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Era jugador profesional, militó en el Celta, pero una dolencia física le obligó a mirar hacia otro lado. Fue ahí cuando el músico que se aletargaba dentro de él pidió paso. Y ese artista sigue dando guerra
10 nov 2021 . Actualizado a las 10:34 h.Gustavo Almeida (Río de Janeiro, 1987) podría haber sido músico desde el minuto cero. Es hijo de la conocida cantante brasileña Ellen de Lima y en su casa siempre hubo educación y ambiente artístico. Pero Gustavo era demasiado bueno jugando al fútbol para centrarse en los acordes. Así que toda su pasión de concentró en el balompié. Llegó lejos. Militó como profesional en varios equipos, entre ellos el Celta de Vigo, hasta que una lesión le obligó a mirar para otro lado. Y ahí estaba, agazapado en su interior, el músico que desde pequeño llevaba dentro, el arte mamado por vía materna, que salió a flote cuando más lo necesitaba. Sucedió esto a principios del siglo actual, cuando se hizo cierto ese principio que a él le gusta tanto de que no somos solo lo que nos pasa, sino que también somos cómo reaccionamos a todo aquello que nos sucede.
No vayamos tan rápido. Volvamos a Brasil, donde Gustavo se crio y vivió hasta los 18 años. Ahí, en un país que se rinde ante los astros del balompié, él despuntó pronto como futbolista. Jugaba en el Vasco da Gama. A los 18 años, cruzó el charco y se vino a Europa para seguir con su sueño deportivo. Era un chiquillo. Pero no recuerda su marcha como algo traumático: «Lloré al salir de Brasil pero me fui con muchísima ilusión, iba a jugar de forma profesional, y eso me gustaba mucho. Además, mi hermano ya se había venido aquí para ser artista en el mundo de las orquestas, así que no estaba solo».
Pasó por el Celta de Vigo y viajó después como futbolista a Francia e Italia. Pero a los 25 años, una lesión de esas que se resisten a marcharse dejó su carrera en punto muerto. Entonces, todo se precipitó: «Volvía de Italia para operarme por una lesión que estaba ahí latente desde los quince años y, en vez de ir al quirófano, me fui directo a un estudio de grabación y de ahí nació mi primer disco. Fue increíble».
Corría entonces el año 2005. Gustavo alumbraba su primer álbum sin tener formación musical y sin haberse dedicado antes a ese mundo: «No estoy orgulloso de ser autodidacta, ojalá me hubiese formado musicalmente desde pequeño. Pero la realidad es que era muy bueno jugando y siempre me centré en ello». La lesión, por tanto, despertó una vocación y desde entonces Gustavo ya no se apeó de ese mundo.
Afincado en Pontevedra
Se afincó en Pontevedra, donde vivía su hermano, donde conoció a su mujer y donde nacieron sus hijos. Desde hace años es padre y músico a tiempo completo y «de forma anárquica», como él describe su día a día. No le gusta ponerle etiquetas a su música, que cabalga entre el español, el portugués y, ahora también, el gallego. A lo sumo, si se le obliga a darle un nombre a lo que sale de su boca, dice que hace pop de autor. Comenzó su carrera con una gran productora y de su mano su arte estuvo seleccionado en escaparates tan increíbles como el de los Grammy.
Ahora su vida y sus metas son otras. Actualmente, se autogestiona. Él compone, él canta y él busca cómo promocionarse. Está orgulloso de vivir de su trabajo como artista y mira hacia su madre como gran ejemplo, «ya que alimentó a sus hijos cantando». Ahora ella está en Pontevedra y, precisamente hoy, juntos ofrecerán un directo por las redes sociales. Dice que de ella lo aprende todo. Y que comparte con su progenitora su gran ilusión en la vida: «Morir cantando, como mueren las cigarras».
«Quiero tener mi huerto regado»
Almeida reconoce que le gusta la filosofía y que intenta que esta tenga impronta en sus canciones. Se toma tiempo para analizar cada detalle de la conversación. Le concede importancia a que la entrevista se haga en varios tiempos, los que tiene en una mañana frenética en la que llevó a su hijo y a su ahijado a distintas citas médicas: «Fíjate, es que es algo tan humano, tan real, que estemos haciendo esto mientras paso una mañana de auténtico recadero...», reflexiona. Luego, respira y habla de lo que le hace feliz: «Tener mi huerto regado».
Gustavo se ríe al preguntarle si hay un huerto físico o ese vergel que quiere ver bien es simplemente todo lo que rodea. Se ríe y dice: «La verdad es que tengo un huerto de verdad. Eso lo he aprendido en Galicia, a comer productos caseros, huevos de nuestras gallinas... pero la realidad es que me refería a que mi felicidad es tener regado mi entorno, estar bien conmigo, con la familia, con lo que hago...».
Se describe feliz en una vida sencilla. Y se le pregunta si eso no contrasta con haber pasado por la élite del fútbol. Y su respuesta es clara: «En Italia viajaba en Porche, pero nunca morí por tener uno. No hace falta ir al fútbol para encontrar materialismo. Hay músicos así también. Dicen que quieren sencillez, que no le dan importancia a lo material, ves su ropa y piensas: ‘pero si las zapatillas que llevas puestas valen más que todo mi armario junto'. Yo he encontrado la felicidad con lo que puedo permitirme».