Los turistas interrogan al personal de la catedral de Santiago sobre el manuscrito
15 ago 2012 . Actualizado a las 10:10 h.Allí, abierto por el Libro IV, la Historia Turpini, ve pasar los días y los ojos curiosos de los visitantes que, tras enfilar el claustro de la catedral de Santiago, parecen decir con la mirada: «¿El Códice, por favor?». Protegida por una vitrina, la copia facsímil del Códice Calixtino, la joya de la corona de la basílica compostelana, últimamente, se siente más escudriñada que nunca.
Y es que las fechorías de Manuel Fernández Castiñeiras, que enterró durante un año exacto el original Liber Sancti Iacobi entre bolsas en un garaje de O Milladoiro, han hecho aflorar en los peregrinos el sentimiento, junto con el de abrazar al Apóstol, de acudir a ver este pedacito de historia, aunque sea una copia. Para poder posar su mirada en el original tendrán que aguardar a una futura exposición, cuando el Códice salga de nuevo a la luz.
Visitantes con mucha cultura
La curiosidad creciente por el Códice la tiene presente el personal del museo de la catedral. Uno de los vigilantes de la sala de la biblioteca ha notado más interés por ver el libro tras el desenlace del calificado como robo del siglo. «De 100 que vienen, 96 preguntan por el Códice», sentencia. La mayoría, sin embargo, saben bien lo que van a ver. «La gente no es tan torpe», comenta mientras la eucaristía continúa en el altar mayor del templo. «También hay que tener en cuenta que la mayoría de la gente que viene al museo es gente con mucha cultura» y que esos conocimientos incluyen el famoso libro.
Pasan quince minutos del mediodía y una pareja de turistas andaluces enfila la entrada de la biblioteca. No han entrado expresamente en el museo para ver el Códice. «Pero ya que estamos aquí, lo veremos», apuntan. Han seguido por los medios de comunicación el caso, pero ellos ya conocían qué era antes incluso del robo.
¿Copia u original?
Minutos después, una pareja de Cantabria repite la escena. «Ni siquiera veníamos pensando en el Códice», aclaran entre risas. Ellos sí conocieron que existía y el significado de los pergaminos a raíz del hurto de Castiñeiras. «El Códice... ¿es un libro, no?», preguntan. Se acercan a la vitrina para poder verlo más de cerca.
-¿Saben que este es una copia, no el original?
-¿Ah, sí? Creí que era este.
Justo detrás de ellos, un grupo de turistas italianos. Se sorprenden más de ver el botafumeiro que el propio libro. Sin embargo, a los pocos segundos, se acercan a la vitrina y, como tantos otros, pasan unos minutos escudriñando los vivos colores del facsímil expuesto.
«Se interesan más los turistas nacionales que los extranjeros», aclara el vigilante de la sala. Franceses e italianos también, porque conocen el libro. El resto, apenas ha oído hablar de él. Y los que descubren que el verdadero Códice estará expuesto en el futuro, ¿están dispuestos a regresar? «Hombre, si tienen unos días para visitar Santiago... los que sí dicen que irán son los compostelanos», puntualiza uno de los vigilantes.
Tienen medios, oportunidad y, como Fernández Castiñeiras, un móvil: ver un trozo de historia. De su propia historia.
«De 100 que vienen, 96 preguntan por el Códice», apunta un vigilante