La abuela de Cangas celebra sus 102 años: «No duermo la siesta, es perder el tiempo»

Monica Torres
mónica torres CANGAS / LA VOZ

CANGAS

XOÁN CARLOS GIL

Dolores canta, recita y pasa 10 horas al día con libros, prensa y sopas de letras

18 may 2025 . Actualizado a las 01:48 h.

«¿Cuántos años me echas?», lanza con una chispa en el rostro Dolores Prieto mientras apaga las velas en el centro de día Sanidía, en Cangas. La respuesta nunca acierta: 80, 85… Ella remata, sin perder la sonrisa: «Dicen que aparento 80 y lo sé, pero tengo 102… y también lo sé». Va cada tarde desde marzo. «Me encanta compartir con gente de mi edad, aunque son casi todos mucho más jóvenes», bromea. Y deja claro algo que repite con convicción: «Nunca duermo la siesta, porque estar en cama es perder el tiempo».

Dolores vive en Pinténs, en la parroquia de O Hío, con su hija Agripina y su yerno José. «Podría hacer una carrera si se lo propusiera», asegura él. «Tiene hábito de lectura diario, una memoria prodigiosa y, como es constante, acaba todo lo que empieza». Desayuna fruta, café con leche y tostadas. Y a partir de ahí, se sumerge en su rutina: unas diez horas al día leyendo prensa, libros y resolviendo sopas de letras sin gafas. No deja ninguna sin terminar. Solo cuando todo está en orden, a la una o dos de la madrugada, reza a la Virgen de la Consolación y se acuesta.

Tiene tres hijos, siete nietos y seis bisnietos, y todos la miman. El fin de semana lo celebró en familia, con una comida en la que se reunieron una veintena de personas de su círculo más cercano. A su nieta Ana María le repite una frase que resume su forma de estar en el mundo: «Hay que ser buena persona». Y si le preguntan por el secreto para llegar como ha llegado, lo tiene claro: «No hay ninguna fórmula mágica. Solo el amor. Y no desearle jamás nada malo a nadie».

Dolores nunca se estresa. «No es cuestión de llegar a los 102, sino de tener calidad de vida. Y para eso hay que vivir día a día, sin estrés ni ansiedad», afirma con una claridad que desarma. En el centro de día pinta, canta juega al bingo y comparte con sus compañeros. En su reciente fiesta de cumpleaños, emocionó a todos entonando una copla que aprendió hace más de 90 años con su amiga Azucena, que había perdido de niña a su madre: «Quién me diera una madre, aunque fuera de una silva. Aunque la silva picara, siempre era madre mía». También declama con voz clara versos de guerra y posguerra, aprendidos de su primera maestra, doña María.

A Ángel Gutiérrez lo enamoró sin querer, cantando. Él, marinero, la escuchó mientras ella pastoreaba una vaca. Fue un flechazo. Pero ella no se lo puso fácil: «Si quería casarse conmigo, debía esperar sin un beso ni tocarme la mano. Yo quería llegar pura al matrimonio». Ángel aceptó. Se casaron tras dos años, cuando ella tenía 27. «Fue un buen matrimonio porque hizo como yo le mandé», sostiene. Ángel falleció hace 43 años de forma repentina, mientras se bañaba en la playa de Areabrava: «Fue el amor de mi vida y su pérdida, el mayor golpe».

Dolores trabajó desde muy joven. Primero en casa, luego en la fábrica de Ameixide. Tras la jubilación, siguió activa. A los 90 aún iba al campo a sacar malas hierbas. Solo toma dos pastillas al día y no pisó un hospital hasta el año pasado. Este volvió, tras romperse tres costillas. «Y casi hubo que obligarla», cuentan sus hijos. Tiene carácter. Y opinión: «Ahora la gente es más rebelde e inconformista. Y menos trabajadora. No hay albañiles, ni fontaneros ni electricistas… no sé a dónde vamos a llegar», lamenta. Ha vivido una guerra civil, una mundial, una dictadura, la democracia y una pandemia. Los peores momentos, según ella, no fueron los de hambre, porque «en casa había maíz», sino los de miedo: «La posguerra y el apagón del otro día. Pensamos que era otra guerra». No presume. No impone. Solo deja claro que hay otra manera de llegar lejos: con amor, fe y sin veneno por dentro. Un alma que no envejece.