E n Gorée, isla cercana a Dakar (Senegal), hay una casa, más bien dependencia, donde se almacenaba a los africanos convirtiéndolos en esclavos y que entre los siglos XVI y XVIII fueron embarcados hacia América. En la casa impresiona una puerta que da al mar de la que se decía que quien la traspasaba ya no tenía marcha atrás, le esperaba el infierno. Así le ocurrió a millones de africanos, los más jóvenes y fuertes.
Con el tiempo la esclavitud, no sin dificultades, se fue terminando; pero otra especie de infierno quedó instalado en gran parte de África y subsiste en la actualidad. Es el infierno de la pobreza, como le ocurre a más de mil millones de personas.
A la lucha contra esta lacra se dedican un amplio número de organizaciones no gubernamentales que se vuelcan en buscar medios y en ayudar. Pero la cuestión es muy complicada y pasan los años sin que se encuentre solución. Más bien, el problema se ha estancado. Es más, y para mayor escarnio, la crisis económica actual que aparece después de la bonanza o de la burbuja en la que vivieron los países occidentales, es para el Tercer Mundo un grave problema. Los países pobres no han tenido la bonanza de los otros, pero padecen la crisis por la disminución de la ayuda de los países ricos y por la disminución de las remesas de emigrantes.
Los objetivos del milenio, aprobados por la ONU para el 2015, y que aspiraban la reducción de un 25 % de las personas que viven en pobreza extrema, hoy, a tres años de la fecha prevista, no son más que una fallida declaración de intenciones. Pero a pesar de todo, del infierno se puede salir. Lo que ocurre es que hay que hacerlo de una forma organizada. No se trata solo de enviar dinero o alimentos. No es suficiente dejar las soluciones en manos de las oenegés, que tienen un papel subsidiario al de los Estados. Se trata de estudiar y programar un cambio radical en la economía de los países necesitados. Pero no se hace, tal vez porque a los ricos no les interesa el problema. Se denota con un ejemplo.
Cuando un país desarrollado entra en crisis, como ocurre en la actualidad, se le prestan ingentes cantidades de dinero, pero lo que es más relevante es que se pone en marcha una maquinaria que pretende sacar al país en dificultades de la situación en que cayó. Llega a tanto la injerencia que se nombran Gobiernos, de forma no democrática, encargados de llevar a cabo las medidas exigidas por los prestamistas.
En cambio, los países subdesarrollados no existen. No se les exige nada; en la práctica se les ignora, que es lo peor que les puede pasar. Se les envía dinero o alimentos (pocos) y se desentienden por una temporada hasta la siguiente hambruna.
La mano de Dios no acompaña a África. Hoy ya hay poco que expoliar. En siglos pasados se les privó de la mano de obra más capaz; después se asaltaron sus materias primas y más tarde se dividió el continente, repartiéndolo entre las potencias dominantes, con las graves consecuencias que ello supuso al separar etnias u obviar fronteras naturales. Con los mimbres actuales no parece viable que vayan a salir del infierno. Nacer en África, Vivir en el África pobre, es como cruzar la puerta de Gorée. Con la diferencia de que hoy se puede salir, si los países desarrollados se lo toman en serio, lo que, visto lo visto, no parece probable.