Mónica Carrillo: «Mis sobrinos me han revolucionado la vida»

Vive con pasión su oficio de periodista y cada fin de semana desde Antena 3 nos cuenta las noticias con rigor y cercanía. Además, ha encontrado en la literatura su mejor contrapunto. Ganadora del último Premio Azorín por su nueva novela «La vida desnuda», Mónica conquista en las distancias cortas


Mónica Carrillo (Elche, 1970) es de tirar para adelante cuando vienen mal dadas y se confiesa discreta y reservada. Asume con naturalidad ser un personaje conocido por trabajar en televisión y por su faceta literaria, pero «las parcelas privadas de mi vida son solo mías», asegura. Optimista y disfrutona, no hace planes a largo plazo: «La felicidad son esos pequeños momentos del día que te llenan de alegría y de plenitud». Y confiesa: «Mis mayores miedos son las pérdidas». La novela arranca con una cita de Gabriel García Márquez sobre nuestras tres vidas: la vida pública, la vida privada y la vida secreta.

-¿Las tenemos todos?

-Sí, la vida pública es la que queremos mostrar y la que los otros perciben, que no necesariamente tiene que ir en sintonía, ya que uno no puede controlar la imagen que proyecta. Luego está la privada, a la que solo tiene acceso tu círculo más íntimo; y la secreta, la infranqueable donde solo entra quien uno decida. Esas tres piezas del puzle configuran nuestra figura más completa porque, aunque haya distintos tipos de secretos, todos los tenemos. Los secretos son cuestiones inconfesables, pero responden a otras muchas derivadas educacionales, de la ética, de presión social, presiones familiares, tabúes... La protagonista reflexiona mucho sobre esto y va quitando las capas a sus familiares. Va desnudando a su círculo íntimo hasta tal punto de que nada es lo que parecía.

-Y tú, ¿cómo llevas lo de tener una parte de tu vida tan visible debido a tu oficio de periodista y escritora?

-Yo siempre he sido muy reservada y discreta, es una prolongación de lo que yo soy desde niña. Sí es cierto que el gran salto lo di cuando empecé a trabajar en televisión y me hice conocida. El momento clave fue ser consciente de que había dejado el anonimato. Como todo en la vida, tiene sus cosas buenas y sus peajes. En mi caso, fue más una cuestión de tomar conciencia de que dejaba de ser anónima, para tener una parte de personaje público, pero solo una parte. La clave es asumirlo con naturalidad y punto. Eso sí, las parcelas privadas solo son mías, pero no es que haya puesto una barrera ahora, va en sintonía con lo que soy. No me siento cómoda y me da pudor hablar de cuestiones personales.

-Estos meses has estado informando sobre la pandemia. ¿Cómo has logrado mantener el tipo, sobre todo en las semanas más difíciles? ¿En algún momento te viniste abajo?

-Cuando no tienes opciones, no te queda otra que tirar para delante. Pero confieso que ha sido duro. Salir a trabajar con las calles vacías fue muy impactante. Había mucha tensión y tristeza en el ambiente. A mí me ha tocado ser transmisora de malas noticias, y eso ha sido lo nuevo. Por mi profesión es algo que hago habitualmente y, por ejemplo, recuerdo la dureza de tener que informar de los atentados de Barcelona, pero nunca había tenido que informar de una noticia de alcance tan prolongada en el tiempo y con tanta trascendencia internacional. Ha sido angustioso y sobrecogedor. Te confieso que me he desmoronado. Más de un fin de semana, cuando he llegado a casa, he tenido que soltar presión y desahogarme.

-Acabas de publicar «La vida desnuda», ¿no te parece que esta crisis nos ha dejado a todos «desnudos» y vulnerables?

-Desde luego. Se nos han visto las vergüenzas. El gran aprendizaje de esta crisis es tomar nota de que nos lo estaban advirtiendo y no hemos sabido reaccionar a tiempo. No hemos sabido ver el coronavirus. La otra reflexión que ha hecho mucha gente de esta dura experiencia es que lo esencial, los afectos, los besos, los abrazos, es lo importante. ¡Cómo lo hemos echado de menos!

-Dices en la novela que todos tenemos secretos. Pero hay algunos confesables y otros que permanecen ocultos siempre con nosotros. ¿No son los secretos, en la mayoría de las ocasiones, una carga demasiada pesada y que causan mucho sufrimiento?

-Depende del secreto. Hay historias que por prejuicios o miedos preferimos reservar y no contar jamás, eso le sucede a la tía Julia. Es cierto que a veces el secreto se hace tan grande que nos invade la culpa, la vergüenza o nos hace infelices.

-¿Cuánto de ti hay escondido entre estas páginas?

-No es una novela autobiográfica. Desde el principio, tuve claro que quería que fuera una historia coral y sobre todo que fuera creíble, que a los personajes te los creyeras, que los pudieras tocar, que fueran sólidos. Evidentemente, el prisma, el punto de vista desde el que veo la vida es el mío, por lo que en todos los personajes hay retazos y pinceladas de mí.

-¿A los personajes se les quiere y se les coge manía? ¿Cuál de ellos te ha atrapado?

-Se mantiene una relación especial con cada uno de ellos, porque todos han surgido de mí. Confieso que me ha fascinado la tía Julia, por encima de Gala, la protagonista. Su historia, su universo, me atrapó hasta tal punto que no podía dejar de escribir. Me parece un personaje apasionante.

-Tus personajes esconden secretos y además sus comportamientos, en ocasiones, son difíciles de justificar. ¿Te has vuelto más empática?

-¡Uf! No sé si más empática, pero aprendes a no juzgar, entiendes sus razones y sus conductas, aunque quizá yo hubiese obrado de otro modo. Comprendes sus secretos, aunque algunos son más justificables que otros. Descubres que todos cometemos errores y debemos pedir perdón y aprender a perdonar, porque somos personas.

-Dedicas esta historia a Álex y a Vega. «Por enseñarme nuevas formas de amar».

-Se la dedico a mis sobrinos, porque han revolucionado mi vida en el mejor de los sentidos. Convertirme en tía ha sido muy bonito y ellos me llenan de alegría e ilusión.

-En esta historia, las emociones están a flor de piel. ¿Te ha removido al escribirla?

-No me ha removido durante el proceso creativo, porque escribía a borbotones dejando que la historia fluyera. Pero, ya después repasando y releyendo, me emocioné bastante hasta el punto que solté alguna lágrima que otra. Me ha conmovido mucho.

-En la novela, también encontramos una búsqueda esperanzadora de la felicidad. Para ti, ¿es un estado casi inalcanzable o tú encuentras ratitos de felicidad en tu día a día?

-¡Claro! Porque la felicidad es el motor que nos mueve a todos y que anhelamos conseguir. Para mí, la felicidad son esos pequeños momentos que te llenan de alegría y de plenitud y los busco a diario. No soy de hacer planes a largo plazo. Aunque me cuesta un poco centrarme en el presente, me centro en el corto plazo.

-Y cuando echas la vista atrás, ¿qué recuerdos o imágenes aparecen de golpe?

-Regreso a mi niñez, a mi mundo familiar que me llena de alegría y del que guardo bonitos recuerdos. La verdad es que me siento feliz y plena con mi vida y mi carrera profesional. Mis mayores miedos son las pérdidas.

-Mónica Carrillo es...

-¡Uy! Una mujer optimista, que vive la complejidad de la vida desde la sencillez y la naturalidad. 

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