Primeros ceses por el caos de Rodalies: caen el director de Renfe y un responsable de ADIF
RECOGÍA la prensa unas estadísticas sobre la evolución del turismo internacional en España durante el primer semestre. Según los datos, la llegada de extranjeros a Galicia se mantenía estabilizada porcentualmente. Sin embargo, me llamó la atención que durante ese mismo período en otras comunidades autónomas vecinas la llegada de visitantes extranjeros se había incrementado notablemente. Así ocurría en el País Vasco, donde el efecto Gugemheim sigue funcionando. Así pasaba también en Cantabria, donde una acertada política turística está recuperando y fortaleciendo su función de centro turístico de prestigio social. Pero lo mismo sucedía en Asturias. En nuestra región vecina, más vecina que hermana, la política medioambiental, la adecuada ordenación del territorio, la ejemplarizante rehabilitación de las ciudades y del hábitat en general, está dando buenos resultados turísticos. En toda la Cornisa Cantábrica el nivel de ocupación, tanto en alojamientos hoteleros como en el turismo rural, está siendo año tras año más elevada que en Galicia y con menos fluctuaciones. Y siendo todo eso cierto, y sin menospreciar nuestro poder de atracción y la alta valoración que tenemos como destino vacacional, no creo que esas razones que acabo de aducir sean suficientes para explicar las diferencias. Pensando sobre esto, sobre las causas explicativas, me detuve en una que puede tener interés para nosotros: los ferries. Como se sabe, desde hace tiempo están funcionando dos líneas de transbordadores entre Inglaterra y el Norte de España; una hace escala en Bilbao y la otra en Santander. Y recordé lo que muchas veces me habían comentado los hoteleros y los propietarios de las casas de turismo rural de Asturias y de Cantabria. De acuerdo con sus manifestaciones los ferries traían durante todo el año, también en invierno, visitantes ingleses y de otros países que mediante fórmulas ya preestablecidas, organizaban estancias y viajes de una semana o quince días por las diversas localidades costeras, rurales o de montaña de las provincias cantábricas. A mí me pareció una buena oportunidad. Recordé entonces que en anteriores y reiteradas ocasiones hubo negociaciones para establecer una línea de ferries entre Inglaterra y La Coruña. Por razones que no conozco bien, tales negociaciones nunca llegaron a cuajar. Luego oí que se habían iniciado también, pero con posterioridad, con Oporto. Apunto esto porque considero, a la vista de los resultados observados, que un tema como este debería merecer mucha más atención de nuestras autoridades portuarias y de la propia administración, aunque fuera necesario aportar subvenciones en la fase de lanzamiento. Otras muchas y muy cuantiosas se reparten con menores visos de rentabilidad económica y social. Todo ello nos aportaría un nuevo valor añadido, pues estoy seguro que así muchos de nosotros aprenderíamos a conducir por la izquierda, a no ser que los británicos decidan adaptarse a los demás, que no lo creo.