
Es el saludo más habitual al encontrarte en tu primer día de vacaciones a un conocido del pueblo donde pasas tus agostos. El cuándo te vas no es una pregunta, es poner fin virtual a tu estancia, como si le molestara a tu interlocutor que hayas vuelto una vez más. Quizá sea así y la pregunta no sea inocua y esté revestida de esa mala leche que a veces se confunde con la genuina retranca galaica.
Romper el exilio laboral e iniciar unas semanas vacacionales, volver a tu patria chica regresando de once meses expatriado, parece sentar mal y convertirse en un mix de envidia e intolerancia primarias.
La tesis de estas colaboraciones a caballo de un costumbrismo popular son producto de temporada, artículos de un mes de descanso, amables cuando ya ha desaparecido para siempre el monstruo escocés del lago Ness y no podemos reivindicarlo en este agosto. Tampoco podemos hacer un reportaje del chalé de La Mareta, casoplón de veraneo a cargo de los presupuestos públicos, aunque sean prorrogados, del que disfruta la familia del señor Sánchez con Zapatero e Illa, los tres reyes de la baraja, aunque falta el cuarto, Puigdemont, para jugar a las cartas el futuro de España.
Abrumados como estamos por la sobredosis de la mediocridad política imperante, preferimos contar lo caro que está todo, desde una semana de hotel hasta un gin-tonic, mientras escuchamos los compases de la verbena que siembra este mes de música popular de reguetón y bachatas.
Y contestamos al vecino que pregunta cuándo nos vamos, el primer día de las ansiadas vacaciones, poniendo la más bobalicona de las sonrisas y respondiendo que todavía me quedan algunas semanas, en vez de mandarlo al infierno que cabe en una imprecación malsonante de la índole de vete a tomar… viento.
Corre agosto como un caballo desbocado, se agosta a gran velocidad y en plena ola de calor existen oasis como mi pueblo de la Mariña luguesa, en el que ya se vislumbra el frío en el rostro del refrán popular. Hace un calor distinto que protege el mar con su bochorno reiterado mientras esperamos al desaparecido sol.
Me voy cuando se vayan las primeras golondrinas anunciando septiembre, me iré cuando la inflación que anuncia el Gobierno se acerque a la inflación real, regresaré cuando un nuevo período electoral sea una esperanza cierta, cuando el señor Trump deje de amenazarnos con su soga arancelaria, cuando Netanyahu sea juzgado por genocida, cuando Putin cese su invasión mortal de Ucrania, cuando ya nadie, harto de verme, me vuelva a preguntar cuándo me voy.