El teatro americano

Venancio Salcines.

MERCADOS

cc

18 ago 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

El 3 de noviembre del año que viene hay elecciones presidenciales en Estados Unidos. Difícil pensar que un presidente, acostumbrado al lenguaje bronco y orgulloso de su agresividad natural, cambie de perfil. Más bien al contrario, si algo veremos, en un futuro inmediato, es más Trump. Y esto, ¿qué significa? Que ha de volver al cinturón de óxido, mirar a la cara a los trabajadores industriales blancos y decirle que sigue siendo uno de los suyos. Que está en pie de guerra. Que puede que pierda, pero, en todo caso, ahí está, capaz de romperse la cara por el estilo de vida americano. Lo insultarán, difamarán, pero ese es su martirio. Lo sabe y enardece.

Y todo esto no dejaría de ser una escena de la política estadounidense si no fuera porque el gran efecto colateral es el enfriamiento mundial. Di tú que poco le ha de importar a quién vive en tasas históricas de ocupación laboral. Pero, aquí es otra historia. España está cerrando las heridas de la crisis, pero las cicatrices aún están visibles. Afectan a nuestro modo de actuar. Somos un cuerpo traumatizado. Ante determinadas amenazas, sobreponderamos los riesgos y adoptamos una postura defensiva.

Todo análisis económico nos lleva hoy a China y, a mi juicio, a algo más, ¿estamos ante uno de los espacios electorales de Donald Trump? Respóndase a sí mismo. Pero antes, veamos algunos datos.

El 28 de octubre del 2015, el Plenario del Comité Central del Partido Comunista de China, acordó su 13º Plan Quinquenal y con ello marcó un hito histórico, la eliminación de la norma de hijo único. Se permite tener dos hijos. Con ello se asume que la fábrica del mundo está mutando. Desde el año 2012, la población activa cae y, en paralelo, se han incrementado los salarios, hasta el punto de que se ha creado una clase media nacional. Más de seiscientos millones de chinos tienen cierto poder adquisitivo y cerca de seis millones un patrimonio superior al millón de dólares. Cinco veces más que en España. Lo cierto es que resulta más barato contratar un obrero manufacturero en cualquier país de América Latina, a excepción de Chile, que en China. El salario medio de un obrero lisboeta ya solo supera en un 25 % el de un pequinés. Es evidente que están ante un proceso de transformación social en donde la consolidación de su clase media es clave. Por ello, al igual que en la España de los setenta, o se le conceden libertades políticas o se le aporta bienestar económico. No olvide que Franco murió en una cama de hospital. Nadie lo derrocó. Esto nos lleva a que el bienestar económico de sus clases medias requerirá el abaratamiento de las importaciones y, por tanto, una subida gradual de su divisa. Justamente lo que estaba ocurriendo hasta el ataque arancelario de Trump. Ataque que ha entrado en tregua este martes.

¿A quién combate Trump? ¿Al imaginario americano? ¿Al made in China o a los procesos de deslocalización industrial? Lo natural sería lo segundo, lo más rentable mediáticamente es lo primero. Los capitales de Pekín se están deslocalizando. Buscan naciones como Camboya o Laos, en donde llegan a crear zonas económicas especiales, espacios exteriores regidos por norma chinas, la quintaesencia del imperialismo económico. En todo caso, esta es la película. Hace treinta años, empresarios americanos se deslocalizaban en China y, ahora, empresarios chinos se deslocalizan en su frontera sur.

¿Los obreros industriales blancos americanos piden venganza o unas nuevas reglas de juego? Solo sé que Trump solo les ha concedido un par de gritos en el patio del colegio. Y no creo que pase de ahí. En primer lugar, China ha crecido y ya le mira a los ojos y, en segundo lugar, ese tipo de sujetos, cuando les aguantas la mirada, buscan otra víctima. Que se prepare Europa. Pronto nos tocará. La rabia es insaciable.