Dos pepes aliñan la cocina

Nieves D. Amil
nieves d. amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Pepe Solla y Pepe Vieira analizan las claves de su éxito en los fogones

07 ago 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Si Pepe Solla me llevase a comer a su casa, me serviría una tortilla hecha por su madre. Lo haría conmigo y también con Pepe Vieira (Xoán Cannas), otro de los cocineros gallegos que ostentan una estrella Michelín en su restaurante. A simple vista sería su rival entre fogones, pero en realidad son dos amigos que se mueven en el mismo mercado, con los mismos clientes, en el mismo ayuntamiento, pero en dos restaurantes marcados por la innovación: Casa Solla y Camiño da Serpe. «Si uno está lleno hoy, el otro anda más flojo y al día siguiente es al revés», explican casi al unísono, mientras comparten una cerveza en este cara a cara.

Entre ellos parece no haber secretos ni siquiera en la cocina, si acaso competitividad. «Existe una forma de competir sana, si no hubiera estado Pepe no habría llegado a donde estoy», explica Xoán Cannas, mientras Solla añade que «la competencia son solo estímulos». Con algo de sorna asegura que «si no estuviesen los dos en Poio entonces, sí habría rivalidad». Pero, ¿qué prepararía Pepe Vieira a Pepe Solla? Titubea, pero concluye que «como hacemos de vez en cuando le prepararía un bacalao a la brasa».

Ambos confiesan que a pesar de que su vida nace, crece, se reproduce y algún día morirá entre fogones, cuando se sientan cara a cara hablan de todo, menos de cocina... y eso que profesionalmente han crecido juntos. «A mí me gustaba cantar, hacer windsurf y cocinar, pero esto último es lo único que se me daba bien y me daba dinero», explica Solla, para justificar su plena dedicación a la cocina. Cannas apunta que quizás la herencia tuvo un punto importante en la decisión. Casa Solla lleva 50 años en la carretera de Poio. «En mi caso mis padres me metieron en la Escuela de Hostelería de Santiago, pero no va más allá», recuerda Pepe Vieira.

«Una forma de vida»

La amistad entre ambos viene de lejos. «Vivíamos al lado de su restaurante y fuimos porque nos parecía un local distinto», indica Solla, que al igual que Pepe Vieira, justifican Poio porque «un restaurante como estos es una forma de vida. Y la nuestra está aquí». Tanto que ambos bromean al decir que «primero pusimos los restaurantes en Poio y luego vinieron las bateas para la ría, trajimos una casa consistorial, una carretera...».

Aunque se cuentan los secretos de la cocina, después huyen de eso para no ser tan iguales «y aún así lo somos». Reconocen que la cocina ha dado un giro en los últimos años saltando a la escena pública una generación de cocineros intuitivos, aupados por Adriá, y la profesionalización de lo que hasta ahora era un oficio «sobre todo de jefas de cocina», entre las que destacaban otras estrellas Michelín como Toñi Vicente o Ana Gago.

Solla y Vieira supervisan a sus equipos, en quienes confían como si fuesen la extensión de sus brazos. Atienden cada día a su comedores llenos de clientes «de clase media». Lejos de pensar que una comida de entre 70 y 120 euros es solo para paladares de clase alta, estos dos cocineros de Poio confiesan que sentarse en sus mesas es un ejercicio de placer, como el que ahorra para ir a la ópera o al fútbol. «Es una experiencia de cuatro horas, mucho más que un partido de fútbol», explican Vieira y Solla, quienes antes de beberse el último sorbo de la cerveza reconocen que «aún estamos empezando a subir la cuesta del éxito y el trabajo».

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