Fue en Estados Unidos, durante la campaña de 1960, donde nació el debate televisado entre candidatos presidenciales. Enfrentó entonces a John F. Kennedy y Henry Nixon y luego se ha extendido a todo el mundo con gran éxito de audiencia, y, quizá, no tanto éxito a la hora de aclarar las ideas a los votantes. Esta semana se puede decir que, otra vez en EE.UU., ha nacido una nueva variante del género. Consiste en que los candidatos se contraprograman con entrevistas simultáneas en distintas cadenas de televisión. Es lo que sucedió el jueves. No está del todo claro quién contraprogramó a quién. Joe Biden anunció primero su entrevista, pero lo cierto es que a esa hora estaba previsto el segundo debate que fue cancelado porque el demócrata no quiere hacerlo en persona (por miedo al contagio) y Donald Trump no quiere hacerlo por videoconferencia (hay que suponer que por miedo a las videoconferencias). De ahí este nuevo formato lleno de simbolismo, en el que la lucha política se traslada a la rivalidad entre cadenas, los niveles de audiencia sustituyen al sondeo y los candidatos, en vez de hablar entre ellos, hablan para tapar lo que dice el otro. Aunque, desde otro punto de vista, tampoco hay tanta diferencia, porque ya fue así en el debate en persona que celebraron hace poco, y en el que no paraban de interrumpirse y hablar uno por encima del otro.

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Biden y Trump inventan un nuevo tipo de debate