El continuo discurrir de la vida

Elisardo Becoña CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA CLÍNICA EN LA UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

OPINIÓN

ALBERTO LÓPEZ

27 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La vida es un continuo. Nacemos, nos cuidan, nos damos cuenta de quiénes somos, hacemos planes, tenemos metas. Crecemos, estudiamos, cogemos un trabajo, nos emparejamos, tenemos hijos, van pasando los años, cumplimos fases de la vida, en las que disfrutamos, sentimos, amamos, lloramos, cambiamos, aprendemos, nos adaptamos, vivimos.

En las sociedades desarrolladas, la vida es cada vez más larga. Pasamos por varias etapas según el momento histórico que nos ha tocado vivir. Así, muchos hemos vivido el final de la dictadura, el surgimiento de la democracia, los brutales atentados de ETA, la entrada en la OTAN y en la Unión Europea, varias crisis económicas, el paro persistente, muchos cambios sociales, la alternancia política, las nuevas tecnologías, guerras en Europa como la de Ucrania, el permanente problema palestino o los actuales aranceles de Trump y los vaivenes económicos.

Nada se para en la vida. El sol sale todos los días. Y todos los días deja paso a la noche. Tenemos cuatro estaciones en el año. Las lluvias aparecen en unas estaciones de modo copioso. El sol calienta más en unos momentos del año que en otros, dependiendo de las estaciones. Nos acostamos cuando no hay luz; nos levantamos cuando hay sol. No podemos detener lo que ocurre a nuestro alrededor como hacemos cuando le damos al pause viendo una película en casa. Todo sigue. Nada se detiene. Como decía Heráclito de Éfeso: «Todo fluye, nada permanece».

Lo vida está para vivirla, disfrutarla, sentirla. Nuestro objetivo es conseguir y luchar para que el bienestar sea superior al malestar y al sufrimiento, si es que este aparece. Y no caer en el lado oscuro de nuestra mente, en los trastornos mentales, cuando aparecen al creer que no se puede afrontar la vida cotidiana, por haber perdido las expectativas, las metas o no ver futuro. De ahí que debamos cultivar el optimismo.

Hay varias situaciones en las que vemos claro el discurrir de la vida, como ocurre ante el nacimiento de una persona o la desaparición de un ser querido. En el primer caso, todo suele ser alegría. En el segundo aparece la tristeza, temporalmente. Por ello, los sistemas de creencias, sociales, culturales, familiares o religiosos, sobre lo que es la vida, su discurrir y su fin, han ayudado a lo largo de la historia a organizarnos por ciclos vitales. Hoy esto se ha vuelto más complejo por el gran auge de la tecnología, el consumismo, la permanente e incansable búsqueda de la felicidad y del bienestar, y la errónea idea de que podemos manejar el mundo y la naturaleza a nuestro antojo. De ahí que hay personas que se desmoronan cuando se dan cuenta de su error, de su falta de control, sobre todo cuando le ocurren hechos luctuosos (la muerte de un ser querido, o cuando un amigo o familiar tiene una grave enfermedad).

Porque, nos guste o no, la vida continúa…