A partir de mañana, la monumental Rúa do Vilar será distinta. En realidad, lleva muchos años siendo distinta, pero ahora se queda un poco más huérfana del pasado de relumbrón que lució, al menos, hasta la última década del siglo pasado. No es necesario remontarse mucho más atrás, a episodios tan recordados por los más veteranos, muy jóvenes entonces, como el de las maracas de Machín marcando el ritmo de angelitos negros en el Café Español, donde ahora mismo está la Librería San Pablo y antes estuvo este periódico, y antes una tienda de regalos... Y antes. Antes hubo muchos emblemas del comercio y la hostelería, de la vida compostelana, que han ido cediendo su espacio a una modernidad absolutamente respetable pero arrolladora, marcada por la pátina impersonal del puro negocio en pos del turismo. Sin alma. Pocos quedan en la calle: la más que centenaria Sombrerería Iglesias, el recuperado para la vida hostelera-tertuliana-cultural Café Casino, la Mercería Algui y el renovado Café Bar Suso. Hace poco se nos fue otro centenario, la Camisería Riande y, desde mañana nos faltará la Cafetería Paradiso. Probablemente, en un futuro próximo el establecimiento tendrá continuidad, porque aspirantes no le faltarán dada la brillante memoria que heredarán, pero ya no será lo mismo sin la afectuosa atención de Agustín Ares y Socorro Pérez, que lo regentaron desde 1991, conservándolo y potenciando sus esencias.
Fundado en 1976 por un emigrante retornado de Cuba, un local inspirado en la novela de José Lezama Lima y que luce su mismo título merecería ya de por sí ocupar un lugar de privilegio en la historia de Compostela. Su decoración decadente y abigarrada, diseño de Ventura Cores, su interior estrecho y cálido, debería ser declarado patrimonio cultural intocable. Salvo los viejos sofás y el suelo renovado, se mantiene en su versión original. Con permiso de su exquisito chocolate con churros —uno de los mejores, si no el mejor de la ciudad con su fórmula a base de cacao puro y maicena— el mérito primordial de Agustín y Socorro es haber sabido atender los nuevos tiempos turísticos y jacobeos sin perder las señas identidad del local. Ellos lo consiguieron con una entrega absoluta. Más que ganada tienen su jubilación. Perdemos un pedazo brillante de la historia de la Rúa.