Cambio de ciclo o cambio de ritmo

El año que acaba de empezar pondrá a prueba el músculo de la economía española. Su capacidad de resiliencia en un entorno trufado por incertidumbres, internas y externas, que podrían erosionar los niveles de crecimiento que permitieron salir de la crisis. Con los vientos de cola de los últimos años batiéndose en retirada, el país debe afrontar retos pendientes como la productividad, el empleo, el gasto y el déficit público o la inversión en I+D para afrontar este delicado escenario.


Catedrático de Economía Aplicada de la UdC

Después de mantener la economía española elevados ritmos de crecimiento interanuales (por encima del 3 %), que contribuyeron a sostener una recuperación muy notable, en términos nominales; ahora, la tendencia previsible es que el avance del PIB se ralentice, mostrando síntomas de una desaceleración progresiva, hasta situarse en torno al 2 %. Esta pérdida de dinamismo nos lleva a preguntarnos si estamos ante un cambio de ciclo o, simplemente, nos referimos a una rectificación en el ritmo de la economía.

La disminución de las tasas de crecimiento de la economía se deben, especialmente, al agotamiento y a la falta de vitalidad de algunos de los principales vientos de cola que ayudaban a la economía internacional a mantenerse firme y sostenible en el tiempo. Nos referimos a los bajos precios del petróleo, a los mínimos tipos de interés o el bajo precio del dinero, y al propio bum del turismo. Tres elementos que han contribuido de manera muy notable al avance de la economía española. Los actuales análisis se centran es dilucidar nuestra capacidad de resiliencia. Esto es, saber interpretar si la fase de desaceleración va a ser temporal o hasta dónde llegará a consumarse. En consecuencia, se analizan los riesgos existentes para calibrar cuál va a ser la dinámica predominante de los siguientes ejercicios. Nuestra valoración la centraremos en ocho cuestiones esenciales.

La previsión de los expertos es que la economía española siga creciendo, pero a una tasa menor (2 % para el bienio 2019/2020), aunque superior a los países de la eurozona. La segunda previsión es que la demanda interna continúe siendo fuerte y permita sostener el crecimiento económico, a pesar de que se espera una desaceleración en los niveles referentes al consumo de los hogares. Las razones de esta estimación vienen dadas por las reducciones de las tasas de ahorro, por la desaparición de los colchones de demanda embalsadas y por las inciertas expectativas de empleo. Por el contrario, los argumentos a favor del crecimiento de la demanda nacional se centran en los aumentos de los salarios y en la moderación de los precios, quedando la inflación en niveles manejables y aceptables.

El tercer avance para el año 2019 sitúa a la inversión como pieza clave de la fortaleza interanual de la economía española. No solo por la presencia y el atractivo que merece la base productiva y de servicios española para los inversores extranjeros, sino también por la necesidad de las empresas españolas de reforzar sus dotaciones de cara a afrontar niveles más competitivos que los del año anterior. La cuarta expectativa, ligada a la anterior, hace referencia a la fortaleza exterior. Hasta el momento resultó básica en la anterior fase de la recuperación económica. Es preciso preservar los saldos positivos, evitando desequilibrios y, sobre todo, no dejándonos llevar por la incertidumbre generada por las guerras comerciales internacionales, ni pensando en utilizar devaluaciones competitivas, que solo arrojarían apuestas por bajos salarios y una menor incorporación tecnológica.

Otro de los principales retos de la economía española es la reducción de la deuda del sector público y del privado. Ambas son elevadas; más la segunda que la primera. Pueden llegar a ser un lastre de cara los próximos años, de ahí la necesidad de ir corrigiendo dichos ratios. Mejoría nuestra imagen de solvencia en el panorama internacional (Bruselas ya obliga en ese sentido) y a las empresas las ayudaría a enfocar sus estrategias competitivas de una manera más sostenida y menos expuestas a la especulación financiera.

Cae la productividad

La sexta preocupación hace mención a la productividad. Sigue siendo baja y aumenta muy poco, a pesar de los incrementos en lo tocante a la producción y al empleo. En el último trimestre del año 2018, el PIB creció en torno al 2,5 % y el empleo (medido por las afiliaciones a la Seguridad Social) lo hizo al 3 %. Ello significa que la productividad aparente del trabajo de la economía española disminuyó un 0,5 %. Por tanto, será necesario reenfocar las políticas económicas con el objetivo de mejorar dicho rendimiento. Solo se conseguirá mediante aumentos en la cualificación profesional de los empleados (capital humano); a través de la modificación de la organización empresarial; y por medio de incrementos en lo referente a las dotaciones relativas a la incorporación tecnológica. Ahora bien, si se mantiene una lluvia fina (ínfima ayuda a la totalidad de proyectos presentados) en lo que respecta a las subvenciones oficiales, se continuará protegiendo al minifundismo empresarial, y, al mismo tiempo, no se aplicarían herramientas adecuadas para alcanzar una mayor disponibilidad y difusión tecnológica, con lo que será muy difícil corregir ese desajuste estructural.

El séptimo reto estaría centrado en evitar que se forme, propague y consolide una nueva burbuja inmobiliaria. Da la impresión de que en estos dos últimos años (2017/2018) se detecta una sensación de fuerte negocio especulativo en esta actividad. Es preciso controlarlo, so pena de volver a repetir las mismas consecuencias que las ocurridas en la recesión de hace diez años. Es decir, hay que aprender las lecciones de la historia.

Los conatos de una nueva crisis financiera con la aversión al riesgo que podría suponer un caos en EE. UU. llegaría a tener impactos en Europa, e ipso facto en España. Esta amenaza en el horizonte es la causante de las primeras escaramuzas existentes en los mercados financieros, a las que no son ajenas las entidades financieras españolas. Tanto el colapso de la Administración americana, las dudas sobre las políticas monetarias de la Fed, las caídas de resultados empresariales de ciertas empresas guías, como las tiranteces comerciales entre Estados Unidos y China, subrayan un aterrizaje brusco de la economía. Los riesgos son la desaceleración del crédito, con efectos inmediatos sobre la actividad económica. En la medida que los mercados financieros son muy ruidosos, los ecos de dichas manifestaciones contribuirían a erosionar los cimientos de la economía internacional. A ello hay que sumar las incertidumbres derivadas del brexit, esto es, del marco de relación entre en el Reino Unido y la Unión Europea, que podría afectar a una parte sustancial de las actividades económicas españolas (turismo, automóviles y agroalimentación).

Los retos de futuro

En suma, las expectativas están centradas en generar más empleo y de mejor calidad; ajustar el gasto público, en vez de incrementarlo sin sentido, con el objetivo de reducir el déficit y la deuda pública; favorecer el gasto en I+D+i de las empresas; conseguir una energía más barata; impulsar la unidad de mercado (homogeneización de normativas autonómicas y municipales); fomentar la simplificación administrativa (reduciendo costes a los que se enfrentan los ciudadanos y empresas); promover un sistema educativo que premie la excelencia; y mejorar la productividad del aparato productivo.

Sin olvidarnos, claro está, de dos cuestiones esenciales. La primera, que medio punto de crecimiento de la economía española equivale a la creación de 80.000 empleos. Y la segunda, que la desaceleración será más preocupante si va a acompañada de desequilibrios, pues esto acarrearía un coste social y económico muy notable.

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