Medio año conviviendo con las humedades en un piso de estudiantes de Santiago: «Encontré el armario lleno de moho y terminó por dolerme el pecho hasta al respirar»
VIVIR SANTIAGO

«Dormía con un nórdico, con tres mantas, con un pijama gordo, con sudadera y aún así el frío no se me pasaba», recuerda una joven que cuenta la pesadilla que le supuso a ella y a sus otras dos compañeras el haber habitado durante ocho meses una vivienda repleta de humedades
27 mar 2025 . Actualizado a las 18:30 h.No hace falta una búsqueda muy exhaustiva para encontrar nuevos testimonios de estudiantes que denuncian el estado de sus pisos en Santiago. Estancias de tamaño ultrarreducido, habitaciones sin luz natural, salones con grietas, colonias de bichos o techos que se hunden hasta caer al suelo son algunos de los ejemplos a los que La Voz ha dado cobertura en el último curso universitario. Cuando la oferta es reducida y los precios del alquiler aumentan a cada año que pasa, la opción, en parte obligada, es la de conformarse con «lo menos malo». Así lo explica Laura, una joven que cuenta la pesadilla que le supuso a ella y a sus otras dos compañeras el haber habitado durante ocho meses una vivienda repleta de humedades y de moho. Entraron en junio y la dejaron en enero, cuando el contrato todavía no había vencido, porque les resultaba imposible convivir con el frío y con el resto de problemas que manifestaban las instalaciones.
«Ellas son estudiantes y yo trabajaba. Necesitábamos un piso listo para entrar ya en junio (por lo general, los contratos por curso universitario comienzan en septiembre) y encontramos ese, entre la zona vieja y el campus norte. Al principio, parecía que estaba muy bien. Tenía tres habitaciones, dos hacia el exterior y una que daba a un patio interior, además de cocina, salón y un baño que estaba bastante nuevo y moderno. Notabas que hacía algo de frío, pero no nos pareció nada extraño. Al final, eso podía pasar en cualquier otro piso de Santiago», recuerda la joven. Ella, que se mudó en junio, pasó bien el verano. Dentro notaba el fresco, pero lo agradecía. Fue al cuarto mes cuando comenzó a sospechar que algo pasaba en ese piso. Terminaban las olas de calor y, con septiembre, llegaban los primeros días de lluvia y de frío. El primer síntoma de que algo fallaba se manifestó cuando comenzaron a darle uso al tendal que tenían en el interior.
Se empezaron a dar cuenta de que, cuando la lavaban la ropa, no había manera de que secara. «Notábamos que pesaba bastante la humedad. La calefacción no nos iba bien y decidimos pedirle un deshumidificador a la casera», cuenta. Para ellas, la máquina era fundamental. La propietaria del piso, sin embargo, cuestionó la necesidad. Fue en ese momento cuando la situación se volvió más tensa. «Cuando entrabas en cama, por mucho que te pusieras mantas encima, era imposible estar caliente. Dormía con un nórdico, con tres mantas, con un pijama gordo, con sudadera y aún así el frío no se me pasaba. Nos despertábamos en medio de la noche y, por mucho que pusiéramos la calefacción, era tan vieja que no calentaba. Yo llegaba del trabajo y no podía hacer cosas en el escritorio por el frío que hacía», continúa Laura, que prefiere no dar detalles sobre la ubicación.

El momento crítico llegó una tarde en la se puso a hacer la maleta para ir a pasar el fin de semana a su aldea. Comenzó a sacar las cosas del armario y, cuando llegó al fondo, visualizó una riñonera de la que le sorprendió el tono. «Dije: 'Que raro, esto no era de ese color'. La saqué y me di cuenta de que estaba llena de moho. Empecé a mirar por el armario y me fijé en que tenía moho pegado. Ahí fue cuando me empecé asustar. Todas las bolsas de tela que tenía guardadas estaban llenas de moho», recuerda la joven. En las fotografías incrustadas bajo estas líneas, tomadas en ese momento, se puede confirmar lo que dice. La riñonera, de color marrón, quedó llena de manchas blancas. Lo mismo sucede con la imagen del interior del armario, repleto de signos de humedad.

«Más que humedad, era condensación. Eso era imposible que se hubiera formado de un momento para otro», explica. Ahí fue cuando le encontró explicación a otro problema que sufría. «Llevaba tiempo con una especie de catarro, tenía mucha tos y me dolía el pecho. Un día fui a urgencias, me auscultaron y me notaron un pitido raro. Me empezaron a dar inhaladores, pero pasaron dos semanas y yo iba a peor. Pasé de tener el dolor en el pecho no solo al toser, sino también al respirar. Estaba muy cansada porque, entre la tos y el frío, me despertaba por las noches. Volví, me hicieron una placa y me dijeron que tenía los bronquios obstruidos en el pulmón izquierdo. Ahí ya dije: “Necesito salir de este piso, porque ni un deshumidificador lo arregla”», recuerda Laura.
Comentó lo encontrado con la inmobiliaria, que no era consciente del problema, y le envió las fotos de las humedades a la casera, que dio su brazo a torcer. Pasó una semana y les envió un deshumidificador, que, aunque era algo pequeño, «se notaba»: «Por primera vez, el piso tenía un olor. No olía todo el tiempo supercargado. Por fin notabas que tenía un pequeño olor y con eso ya nos quedamos alucinadas. Aun así, la cosa iba a peor». Cuenta que el deshumidificador lo tenían puesto todo el día, que la factura de la luz les subió considerablemente y que, aun así, su situación no mejoraba. Sus otras dos compañeras comenzaron a encontrarse con humedades en sus habitaciones y ella tomó la decisión de dejar el piso.
«Ahí nos encontramos con el problema de que venía gente a ver el piso y preguntaban: “Aquí hay mucha humedad, ¿no?”. A mí me daba hasta vergüenza estar intentando vender mi habitación cuando sabía que había moho y teniendo un inhalador encima de la mesa porque me había traído problemas. Hablé con el de la inmobiliaria para decirle que intentar vender esa habitación era demasiado injusto. Nos decían que si se iba una, tenían que irse todas», rememora. Las compañeras, que tampoco querían continuar con la situación tal y como estaba, decidieron marcharse también. Lo dejaron en enero y, desde ese momento, Laura comenzó a notar mejoría en su tos. «Ya en Navidades, que me fui, estuve mejor. Dejé de tener esa sensación de presión. Dejó claro que era eso, porque yo nunca había tenido problemas de asma ni de nada», comenta la joven.
El suyo es otro ejemplo de las precarias condiciones en las que viven algunos estudiantes de Santiago. Aunque muchas inmobiliarias se nieguen a comercializar con ellos, encontrar pisos con humedades y sin reformar ya no resulta extraño. Y, cuando la oferta es escasa, conformarse con uno de ellos parece ser la única opción económicamente viable para los estudiantes.
Si quieres compartir tu experiencia en alguno de los pisos en los que has vivido puedes enviárnosla al correo electrónico vivirsantiago@lavozdegalicia.es