Vista en una perspectiva general, la historia de la humanidad, sobre todo desde el siglo XVIII (el de las Luces), es la de un constante, aunque no lineal, avance del proceso civilizatorio. La lucha contra la enfermedad, la desigualdad y la pobreza son tres capítulos esenciales de esa historia. Como lo es el combate contra la violencia pública y privada, que, hasta hace nada, estaba metida en los mismos tuétanos de la sociedad occidental.
No hay más que leer Los miserables, del inconmensurable Victor Hugo, o al maravilloso Dickens de Oliver Twist o David Copperfield, para saber de la violenta dureza con que los poderosos trataban a los desposeídos, los ricos a los pobres, los sanos a los enfermos, los hombres a las mujeres, los mayores a los niños y a los jóvenes y, en suma, los fuertes a quienes, física o socialmente, estaban en una posición de mayor debilidad.
El avance de la ciencia y de la técnica, impresionante en los dos últimos siglos, ha sido paralelo al progresivo asentamiento de la cultura democrática, que triunfaría al fin frente a los delirios criminales del comunismo y los fascismos. Por eso hoy, pese a todos los males de este mundo, este mundo es mejor en su conjunto que lo ha sido jamás en el pasado: el dominio de la enfermedad ha corrido parejo al avance de las libertades y derechos, del mismo modo que los pasos adelante en la igualdad se han ido produciendo mientras se ganaba la batalla contra la intolerancia religiosa e ideológica, el sexismo o el racismo.
Queda, ¡ay!, el alma humana. En una ocasión acusaron a Edgar Allan Poe, padre de la moderna literatura de terror y prosista de genio inigualable, de imitar en sus relatos a algunos románticos alemanes. La respuesta de Poe, acerada como su personalidad, no se hizo esperar: «El horror no es de Alemania, es del alma».
¿Quién lo duda? El horror es un pozo insondable que se esconde, muchas más veces de lo que nuestra confianza en el género humano nos permite comprender, en el alma de personas con las que convivimos a diario sin saber que quizá un día (solo quizá) los demonios que lo alimentan se adueñarán de quien, hasta que se convierte en un monstruo aterrador, era sencillamente una persona tan normal. Y los monstruos, ya se sabe, son capaces de todo, incluyendo la mayor atrocidad que cabe imaginar: matar a un hijo.
El padre de Emma, protagonista de la gran novela homónima de Jane Austen, le cuenta un día a un buen amigo que hasta que no se tienen hijos no se sabe de verdad lo que es el miedo. Por eso estamos todos sobrecogidos desde hace varios días, viviendo con un escalofrío, que no nos abandona, pegado al corazón. Viendo el horror que se ha apoderado del alma de quien la tuvo un día y viendo atónitos y apenados las terribles consecuencias de ese horror.