La suerte de trabajar en casa: «Probé a trabajar en otros sitios, pero como con la familia, nada»

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MARCOS MÍGUEZ

El restaurante Casa Che es un comedor tradicional que, al caer en las manos del nieto de la primera dueña, dio un vuelco a su cocina y le añadió un sabor exótico a los platos de siempre. La madre de Óscar, el heredero, después de 86 años trabajando ahí, se sienta a degustar las elaboraciones de su hijo

02 ago 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando entras al restaurante Casa Che por primera vez es difícil imaginarse que este pueda tener más de 70 años de historia. En la localidad de Oza-Cesuras se encuentra este comedor con apariencia moderna y carta exótica que parece nuevo para quienes no son de la zona o no conocen a la familia. El negocio era de la abuela de Óscar, sin embargo, el nieto no tomó el relevo familiar hasta que cumplió los 46. De joven había trabajado como camarero ayudando a sus padres en el local, pero no era algo que le apasionara: «No me gustaba nada trabajar en el restaurante, lo hacía obligado». Él nació con trabajo, pero prefirió investigar por otros lados antes de centrarse en Casa Che.

Óscar decidió irse fuera para estudiar cocina. Ahí conoció a su socia, Marga, entre platos y sartenes. Pero esta etapa fue necesaria para que Casa Che diera un giro de 180 grados y se convirtiera en lo que es ahora: un restaurante de cocina fusión. En paralelo, el cocinero cuenta que su madre esperaba impaciente que su hijo volviera a casa: «Con 86 años fue tirando hasta que yo, por fin, me decidí a tomar las riendas». Hubiera sido una pena que desde 1953 Casa Che echara el cierre tras todo un legado familiar. La madre y el hijo no se cansan de hacer memoria y conmemorar a la abuela, que hace tantos años fue la primera mujer soltera de la zona en abrir un negocio: «Primero fue una panadería y luego una taberna, que a día de hoy es una casa de comidas».

Che era el abuelo

El fin de la pandemia hizo posible que el restaurante recuperara la vitalidad de antes. Fue entonces cuando Óscar y Marga se pusieron manos a la obra e hicieron una remodelación del lugar de arriba abajo. Juntos hicieron la reforma y una reedición de la carta. El menú tomó un sabor más exótico pero con los productos de denominación de origen de siempre (algo así como unas gyozas de lubina).

Los socios, por fin, le pusieron señalización al local. «Fueron los propios clientes quienes le dieron nombre a aquel lugar, porque literalmente era la casa de Che, mi abuelo», añade Óscar. Ahora, el cartel de la puerta confirma su ubicación. Así, aunque sus clientes sean los de siempre, también abren la puerta a los nuevos.

Con todo esto, madre e hijo intercambiaron los roles. La excocinera ahora puede cambiar el delantal por la servilleta y sentarse a comer. «Rejuveneció, ahora es la relaciones públicas del restaurante», confiesa Óscar.