
Como cada verano, hemos entrado en esa especie de ralentí colectivo, donde las persianas bajadas y las oficinas cerradas se combinan con las playas donde encontrar un hueco para la toalla se convierte en una suerte de reto sustitutivo del estrés acumulado en el año laboral. Mientras esto ocurre, la economía afronta el impacto de estas vacaciones, que afecta de forma diferente a las distintas regiones. En el caso de Galicia, el turismo estacional nos lleva a plantearnos si el verano puede suponer un impulso al desarrollo o una pausa necesaria. La respuesta a esta pregunta no es sencilla.
Por una parte, este fenómeno estacional tiene efectos cuantificables en términos de producto interior bruto (PIB), empleo y productividad. En términos macroeconómicos, representa unas modificaciones transitorias en la demanda agregada, que se aprecian en una disminución de la producción industrial, al tiempo que aumentan los servicios, en particular los vinculados al turismo, la hostelería y el ocio. De hecho, no es extraño que el tercer trimestre del año presente un ligero repunte del PIB impulsado por estos sectores, a pesar de la ralentización experimentada por la industria.
En segundo lugar, el verano tiene impacto en el mercado de trabajo, con una modificación de los patrones de empleo, donde aumentan los contratos temporales y cae la duración media de los empleos, mientras que ciertos colectivos —especialmente jóvenes y mujeres— encuentran en esta estación una vía de entrada al mercado laboral. Sin embargo, esta inserción es muchas veces precaria, con condiciones laborales por debajo de los estándares deseables: bajos salarios, jornadas extensas y escasa protección social. Además, la conciliación también cambia sus patrones, ya que mientras que para algunas familias, especialmente aquellas con niños en edad escolar, supone un desafío organizativo, donde, en términos generales la carga de cuidados recae, en muchos casos, sobre las mujeres, acentuando desigualdades de género.
A ello se suma la economía informal que aflora con fuerza en esta época, con alquileres no declarados, trabajos de temporada sin contrato, comercio ambulante no regulado, entre otras actividades que estas prácticas, aunque cubren carencias del mercado formal, generan competencia desleal y fragilidad laboral.
Otro de los patrones que se modifica en verano es el relativo al consumo, con aumentos en el gasto en ocio, transporte, restauración y alojamiento, al mismo tiempo, desde una perspectiva sanitaria, las vacaciones pueden promover hábitos saludables, pero también pueden acentuar comportamientos de riesgo relacionados con el consumo excesivo de alcohol, exposición prolongada al sol, etc. Con todo ello, el sistema sanitario asume cada año un repunte de atenciones por traumatismos, accidentes en playas y problemas digestivos.
Ante este panorama, grandes urbes vaciadas y costas rebosantes, es necesario repensar el papel del verano dentro de la programación económica, tratando de hacer más atractivas algunas alternativas a estos movimientos masivos concentrados en el verano. Algunas propuestas para la desestacionalizar el turismo, podrían enfocarse hacia la promoción cultural, natural y termal fuera de los meses punta, reforzar el transporte interterritorial para facilitar la movilidad interior o impulsar el teletrabajo desde zonas rurales durante el verano para dinamizar el territorio.