Mis vecinos son más que familia

AQUÍ SÍ HAY QUIEN VIVA Jardín con jardín, puerta con puerta y tan felices. Llevan años como vecinos y amigos. Comparten vermús, tijeras, viajes, bodas y bautizos. Adorables vecinos, ¿cuál es la llave de esta amistad?

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YOLANDA GARCÍA

Son vecinos y, sin embargo, amigos. Y el principio de su amistad, que ha visto vermús, viajes (a Madrid, Portugal, Málaga, ¡Polonia!), bautizos, bodas y comuniones, nos lleva 19 años atrás. Que fue entonces cuando Joaquina y Antonio se mudaron a uno de los adosados que van a dar a la misma piscina que el que compraron Rosa y Fernando. Esta pareja de matrimonios hace en realidad un trío... «Un trío de parejas que funciona bien», apunta con humor por teléfono Conchita, ahora de viaje. Ella y su marido, Antonio, son el tercer matrimonio que, aunque ausente en la foto, celebra lo que ha unido la sombra de un jardín en esta Toscana de Oleiros.

Desde detrás de las tuyas de Rosa suele asomar cada día (en especial «si sale el sol, ¡somos como lagartijas!») la voz de Conchita. Y Rosa es lo primero que ve Joaquina al salir de casa al jardín. «Yo tanto con Conchita como con Rosa me siento protegida, amparada, será que soy un poco mayor que ellas y al no tener aquí a mis hijos, me gusta sentir su compañía, esta confianza que tenemos», me cuenta Joaquina. Con tres hijos y siete nietos, ella celebra este año los 50 de casada con Antonio. «¡Pues habrá que hacer una fiesta temática!», sugiere Rosa, dice que es broma pero nos quedamos con la copla. La complicidad (que sabe mucho pero no lo cuenta todo) es visible entre ellas. Joaquina «es una madraza. Una abuela todoterreno, ¡tiene un mérito!... Coge el coche y se hace 600 kilómetros para quedarse con sus nietos, ¡y son tres!, si sus padres lo necesitan por trabajo. Yo a Joaqui no le veo ninguna cosa que pueda criticar. Joaquina es lo que Conchita y yo queremos llegar a ser», asegura Rosa.

OJO AL RODODENDRO

Rosa tiene llave de la casa de Conchita. ¿Y el secreto de una buena vecindad? Respeto y «querer lo mejor para ellos», dice quien advierte que las costumbres hacen leyes, que mantienen los hijos. Una de ellas es la de salir a cenar fuera la noche de Reyes, como hacían cuando los niños eran niños. Ellos, que más que vecinos se sienten primos «o hermanos», ya crecieron y volaron. Sus raíces siguen aquí. En esta manzana no hay trampa ni llega la sangre a la piscina, aunque se hable de política o religión. «Y desde posturas diferentes o hasta contrarias. Podemos acalorarnos... pero no pasa nada». La amistad sofoca el fuego. «Nosotros no nos hemos fallado nunca», asegura Joaquina.

En casa de Rosa, adosada a la de Conchita, compartimos un café que a mediodía, cuando llegan «los chicos», se hace vermú. Ellos han compartido muchos. «Nosotras y nuestros maridos. La cosa también funciona gracias a ellos, a que se llevan muy bien. Los chicos son la guinda del pastel», ríe Rosa. Es testigo el rododendro de Joaquina y Antonio (en la imagen, al fondo, flores rosa fuerte), que guarda un secreto. Dentro del tronco, Antonio talló una mesa para el momento Martini. «Empezamos como sin querer, pero ahora no puede faltar el vermucito... Nosotras le damos mucho a la tijera en el jardín por la mañana, ¡y venga y dale! Y hace falta», cuenta Joaquina, que recuerda veranos a reventar de luz, niños y jardín. «A veces también estamos días sin vernos, pero estamos aquí. Lo sabemos sin que haga falta decirlo. En verano, en vacaciones, a veces empezamos a la una o a las dos. Solemos juntarnos en el jardín de Conchita [para más señas, la mesa es de mármol y fue un regalo del mítico bar Tomás de la calle Vizcaya, de A Coruña]. Yo traigo unos mejillones, Rosa unos boquerones, cada uno lo que tenga... y va pasando el día, merendamos y llegan a darnos las doce de la noche», dice Joaquina. «Es como en las bodas. ¡Al final tiramos el ramo de organizar la siguiente!», matiza Rosa. La confianza se extiende a sus familias. «Pero no de conocerse de vista, eh. Si viene alguien de mi familia merendamos todos juntos», dice. «A la boda de Adriana, la hija de Joaqui, allá nos fuimos todos -cuenta Rosa- . Tres días a Portugal». La casa de Málaga de Conchita y Antonio se abrió más de una vez a los vecinos. Y con ellos, Rosa y Fernando han llegado hasta Polonia. «Nos fuimos juntos a ver a nuestro hijo», que estaba allí estudiando, de Erasmus. Juntos han ido a Auschwitz (se entiende...de visita). La lealtad hace lazos más fuertes que el parentesco. «Los buenos vecinos son mejores que mucha familia», asegura Joaquina. ¡Brindemos por ellos!

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DOS VECINAS COMO HERMANAS

La que se avecina es una relación de vecindad muy especial. Ciudad: Viveiro. Olga Teijeiro Golpe (Barcelona, 1966) vive en un sexto piso desde hace 15 años. Sonia Varela Díaz (Lugo, 1974) en el primero desde hace 11. Mismo portal. Mismas vistas. Y una conexión personal más allá del ascensor y las escaleras. Los hijos (Ana y Yago, de Olga, y Alejandro, de Sonia) fueron el primer nexo después de una toma de contacto familiar en una reunión de la comunidad. «Me quedé mirando para una niña muy rubita», recuerda Sonia. «No teníamos tanta confianza al principio -añade Olga- y todo fue desde que nuestros niños empezaron a jugar juntos. Nos relacionaron más ellos, ¿entiendes? Al ser amigos, que si ‘subo o bajo a jugar mamá’ y ahí empezó todavía más. Luego que si toma un café, que si prueba esta comida que hice [...] Un día haciendo pescado subía Sonia y al decirme ‘¡qué buena pinta! le dije ‘Ai ho, toma un plato y ya cenáis’». Los intercambios gastronómicos se suceden entre ambos hogares. «El año pasado hice orejas y me acordé de Olga. Ella había hecho jabalí que tenía en el congelador y me dijo ‘Subid que tenemos jabalí.’ Todas son cosas que normalmente el otro no hace o no tiene», dice Sonia, añadiendo: «Ellos tienen chimenea y nosotros la tenemos ficticia». En la época del magosto las castañas se asan en el ático.

«Y tendrías que ver el desfile de modelos que tenemos en el ascensor», advierte Olga sonriente. «También», corrobora Sonia, en sintonía con su «vecinamiga». «Ni te lo imaginas, hasta en pijama. Nos mandamos un whatsapp y vamos tal cual estamos», aclara la primera.

Una le hace de niñera a la otra. Dicen que madre no hay más que una. Pues en este caso, dos. Y con servicio día y noche. «¿Te cuento una anécdota?», me pregunta Sonia levantándose de la mesa, abriendo un cajón y mostrándome dos tenedores. Uno es de Alejandro y otro de Yago, «el invitado estrella» en su casa. «Ana lo que ya puede hacer -matiza Olga- es de niñera de estos dos. Ya se tiene quedado con ellos, un día que nos fuimos al teatro». «¿Sabes la libertad que te da? Es que nosotros no tenemos familia aquí», valora. Zarza también se queda de mil amores en el primero con Sonia cuando los del sexto se marchan de vacaciones. Es la «tortuga del alma» de Yago, aclara Olga.

El buzón es otro gran invento, de intercambio, por ejemplo, de películas. A pie de puerta pueden aparecer tápers de regreso al dulce hogar y no, no es Cuarto Milenio. Otras, un fuet. Olga se encontró uno un día al llegar a casa. Y fuet Sonia, pensó. Era para Yago, que le encanta. «Luego le dejamos en su puerta el cordón vacío con una nota ‘Muchísimas gracias’», recuerda. Ellas se ven como hermanas, «para lo bueno y lo malo». Aquí, señores lectores, sí hay quien viva.

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VEINTE AÑOS DE AMISTAD

Esta es una gran amistad que comenzó hace 20 años en una cafetería de A Fonsagrada y se ha convertido en un fuerte lazo de unión entre dos familias que no tienen relación de parentesco. Ellos son María José Álvarez, José Ledo y su hijo David; e Isabel Lavandeira, José Antonio Carreira y su hijo Mario. Dos familias que residen en esta localidad de la montaña de Lugo. «Coñecémonos as casas á perfección e sabemos ben onde están as cousas», nos cuenta María José, quien añade que en casa de su confidente se encuentra igual que en la suya.

Todo empezó en un café, en el que María José e Isabel solían coincidir a la hora del descanso laboral. La primera, empleada en la ayuda a domicilio, y la segunda, extrabajadora en una oficina, se hicieron como hermanas. Se conocieron de solteras, pero juntas han vivido diferentes etapas vitales: sus enamoramientos, sus bodas, el nacimientos de sus niños, sus momentos más alegres, los más tristes... Siempre con un cariño y una confianza que consiguieron contagiar a sus parejas y a sus padres. «Coñecémonos solteiras e seguimos sendo como irmás. Sabemos todo a unha da outra. Ademais, os nosos homes lévanse moi ben e os nosos fillos conxenian perfectamente», dice María José. Los niños estudian en el mismo colegio y los separan dos años de diferencia. Además de salir y disfrutar de las vacaciones juntos, cuando es necesario, se quedan al cuidado y cargo de los respectivos hijos. «Cando faleceu miña avoa, deixei o neno na casa deles e cando o pai de Isabel estivo ingresado no hospital, Mario quedaba na nosa casa», comparte María José. Isabel sabe más de su vida, dice, que algunas personas de su familia. Un tesoro. ¡Arriba el vecindario!

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