Raúl Arévalo: «En un rodaje todo es un poco como en Gran Hermano»

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Juan Naharro Gimenez

Le llaman el Sean Penn español. Es un tímido que se cura con la edad. Habla rápido, odia los tópicos y se considera un urbanita que viene del campo. Dice que hacer una película es una experiencia extraña, «muy fuerte». Tras «La isla mínima», se sube al tren de la comedia con Inma Cuesta. Lo tiene claro: «La gente quiere reírse. Siempre»

11 feb 2026 . Actualizado a las 18:11 h.

Es natural, directo, crítico con las preguntas rosa y con los incoherentes. Vive en Madrid, es mostoleño y sus raíces nos llevan a un pueblo «chiquitito» de Segovia. A veces responde a la gallega, preguntando. No siempre termina las frases, pero no hay duda de lo que quiere decir. El mejor actor de su generación («Noooo -despeja-, me encantan los piropos, pero hay gente técnicamente mejor») prepara el salto a la dirección para mayo. Hace cine porque su pasión es contar historias: «Cuando tenía 10 años, mi padre se compró una cámara de vídeo. Empecé a grabar a mi hermana, todo el tiempo». No paró.

- 35 años y vaya rodaje. Más de veinte películas, un Goya, teatro, éxito en televisión. Y ahora en cartel con dos películas que son el día y la noche. No te faltan registros...

- Bueno, cuando a uno le meten en un saco es difícil salir. A Javi Gutiérrez [su compañero en La isla mínima] siempre le han dado papeles de comedia en televisión y yo, que soy amigo suyo desde hace 15 años, le he visto hacer brutalidades en teatro. No es una cuestión de «¡jo, cuántos registros tienes!», sino de que te den oportunidades. 

- ¿Se nace con ese talento?

- Ummmm. No sé... Cada uno tiene sus recursos. Es una cuestión de que confíen en ti. Con La isla mínima, Javi me decía: «Nos van a poner el cartel con dos pistolas y dirán: "¡ahí están el de Águila Roja y el de Con el culo al aire!"». Creo que es una cuestión de que confíen en ti para hacer cosas diferentes. 

- ¿Comedia o drama?

- Depende... Hay comedias en las que te sientes como el culo y dramas en los que te sientes estupendamente, o al revés. 

- ¿Qué tal en «Las ovejas no pierden el tren»? ¡Pareja de Inma Cuesta!

- Ha sido muy divertido. Quería trabajar con Inma. Y con Candela Peña, a la que admiro. Y un director como Fernández Armero te da libertad para probar. Para jugar.

- ¿Te gusta esa libertad o prefieres que te encarrilen?

- Bueno..., La isla mínima fue un rodaje durísimo, pero el más enriquecedor de mi vida. Cuanto peor lo pasas, más aprendes.

- No te gustan los tópicos, eso de «que vas a perder el tren» o «se te va a pasar el arroz». ¿Tienen algo de cierto?

- No, no me gustan. La vida es otra cosa. Las ovejas no pierden el tren rompe esos tópicos. Pero son inevitables. Es como cuando mi madre me dice: cuidado, que van a venir vacas flacas. Sí, vale, pero todo es  inestable. A veces por trabajar y tratar de ganar dinero he tenido estrés y hasta ansiedad, y con treinta y pocos he llegado a estar al borde del colapso. No merece la pena. Hay que ser lo que uno quiere, y hacer lo que uno quiere. Hay que ser coherente.

- Es difícil vivir como se piensa...

- Pero hay cosas que no se entienden, como que una persona que no llega a fin de mes vote a un partido que no le apoya, o tolere la corrupción política y, en cambio, le hierva la sangre porque un actor, «¡actorcillo!», va de Armani a los Goya...

 - Un tópico: el que se esfuerza triunfa. ¿No manda la suerte?

- El esfuerzo es muy importante, y la suerte fundamental. Van los dos de la mano. 

- ¿Afortunado?

- Sí, sí, siempre he tenido mucha suerte, una estrella en el culo tremenda.

- «La isla mínima» parece haberse quedado tan en ti como en Javier Gutiérrez...

- Fue algo muy especial. Hay cosas que nos quedaremos para nosotros para siempre. Javi ha sido el compañero que más me ha ayudado detrás de las cámaras. Y me encanta verle recibir premios. 

- ¡Qué miedo da en la película! Como tú en «Los girasoles ciegos»...

- Ese papel fue un regalo. El último guion de Azcona, con José Luis Cuerda. Hay personas que han sido para mí fundamentales. Daniel Sánchez Arévalo, un cómplice. Maribel Verdú, mi hada madrina. Javier Cámara, un gran compañero de viaje... Eso es lo que queda. 

- ¿Qué queda?

- El valor humano. Recuerdo El Camino de los Ingleses, con Antonio Banderas. En la Ciudad de la Luz. Estábamos en una celda, colocaban la luz, yo me senté en la cama y Banderas a mi lado. Me dijo: «Mira, Raúl, si te sigues dedicando a esto, más allá de que te vaya mejor o peor, te das cuenta de que lo queda con el tiempo es el valor humano de los proyectos». Supongo que pasa en otros trabajos.

- El cine parece diferente. 

- El cine es particular. Cuando ruedas fuera, no vuelves a casa al final del día con tu mujer y tus hijos. Convives dos o tres meses con otros, todo es un poco como Gran Hermano. Con gente que a lo mejor no vuelves a ver hasta dentro de meses, ¡o años! Son tu familia. Si tienes un bajón lloras con ellos en vez de con tu mejor amigo. Es algo que no tiene que ver con que seas abierto o no... Cuando se acaba es muy fuerte, te deja una sensación extraña. Como cuando tienes 15 años y vives ese verano del primer amor. Termina y sientes un vacío tremendo. Has compartido cosas muy intensas que luego a lo mejor no llegan a ser parte de tu vida diaria.

- Las cosas más intensas a veces suceden y se van, ¿no?

- Sí... pero también se quedan para siempre. Haciendo una película, sales a cenar con el equipo, un día te emborrachas, otro te cabreas y al día siguiente te levantas otra vez con la misma gente. Todo se intensifica mucho. Es extraño... y muy bonito.

- Te defines como un tímido.

- En la infancia fui muy-muy tímido. Les pasa a muchos actores. Decía Fernán Gómez: «Yo si estoy en un sitio, no me atrevo a acercarme a una señorita y decirle "¡qué guapa es!, ¿quiere pasar la noche conmigo?" El rechazo que puedo sentir me mata de vergüenza». Pero si en un texto pone que yo le digo: «¡Qué guapa es!, ¿quiere pasar la noche conmigo? y el texto dice: "Por supuesto, caballero", y acabo haciendo el amor con ella, ¡cómo no voy a poder? ¡Lo dice el texto!». Hay algo liberador en eso.  Soy tímido, pero cada vez menos. 

- El tiempo cura, y el humor. ¿Necesitamos reírnos más en tiempos de crisis?

- Es otro tópico. Creo que la gente quiere reírse ¡siempre! Ocho apellidos vascos lo petó...

- ¿Por qué?, ¿entiendes el divorcio entre público y crítica?

- Ocho apellidos vascos es una forma de testar lo que gusta en la calle. La gente quiere reírse, sí, pero también las series más vistas en televisión en los últimos tiempos son El príncipe, El tiempo entre costuras, Velvet... Lo que creo es que hay momentos. Uno si está estresado puede ver una peli de acción para pasar el rato y reservar para otro momento Amour de Haneke. Pero hay que educarse para disfrutar del cine, como de un Picasso. Hay películas que con 15 años me parecían aburridas y hoy son de mis favoritas, como Los santos inocentes. Cuando se estrenó, la gente de la calle decía que era un peliculón. En su día funcionó bien en taquilla, en el 2015 no se comería un kiko. Es una opinión personal. Que ahora casi todo sea Mujeres y hombres y viceversa y wasap va wasap viene... Lo que quiero decir es que el público que en el 84 se moría de risa con las películas de Manolo Escobar veía Los santos inocentes como una gran película.

- La gente que ve «Con el culo al aire» y vive de wasaps también puede aplaudir «La isla mínima», ¿no?

- No creo que sean el mismo público. Ahora todo va rápido, casi no hay interés por educar a los más jóvenes en el cine.

- ¿Somos individuos cada vez más ensimismados, como en «Her»?

- Sí. Hay que aceptarlo. Pero tú no tienes 15, tú a tus treinta y pico, con tu experiencia y tu conocimiento, eres capaz de filtrar y saber qué comes cuando comes una hamburguesa o qué pasa si dejas de comer judías. Un niño no.

- Para saludable el campo. ¿Pero es tan idílico como lo pintamos?

- No se trata de ¡ay qué bonito es el campo! A mí me hace bien. Me crie entre Móstoles y un pueblo de Segovia, mis abuelos eran hortelanos. Aunque siempre me he considerado más urbanita, cada vez me angustia más el ritmo de la ciudad.

- Los Óscar: ¿Birdman o Boyhood?

Birdman es genial, pero Boyhood deja más poso. Podríamos estar hablando de escenas de Boyhood mucho tiempo... 

- Naciste el 22 de noviembre. ¡Escorpio!

- El último día de Escorpio. Yo soy un escéptico en esto, como en todo. Pero hace unos años me hice una carta astral con una viejecita en Buenos Aires que me dejó loco. Creo que hay gente que puede percibir más cosas. Hay gente especial.