Santiago Zavala, hijo literario de Vargas Llosa, se pregunta en qué momento se jodió el Perú y responde el silencio. El lector finaliza Conversación en La Catedral sin que haya una respuesta al enigma peruano. Para un español, sin embargo, es más fácil señalar el punto y aparte de su democracia e identificar al causante. La ruptura pasó a la historia como el 11-M. Tres días más tarde, un país aturdido por la tragedia acude a las urnas para llenarlas con papeletas socialistas que encabeza un candidato al que algunos encuentran parecido con Mr. Bean.
El ganador tiene ante sí dos posibles terapias: la calma o la agitación. Puede restañar las heridas del atentado con una política balsámica que respete el luto, o aprovechar el shock para inspirarse en el duelo a garrotazos de Goya. Hace lo segundo. Suya es la siembra del procés alentando una reforma del Estatut a la medida del separatismo. Suya la exhumación del franquismo como arma ofensiva y las consiguientes leyes de la memoria. Suya también aquella Alianza de Civilizaciones que solo servía para blanquear a autócratas, algo que seguirá haciendo después en su papel de presidente jubilado.
Todo eso está vigente aunque en una versión menos maquillada. Ya no quedan en el entorno presidencial contrapesos como Solbes o Rubalcaba, ni hay un PSOE que no sea un simple felpudo del líder. El caso es que la crisis económica que Zapatero siempre negó, retiró al mandatario que socavó para siempre los principios de la Transición. Entra en escena Rajoy, pero el muro entre españoles que el otro deja como legado sigue intacto, hasta que llega Pedro Sánchez para reforzarlo y culminar la tarea.
Así que los cuatro delitos que el juez le atribuye no son los peores. Retratan, eso sí, a un político aquejado por la fiebre del oro que otros también padecieron. Quizá la operación se llame Tíbet para señalar el mal de altura que aqueja a algunos mandatarios codiciosos. En todo caso, lo peor que se le puede reprochar a quien hizo de las cejas la seña de identidad no figura en el Código Penal: en el pasado, su empeño por hacer descarrilar la ardua reconciliación nacional; en el presente, su papel de serpa y trovador de grotescas dictaduras corruptas. Es un sumario suficiente para que sea relegado al penal de gobernantes funestos de la historia patria. No estará solo.
Gracias a que España no es la Venezuela de Maduro hay acusación y registros, sin necesidad de que un helicóptero lo traslade a presencia del juez. Tendrá aquí todas las garantías que no tuvieron allá los opositores de la tiranía a la que sirvió de correveidile y donde ofició de fontanero. Si todo saliera mal siempre le quedará Waterloo a la espera de un indulto, porque Caracas ya no es lo que era en los buenos tiempos y no serviría para un exilio confortable. Non plus ultra, Mr. Bean.
La pana, el pana y el parné
Entre la pana y el pana se mueve buena parte de la historia reciente del socialismo español. La pana la lucía Felipe para exhibir la equidistancia entre el marxismo original y la socialdemocracia moderna que lo reclamaba desde Alemania o Suecia. Ni era el mono del obrero, ni tampoco el terno habitual en alguien de la derecha política o económica de la época. Zapatero es el pana o compinche de un trilero vinculado a Plus Ultra. De la pana al pana y al parné, en cuyo montante resalta la cifra miserable asignada a Jésica, que finalmente no es la bien pagá de la copla, sino un juguete barato de los poderosos. Una injusticia que debieran intentar paliar las acusaciones populares del caso. Háganlo y, de paso, reclamen que en la condena, de haberla, se le imponga al acusado participar obligatoriamente en todos los actos de todas las campañas del partido. Como se vio en Andalucía, no hay mejor garantía para la derecha. La pana, el pana y la pena de una sigla gloriosa a la que están convirtiendo en cueva de Alí Babá.
Felipe VI el Cortés
Si volvieran los sobrenombres dinásticos (el Casto, el Deseado, la Católica, el Prudente), Felipe VI podría ser el Cortés. En un doble sentido, porque con cortesía soslaya los líos a cuenta de Hernán Cortés y acepta cortésmente la invitación de la sucesora de Moctezuma para asistir al España-Uruguay del Mundial. Hubo una diplomacia del pimpón que, a base de raquetas, rompió el hielo entre la China de Mao y la América de Nixon. Siguen jugando Trump y Xi Jinping una partida que se prevé muy larga. Aunque también es cierto que el fútbol desató una guerra literal entre El Salvador y Honduras, a propósito de otro Mundial mexicano y con el reportero Kapuscinski como testigo de los combates. En principio, en la lista de Luis de la Fuente no hay ningún Cortés, Pizarro o Ponce de León, lo cual facilitará el acercamiento regio. Tampoco aparece ningún Ayuso que pueda enrarecer el ambiente afable. En fin, que el resultado deportivo es incierto pero en cuanto al marcador político, ganan la reina republicana y el rey monárquico, el Cortés.