Estado de daños en el Gobierno. A Gallardón, achicharrado, le han enmendado la plana poderosos barones por la ley del aborto. Fernández Díaz, quemado, la última actuación de su ministerio anunciando la operación antiterrorista antes de producirse lo deja en la uci. Su ley de seguridad ciudadana no le ha servido para reconciliarse con el sector más duro del electorado, muy enfadado por la excarcelación masiva de terroristas y asesinos múltiples. Wert, abrasado, con una ley de educación aprobada frente a todos, de un claro sesgo ideológico conservador-clerical. Soria, chamuscado, tras ser desautorizado por Competencia, que no ve la burda manipulación de la subasta eléctrica que denunció el ministro. Montoro, requemado, por subir los impuestos. Mato, carbonizada, y no solo por sus conexiones gürtelianas, sino por medidas tan crueles e ineficaces como la retirada de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes sin papeles o el copago hospitalario de medicinas. Pero la ley Gallardón, la ley Fernández, la ley Wert o la ley Mato son en realidad las leyes Rajoy Brey. El presidente está aplicando la estrategia de resguardarse detrás de sus ministros y dejar que sean ellos quienes se achicharren, como si fueran los últimos responsables de las decisiones más impopulares. Nada de exponerse y hablar de temas que tanto desgastan. Para eso están aquel alcalde que iba de progre y ha sido sacrificado, con su complaciente aquiescencia, en el altar del voto ultra; el antiguo tertuliano que se crece en el castigo y siempre entra al trapo; o el dicharachero ministro que anuncia que España está asombrando al mundo. A Rajoy solo le interesa hablar de la recuperación.