fortuna para el dueño de una finca de 3.000 euros que recibir una oferta de compra por 300.000? Evidentemente, no hay mejor lotería. ¿Y puede un alcalde de un municipio en regresión, que pierde habitantes y actividad económica, hacerle ascos a la llegada de empleo, dinero y nuevos vecinos? Desde luego que resulta casi imposible imaginarlo. Como se ve, la tentación no puede ser más fuerte. Va a ser muy difícil combatir esos argumentos tan tajantes. Y sin embargo, por el futuro de Galicia resulta crucial ganar ese combate contra los intereses perentorios. Porque todo eso que a primera vista parece un deseado maná, una bendición y una salvación en toda regla, es, en realidad, un veneno mortal para el que no existe antídoto. Las voces de alarma que han empezado a surgir en este periódico y en algunas otras instancias tienen toda la razón: los que acuden a colonizar la costa gallega con masificadas y despersonalizadas urbanizaciones no traen desarrollo, sino la sentencia de muerte de uno de nuestros mayores valores estratégicos. Vienen a destruir justamente lo que venden: un paisaje idílico, una naturaleza incomparable, un remanso virgen, un paraíso para gozar de la vida. Desde luego, el litoral gallego puede generar mucha más riqueza que la que hoy ofrece si planifica la actividad económica sobre sus valores esenciales, que no son otros que la acuicultura, el paisaje y el turismo. Pero sólo funcionará más allá de una generación si ese crecimiento se lleva a cabo cuidando y resaltando sus valores; no destruyéndolos. Es lo que hemos convenido en llamar desarrollo sostenible. Lo que nos proponen está muy lejos de serlo. Es la degradación total. Y si picamos en el anzuelo, ya no habrá marcha atrás.