
Semana enredada, ahíto de tecnología uno se pone en manos del petrucio investido para recorrer caminos. Preguntándose una vez más si un grupo de caminantes de edad logrará alcanzar su reto. Empieza el camino en un regional que, mientras se recorre la vía vieja del ferrocarril a Catoira, asombra con el fondo de la ría de Vigo hasta Pontesampaio, para sorprender de nuevo en el fin del viaje desde Cortegada, Ulla arriba.
Una Catoira, tan dotada de servicios deportivos y educativos como carente de casas de comidas que el viajero recordaba, junto a una espeluznante carencia de elementos de movilidad interurbana, taxis incluidos. Donde, sin vehículo propio, es complejo entrar o salir. Nada que sorprenda a pesar del gran viaducto del ramal del AVE a Vigo, o de la línea fundadora Cornes?Carril.
Minucias aparte, propias de la movilidad gallega, guiados por el petrucio se alcanzan las cotas de Outeiro de Barral y la ermita de San Cibrán, para culminar en Tras da Veiga con los molinos de viento de Pedras Miudas. Molinos circulares del siglo XIX de doble aspa, en los que su trabe va de parte a parte del molino soportando en cada extremo cuatro varales o aspas que sostienen las palas, también de madera. Y desde allí, sentirse enredados en el Ulla y en su viaducto, que dos días después llegaba a su décimo aniversario de uso, con deficiencias sobrevenidas en esos años. Por más que visto de lejos asombrara. Deficiencias al parecer propias, cual meigallo, de la obra pública gallega. Si bien estas no sean de la gravedad de las deficiencias en los viaductos de Pedrafita o en el túnel de A Cañiza.
En la subida a Tras da Veiga, un milano negro de porte magnifico pasó sobre nuestras cabezas para alzarse a las alturas sobre el Ulla, y otear allí a sus posibles presas. Aún con la sorpresa de aquel vuelo bajo del milano llegaron dos solemnes cuervos, de trato caseño. Al poco saludó su cuidador, un Ravenmaster de las tierras de Arousa, que nos presentó a Vladimir, un Corvus majestuoso, dotado de localizador digital, que nos asombró con su iniciada habilidad en el habla, como aquel cuervo que daba consejos expertos a Penedo de Rúa y al que este, agradecido, cuenta Cunqueiro, regaló una montera para el invierno hecha a medida. Acudiendo a la memoria los cuervos de la Torre de Londres y los confidentes del dios Odín, Huguin y Munin, que le daban noticias recogidas durante el día. También los propios de José María Castroviejo, incluido el cuervo de Sarmiento de Cambados. Por más que, parafraseando a Cunqueiro, los cuervos «con los que yo tengo mayor amistad» son aquellos que de la mano de Procopio, Manuel Sánchez Salorio, llegaban cada 25 de julio a estas páginas de La Voz para ayudar a vernos: Corvus Corax Xacobeus. Sin olvidar a Pampinea. Tuvimos, allí en lo alto la certeza de que aquel maestro en cuervos de Arousa nos había regalado, con su conocimiento y presencia, otra Galicia. Asomando entre aquellas dos naves industriales lejanas de las tierras bajas del Ulla.