Santiago García, educador de padres: «Que tengan móvil a los 11 años es absurdo, si lo necesitan que tengan un teléfono mío-tuyo»

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

Santiago García es profesor en el instituto Sánchez Cantón de Pontevedra tras muchos años dando clases en Vilagarcía.
Santiago García es profesor en el instituto Sánchez Cantón de Pontevedra tras muchos años dando clases en Vilagarcía. Ramón Leiro

Profesor de instituto, insiste en que hay que educar desde el amor pero que «no se puede ser amigo ni de los hijos ni de los alumnos» y retrasa la entrega de un smartphone a los adolescentes a los 15 o 16 años

17 mar 2024 . Actualizado a las 17:51 h.

Que lo lean bien los padres, profesores y demás educadores; que se paren en todas y cada una de las letras. La primera asignatura que hay que cursar para educar de forma positiva y con resultados óptimos no se centra en el niño, adolescente o chaval. El que primero debe trabajar es el adulto. ¿Cómo, por qué? Lo explica con una frase Santiago García Rey, profesor de inglés en el instituto Sánchez Cantón de Pontevedra y encargado de la Escuela de Padres y Educadores de la UNED: «Para tener buena relación con los demás, para poder educar de forma positiva, hay que empezar por llevarse bien con uno mismo». ¿Tarea fácil? Seguramente no, de ahí que él se introdujese primero en el mundo del enriquecimiento personal para dar el salto luego a reflexionar y a ayudar a educar: «Una vez que estás bien contigo mismo, es fácil hacer lo demás. Antes, no».

Santiago García está acostumbrado a sentarse ante madres, padres y educadores que le dan cuenta de lo difícil que resulta muchas veces combatir una rabieta, esa en la que los lloros parece no tener fin, o cómo el uso del móvil o las horas de televisión se convierten en una discusión habitual entre progenitores e hijos. No es de dar respuestas mágicas, sino pautas de cómo actuar. Así, empieza diciendo que cada familia debería tener unos límites innegociables; cuestiones previamente dialogadas entre padres e hijos que son inamovibles —aunque sí ajustables, ya que se pueden ir cambiando para mejorarlos—. 

«Las normas las marcas tú»

Señala que a muchos padres les cuesta poner esos límites y cumplirlos, y los anima a hacerlo porque indica que tener normas no es ser autoritario: «No debemos confundir los conceptos. Los límites son positivos, cada familia tendrá unos que se correspondan con sus valores y con lo que les funcione. Los límites los ponen los padres y los explican bien, pero los ponen ellos. Porque hay que educar desde el amor, pero no ser amigo de tus hijos o de tus alumnos. La relación tiene que ser asimétrica, el adulto es el que guía, el que acompaña y el da seguridad, aunque las normas se negocien y se dialoguen. Pero las pone él». Y cita ejemplos. Un límite innegociable, por ejemplo, puede ser que todos los días sí o sí haya que sentarse a estudiar Eso hay que cumplirlo, pero quizás pueda ser negociable la hora: «Igual dijimos que se estudiaba a las cuatro... bueno, es comprensible que igual a esa hora no le apetezca y prefiera hacerlo a las seis. Eso se negocia, lo que está claro es que en algún momento se estudia». Así con todos los límites innegociables.

Luego, por debajo de esos límites innegociables, estarían las normas un poco más laxas, que se pueden ir negociando en el día a día. Y señala una cuestión importante: «Para un hijo que está haciendo bien las cosas, el mejor regalo de sus padres es la confianza, que vea que confían en él». Critica abiertamente la sobreprotección, de la que incluso dice que es «una forma más de maltrato». E indica que dar esa confianza a veces implica que el adulto no lo pase del todo bien. Por ejemplo, señala que a determinada edad hay que aceptar que el hijo pueda salir a dar una vuelta sin controlarlo por ningún dispositivo electrónico. De hecho, al preguntarle por esa tendencia de muchos padres a pedirle a sus hijos que activen en los móviles la ubicación en tiempo real o cualquier otro sistema con GPS que les permitan saber estar en cada momento dónde están sus hijos, suspira y afirma: «Tengamos sentido común, ponerles un GPS es decirles que no confiamos en ellos, darles inseguridad. No seamos de extremos. Todo depende de dónde viva, pero con 12 años un hijo debería poder ir solo a la calle».

«Yo no les daría el móvil hasta los 15 o los 16 años» 

El móvil y los niños. Los niños y el móvil. Es, sin duda alguna, uno de los asuntos que más debate genera en las sesiones de la Escuela de Padres y Educadores de la UNED de la que se encarga Santiago García. Poco dado a los extremos, el profesor, que convive con la problemática de los móviles tanto en casa como en el ámbito escolar, con este asunto es bastante tajante: «Es un absurdo darles un móvil a los 11 años. Yo no se lo daría hasta los 15 o 16 años. Antes, me parece que no lo necesitan en absoluto», indica.

Luego, hace puntualizaciones. Porque ciertamente son muchos los padres que le explican que a veces un móvil no se da por capricho, sino porque el hijo empieza a ir solo a determinadas actividades, a coger el bus o se queda solo en casa y funcionalmente necesita ese teléfono, ya que es más operativo para la familia. También escucha muchas veces que, como casi todos los adolescentes cuentan con teléfono, el que no lo tiene acaba quedándose rezagado socialmente, ya que cuando hablan no está presente en las conversaciones. Y ahí es donde Santiago García demuestra que no es de extremos: «Entre darles un móvil para ellos, para que lo usen como forma de ocio, y que no puedan tocar un teléfono hay muchos puntos intermedios. Por ejemplo, esta la opción de tener móvil mío-tuyo. Es decir, que lo pueda usar en determinadas circunstancias, porque es funcional para la familia o porque lo necesita para quedar con los amigos, pero que no sea su móvil exclusivo ni su forma de ocio. Se trataría de un uso puntual y controlado. ¿Necesita llevarlo para ir a coger el bus? Puede hacerlo, lo que no veo normal es que esa sea su forma de ocio, que el móvil y las redes sociales sean lo que centren su entretenimiento», indica Santiago García.

Habla también de la posibilidad de que tengan también un móvil únicamente para hacer llamadas, de forma que si necesitan comunicarse con sus padres puedan hacerlo. O, en general, de explorar vías que no signifiquen acceder de forma masiva a Internet y las redes sociales

«Acción y consecuencia»

Huye, como muchos otros educadores, de la palabra castigo. Y señala que lo más recomendable son las consecuencias lógicas: «Si suspende un examen y le dices que se queda sin ir al fútbol... no tiene mucho que ver. Suena a castigo. Si suspende y le explicas que ahora va a tener que invertir tiempo en estudiar y reparar el suspenso, entonces es una consecuencia lógica de lo que hizo».