CÉSAR CASAL | O |
19 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.LA SEDE del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) es una nave llena de espacios que el arquitecto portugués Álvaro Siza posó con descaro y encanto junto al Museo do Pobo y al casco viejo de Santiago. Siempre es un placer visitarlo, con sus fogonazos de luz, verde y piedra en el cristal de los ventanales. Ahora el motivo es doble. Hasta el 1 de julio está Ignacio Pardo, su obra. Un letrero advierte a la entrada que las imágenes de las instalaciones de este artista pueden resultar crudas. Como la vida. Ignacio Pardo lo dice en una entrevista. No busca agradar. Su obra nace de una necesidad, de «un psicoanálisis continuo». Se ven cuerpos desnudos y caras claveteadas. Se ven paseantes por una playa y esqueletos. El artista cita al David Lynch de Cabeza Borradora o al Zulueta de Arrebato como influencias. Pero están también Valdés Leal y Buñuel en esta mezcla a propósito de body-art y land-art. Los cuerpos son los paisajes, territorios que devasta el tiempo. Está un vídeo célebre de Pardo, del 88, Tránsito, con música de Michel Canadá. Hay belleza. Abrazo imposible es un montaje de dos cuerpos que se abrazan y no. Una metáfora perfecta de lo que casi siempre son las relaciones. Hay un rincón japonés, con los árboles de la vida multiplicados por espejos y convertidos en el origen del ser. La experiencia es una lección. Y la lección llega a los más jóvenes que se ven por las salas de la mano certera de Ignacio Pardo, un hombre de 60 años que ya triunfó en los ochenta por sus trabajos y que el CGAC recupera para demostrar que pisa el siglo XXI pleno de obsesiones. Pardo nos cuenta que así pasa la gloria del mundo frente a la vanidad. Todas las horas hieren, y la última mata. Existió Troya y existimos los troyanos. Nada es eterno. Fugaces somos. Todos los fuegos, el fuego. cesar.casal@lavoz.es