La Galicia que ya se veía venir

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ORDENANDO un estante de mi biblioteca, encontré un libro mío, escrito en 1993, que trataba sobre las oportunidades de las regiones intermedias para avanzar en su proceso de desarrollo. Decía así: «La capacidad de respuesta de cada región dependerá de su posibilidad de diseñar un modelo de desarrollo regional propio, adecuado a su realidad geográfica, cultural y socioeconómica», es decir, a sus recursos endógenos, su nivel de formación y su sistema productivo. Y añadía: «No es este el momento de seguir aplicando miméticamente modelos de desarrollo regional convencionales basados solamente en los sectores estratégicos más competitivos». Y explicaba la razón: «Porque aun en el supuesto de que dicho modelo funcione, el nuevo dinamismo tenderá a concentrarse en las áreas metropolitanas y en los ejes de desarrollo ya existentes que concentrarán las inversiones exteriores, dejando a muchos espacios al margen de los procesos de dinamización económica; es más -decía- lo más probable es que los desequilibrios internos se acentúen todavía más, principalmente en un país como el nuestro, donde la cualificación de los recursos humanos es el factor que presenta un desequilibrio más fuerte». Y aquí termino la cita. Han pasado diez años, y al abrir la prensa diaria leía uno de esos frecuentes comentarios sobre los resultados de los informes económicos regionales. Las conclusiones siempre son las mismas: seguimos en el pelotón de cola de las regiones menos desarrolladas de España y Europa, somos una región envejecida y subvencionada, tenemos una elevada tasa de paro, la inversión exterior no viene, la cualificación de los recursos humanos es baja, etcétera. Poco después oía en la radio los datos del último recuento censal. Deduje que, salvo las ciudades, algunas comarcas y pequeñas ciudades que explotan recursos endógenos, el resto del territorio sigue perdiendo población, de modo que el excesivo envejecimiento y el despoblamiento es ya una amenaza a muchos de nuestros municipios; a la mayoría si a las cifras me atengo. Con estos datos en la cabeza volví a releer mi libro y, desafortunadamente, el carácter anticipatorio resultaba evidente. Hubiera preferido equivocarme. Y me pregunté: ¿es que no se ha avanzado nada en estos diez años? No, no es eso. Se ha avanzado mucho. En la modernización de las infraestructuras, en la internacionalización de nuestras grandes empresas, en el crecimiento y diversificación del turismo, en la potenciación de los sectores productivos endógenos, incluso en la estrategia de desarrollo de los recursos comarcales, aunque en este caso sin el impulso financiero necesario. Pero por lo que se ve no ha sido suficiente. Tal vez porque los demás también crecieron, tal vez porque se apostó demasiado por la implantación del modelo industrial-terciario y se relegó el modelo de desarrollo rural basado en la producción de más valor añadido (derivados lácteos, elaborados cárnicos, productos de la madera, horticultura y fruticultura) como si de un modelo desfasado se tratase, a pesar de que los recursos naturales que tenemos son de excelente calidad y elevada productividad biológica. Tampoco el aporte adicional de inversión exterior vinculada a la innovación y a la tecnología se logró, o no se procuró suficientemente (salvo las recientes inversiones en el sector automovilístico vigués. Buscando más explicaciones, el pensamiento me lleva a considerar la insuficiente -¿o deficiente?- utilización de los cuantiosos recursos europeos destinados a la formación de la población. Mucho me temo que hemos perdido muchos años en el objetivo más difícil de lograr y el que requiere una acción continuada a más largo plazo, es decir, la formación. No puedo impedir que la mirada se me vaya para Irlanda o para Dinamarca, países que han dado el paso con éxito y con un general reconocimiento. Pero mucho me temo que hemos mirado demasiado para las regiones urbanas e industriales, copiando miméticamente su modelo convencional industrial-terciario, sin reflexionar suficientemente si este era el camino más adecuado. Y es una pena, porque hace diez años las cosas ya se veían venir. Tal vez sea otra la mirada con la que debamos afrontar el próximo decenio, para que no se nos pueda atribuir aquello de «velas vir e deixalas pasar...».