La vida de Mangouras en A Coruña después de tres meses de juicio
10 feb 2013 . Actualizado a las 22:32 h.A veces el juicio se convierte en una aburrida travesía por un paisaje yermo y los párpados ceden al tedio y al calor de la sala de vistas. De vez en cuando, Nikolaos, su compañero de viaje, unido a él desde hace diez años por un amasijo de acero que descansa en el océano a 4.000 metros de profundidad, hace algún comentario en griego. Su voz es un destello espontáneo entre los tonos monocordes de los togados, con un volumen excesivo por culpa de los cascos de la traducción simultánea. Pero nadie le dice nada. El capitán Mangouras, en cambio, se acomoda al traqueteo de los interrogatorios en silencio, encogido en su silla y ante la pequeña mesa que instalaron a cada uno de los tres acusados para que tomen notas, apoyen su botella de agua o simplemente jueguen con las manos.
Ya van tres meses de juicio del Prestige sin contar los interludios y Mangouras intenta adaptarse a estas extrañas vacaciones con pena de banquillo en A Coruña. Hace unas semanas, en una conversación sin más tomando un café en un descanso del juicio -no le gusta el café de aquí, prefiere el sabor duro y con posos del griego, que en realidad es turco- , comentaba que A Coruña «is a nice city» -una ciudad bonita, en inglés-. También se alegraba de percibir cierto cariño de la gente en sus fugaces escapadas para pasear, a menudo acompañado por su mujer Rula y por su inseparable Nikolaos, el jefe de máquinas. «Adiós capitán», dice, es el saludo que suele surgir de los paseantes anónimos que aciertan a reconocer su imagen entre tanto jubilado que deambula por la ciudad. Pese a los temores que pudiera tener, Mangouras no se ha cruzado con nadie que le haya reprochado nada. En la calle es alguien que cae simpático.
El puerto o el centro comercial
Pasear por A Coruña y ver partidos del Dépor -ambos son dos grandes aficionados al fútbol y simpatizan con el club de la ciudad- son los principales escapes a un juicio con sesiones de cuatro horas y media. Mangouras, dicen en su entorno, no es un lobo de mar que se arrastre por los puertos, obsesionado por el último barco que ha atracado. En realidad prefiere ir a Marineda City. El centro comercial es sin duda el lugar que más les gusta de la ciudad.
Desde aquella última conversación, el invierno se recrudeció y pasaron los principales testigos del caso. Admite sin ambages que el testimonio de Serafín Díaz, el inspector enviado a arrancar la máquina del Prestige, es el que menos le ha gustado. Levanta la mano con gesto de desaprobación y la agita hacia abajo. Mangouras tiene en realidad un rostro muy gallego y su mirada, a veces con un poso de desconfianza, parece el preludio para una salida con retranca típica de los paisanos del país. Nikolaos Argyropulos, en cambio, recuerda más a algunos protagonistas de los procesos de Núremberg. Pero esa impresión desaparece cuando se habla con él. Es todo amabilidad.
El invierno pesa sobre ellos. A Coruña, para Mangouras, sigue siendo una nice city. Pero ahora matiza: «Aquí llueve demasiado». «¿Cuántos días seguidos puede llegar a llover aquí?», le preguntó un día a su abogada coruñesa, María José Rodríguez Docampo. La letrada tuvo que animarlo con un acto de fe. De vez en cuando, le dijo, también hay sol.
Mangouras está relativamente bien en A Coruña, aunque eche de menos el clima de Icaria, su isla natal. «A veces recuerdo lo que me pasó aquí hace diez años», dice, sin demasiados alardes verbales, en un inglés telegráfico pero efectivo. El contrapeso a su buena imagen de Galicia es aquella llegada al aeropuerto de Alvedro, cuando regresó agotado de un barco condenado y dos guardias civiles le dijeron que estaba detenido.
De aquellos tres meses de cárcel Mangouras conserva muchos amigos en Galicia, a los que tendrá tiempo de ver este carnaval. Ya se han hecho con los programas festivos y esperan poder disfrutar de los choqueiros y las carrozas. Probablemente se atrevan con un cocido, aunque por lo general hacen la compra y preparan la comida en su apartamento. Les encanta el pulpo, pero lo prefieren a la brasa. En esto Nikolaos es un tipo apañado, pues por la enfermedad de su mujer ha aprendido a llevar un hogar como antes lo hacía con una sala de máquinas. Mangouras, siempre más pensativo, parece que solo espera un desenlace.