Galpón de Breogán

GALICIA

PILAR CANICOBA

Cubrir las vergüenzas que agreden el paisaje en Galicia con ilusiones ópticas es una solución al feísmo que no debiera descartarse a la ligera

04 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Además de dar nombre a un acorazado y una película de Eisenstein, Potemkin aportó una solución imaginativa al feísmo con sus aldeas ficticias. Impotente ante los adefesios que jalonaban las rutas de Crimea, incapaz de dotar a aquellos pueblos de un plan general como es debido, resignado ante aquella anarquía constructiva, el mariscal de Catalina la Grande decidió cubrir toda aquella fealdad con un decorado. La emperatriz, una gobernante ilustrada que se carteaba con Voltaire, pensaba que su imperio era una réplica de San Petersburgo y su idea se vio confirmada cuando visitó aquellos parajes que su valido había disfrazado y donde hasta los campesinos sonrientes y lozanos que la saludaban eran de mentira.

Aunque nos llene de orgullo y satisfacción que solo un puñado de concellos carezcan de planificación y se hayan desplegado numerosas medidas contra el feísmo, hay una parte de Galicia que necesitaría una solución a lo Potemkin. Ya que no es factible que un Haussmann enxebre haga lo mismo que se hizo en París a golpe de demoliciones para embellecer la ciudad, una solución a considerar sería cubrir las vergüenzas que agreden el paisaje con ilusiones ópticas en las que podrían afilar su ingenio nuestros artistas plásticos. Se lograría así paliar la desfeita, si bien quedaría en el aire la pregunta de cómo ha sido posible todo esto.

Que se haya pasado de la nazón al galpón de Breogán no se explica por un eco ancestral que introdujo en nuestro ADN el gusto por lo feo. Sin necesidad de que hubiera en los castros un concejal de urbanismo (o gracias a que no lo había), esos asentamientos eran armónicos. Y no hablemos ya del legado romano, las trazas medievales o la herencia de los indianos. La famosa «doma y castración» del Reino de Galicia, lugar común para explicar los males de la tierra, no incluyó ningún decreto que hiciera obligatorio el feísmo. Queda el franquismo, pero la dictadura explicaría solo una parte de los desmanes porque la otra se produjo en plena democracia, en municipios dónde lo que premiaban las urnas no era el rigor sino la permisividad.

Hay que cargar con la paradoja de que no fue la opresión extranjera, sino una autodeterminación llevada al extremo la causante del deterioro que se quiere atajar quizá demasiado tarde. Esa idea de la propiedad entendida como algo ajeno a cualquier restricción, pudo haber derivado en un respeto al entorno, pero acabó en esa Galicia que necesita de maquillaje o cirugía estética para resistir un primer plano. Además, así como la penuria de la servidumbre explica el feísmo de la Rusia de Catalina la Grande, el gallego no brotó precisamente en la Galicia de la extrema pobreza. Total, que Potemkin aportó una solución ornamental que no debiera descartarse a la ligera.

El Imperio no contraataca

Llegó Napoleón a Chamartín, no muy lejos del templo futbolístico que sería escenario de las glorias merengues, y acució a los asistentes para redactar sus decretos. Vite! vite! Uno abolía la Inquisición, otro los privilegios feudales, otro más dejaba sin efecto las aduanas interiores. No necesitó siete días sino una noche para iluminar España con las luces revolucionarias. Ilustrados como Javier de Burgos, el padre de las provincias, vieron en los Bonaparte el gran fichaje para la regeneración, pero otros se echaron al monte para formar guerrillas en las que se mezclaban el patriotismo y el absolutismo. Sin los Boeing C-17, los gabachos se fueron, los afrancesados huyeron al exilio, los decretos de Chamartín se enterraron y reinó Fernando VII, el Deseado. Empeñado en imponer por las armas los valores de la revolución, Napoleón acabó en Santa Elena. Biden aprende la lección y su Imperio no contraataca. No se puede derrotar a la edad media. Ahí la deja en medio de Rusia y China, como un regalo envenenado.

«No soy de aquí ni de allá»

Cuando a finales de los sesenta Alberto Cortez cantaba, melancólico, «no soy de aquí, ni soy de allá», no podía imaginar que estaba definiendo la esencia de muchas multinacionales de nuestro tiempo. Hay filosofías empresariales para las que estar en muchos sitios requiere no apegarse a ninguno. El arraigo, la identificación con un espacio concreto que no sea la nube, se entiende como un lastre que hay que soltar lo antes posible, y por eso las palabras de Marta Ortega en el Wall Street Journal les habrán sonado raro a algunos de sus lectores más cosmopolitas. Heredera de un imperio donde no se pone el sol, reivindica sin embargo el papel de las raíces en la cuenta de resultados. Otra heterodoxia más que sumar al cúmulo de herejías de una compañía que nace y crece donde sesudos expertos vaticinaban que nunca habría aventuras empresariales de envergadura, o que serían efímeras. El padre de Marta ayuda a disociar Galicia de la idea de las sempiternas oportunidades perdidas. Ahora viene ella a replicar a la letra de Alberto Cortez.