La política, problema número uno

El Mundo

Como agudamente detectó Ignacio Varela (El Confidencial), el barómetro del CIS hizo varias preguntas sobre la clase política: su comportamiento, los partidos, el Gobierno, la corrupción y los problemas políticos generales. Sumadas todas las respuestas, sale que un 40 por ciento de los consultados sitúan a los políticos y a sus organizaciones e instituciones como el primer problema del país. Por encima de la pandemia, que ya es decir. Hasta ahora dominaba la situación económica o el paro, y los políticos aparecían en segundo o tercer lugar. Si ahora no aparecen formalmente en el número 1 del podio, es por eso: porque las cuestiones planteadas en la encuesta aparecen divididas. Pero la suma da el resultado que da.

Creo no exagerar si digo que nunca en democracia se había visto un panorama tan desolador. Y además, con tendencia a crecer. El descrédito de una función noble como la política provoca daños colaterales difíciles de medir: fomenta la desconfianza en los representantes; contribuye a que la sociedad busque líderes no contaminados por el desgaste general, pero que no han demostrado su valía; ahuyenta de la función pública a los grandes talentos porque todos huyen de algo desprestigiado y, en consecuencia, deja la gobernación y la representación social en manos que, sin ánimo de ofender y haciendo las excepciones de rigor, se pueden calificar como mediocres. De ahí proviene la consideración --probablemente poco justa, pero muy extendida-- de que en estos momentos tenemos la peor clase política de toda la etapa democrática.

Pero no se trata solo de la calidad personal, que siempre será discutible. Se trata de la calidad y el trabajo del conjunto. Y cuando eso se pierde, conviene recordar un antecedente histórico: el manifiesto de la dictadura de Primo de Rivera se basaba en su aversión a la clase política que, al parecer, era compartida por gran parte de la sociedad de 1923.

Casi cien años después, España no es aquella España y no se puede pensar en algo parecido, pero es una lección de la historia que no conviene olvidar. En los tiempos en que estamos, si los políticos vocacionales faltan o fallan, aparecen los oportunistas. Es la época de los Trump, los Bolsonaro o los Berlusconi. Es la época de los populismos. O también de los grandes técnicos, llamados para resolver situaciones extremas y que se comportan como auténticos mercenarios. Con frecuencia, para demostrar poderío o para enriquecerse a la sombra y con los beneficios del poder.

Eso es lo que nos estamos jugando o nos hacen jugar en este momento. Falta un apretón más de la crisis sanitaria y un agravamiento de la crisis económica para una de estas dos respuestas populares: o abstención por desapego o voto a los extremistas, no porque se quiera que gobiernen, sino como castigo a quienes decepcionan y como expresión del cabreo nacional.

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