Frente al descarnado recuerdo que nosotros tenemos de la Guerra Civil, en la que todas las batallas y todas las retaguardias están reducidas a crímenes de guerra, el anual encuentro del 6 de junio en las costas de Normandía está fabricando la imagen de un acontecimiento con dos caras positivas: un anverso que recuerda el compromiso de sangre que tienen Europa y América con la libertad; y un reverso en el que todos los participantes en la contienda van de héroes, mientras le asignan al cielo o al infierno la tormenta de crímenes, genocidios, masacres, destrucciones masivas y revoluciones adjuntas que caracterizaron aquella guerra. Y eso quiere decir que, una de dos, o lo de ellos es una injusta falsedad que quiere transformar las guerras imperialistas en generosas liberaciones; o lo nuestro -que en comparación con aquello no pasó de escaramuza- es un masoquismo histórico morboso e innecesario, que nos impide superar razonablemente la misma dictadura que -con el apoyo de algunos de ellos- nos esclavizó.
Lo primero que se olvida es que las dos guerras mundiales y sus 95 millones de cadáveres fueron un único conflicto, que solo se produjo porque los gobiernos jugaron sin pudor a la guerra y alentaron la criminal esperanza de convertir a los muertos en fichas de juego para las ruletas del casino de los imperios. La espoleta de la Segunda Guerra Mundial, es cierto, fueron los fascistas, y las masacres racistas de millones de judíos cargan casi exclusivamente sobre el nazismo alemán. Pero tanto el ambiente bélico como los rearmes enloquecidos, y tanto las masacres de los frentes como las de las ciudades hay que atribuírselos a una forma de entender Europa y el mundo que todos compartieron.
También se olvida que estas guerras fueron conflictos civiles europeos, en los que la crueldad supina se alcanzó porque los que estaban enzarzados eran hermanos que querían cambiar el testamento de la historia. Y lo tercero que se oculta es que los fascismos no cayeron del cielo, como el meteorito que extinguió los dinosaurios, sino que nacieron de actitudes políticas e intelectuales que arraigaron en la culta Europa con extraordinaria facilidad, y que en su nacimiento, desarrollo y paroxismo final contaron con apoyos sociales enloquecidos e incomprensibles.
Personalmente, creo que estas conmemoraciones huelen a timo globalizado, que, por estar basadas en una emotividad rancia e incomprensible, apenas enseñan nada. Y por eso propongo que las sucesivas celebraciones se hagan en Auschwitz, y que los mandatarios que asistan a ellas viajen en trenes de mercancías -desde Croacia, Polonia, el sur de Francia o Italia- por las mismas vías que transportaron hacia los hornos crematorios a los enemigos del Reich. Porque ellos aprenderían mucho más, y a los españoles nos aliviarían del masoquismo irredento.