LAS CAMPAÑAS electorales constituyen sin duda el momento más participativo que los ciudadanos tienen en la vida pública. Los aparatos de los partidos y los políticos se acercan e indagan con todo tipo de medios cuáles son los anhelos y las necesidades de los colectivos sociales y moldean su ideología y prometen aquello que, dentro de sus definiciones, entienden es lo deseado por los votantes y que les puede suponer obtener los votos necesarios para gobernar. Es el momento en que se invierte la usual carrera de pedir. Pasan de ser visitados a visitantes, y además se puede decir que a pesar del tópico contrario de que las promesas no se cumplen, los partidos, unos más que otros, una vez en el poder llevan a cabo en una importante medida lo prometido, cada día más sabedores de que en otro caso se les va a recordar y exigir no sólo por los ciudadanos, sino por los creadores de opinión, medios de comunicación..., lo que puede traerles consecuencias graves en la próxima cita electoral. A todo ello hemos de añadir que ya no en las campañas, por no estar permitido, sino en las precampañas, se produce el gran momento de las inauguraciones, cuando a prisa y corriendo se corta la cinta en medio de autobombo y sonrisas. Así pues benditas sean las campañas electorales pues en ellas los ciudadanos somos los receptores de las preguntas de los políticos, y el tribunal que los ha de juzgar por lo hecho. Más complicado lo tienen los que no votan, por que a esos, sin preguntarles se les ha borrado del mapa; lisa y llanamente no existen. Ningún partido serio gasta un minuto o un euro en hacerles promesas; son los desterrados de la tierra y eso que no son pocos. Son en primer lugar los sin papeles : un ingente batallón entre los que están todos aquellos que impunemente y a diario se les recoge a la plaza de los pueblos o en la periferia de las grandes ciudades para trabajar en la construcción o en las faenas agrícolas, a bajo precio y con muchas horas. Son también las decenas de miles de mujeres prostituidas, extranjeras la mayoría, sin papeles y sin sanidad (temerosas de acercarse a un centro público). Son los marginales en general, los sin techo, los drogodependientes, que pasan de todo. Son todos aquellos que viven fuera de los circuitos sociales y a los que nadie considera. Por todos ellos, a los políticos, «una limosnita por favor». Porque sea práctico o no, traiga o no traiga rendimientos, una sociedad es más justa y democrática cuando se preocupa también de los que menos tienen, aunque no den votos. Porque de hacerlo es muy posible que en la próxima cita electoral participen.