Núria Jorba, sexóloga: «La pareja debe ser capaz de distinguir cuatro roles»

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«El rol de amante es el que más desaparece en la convivencia, que genera unas desigualdades brutales», advierte esta terapeuta, que defiende «al 300 %» el modelo «living apart together»

11 dic 2024 . Actualizado a las 16:47 h.

Tenemos muy asumido «que el amor de pareja se refleja a través del compromiso, del compromiso social», advierte Núria Jorba, psicóloga, sexóloga y autora de Parejas imperfectas y felices, que sostiene que el modelo de relación que más fracasos cuenta es «el amor ‘para toda la vida'», el que funciona, sí... pero de cara a la galería. «Pero la felicidad de la pareja, la implicación emocional, no tiene nada que ver con ese compromiso social», afirma Jorba.

—En torno a 8% de las parejas en España viven separadas. ¿Va en aumento este modelo de relación?

—Es un modelo que va en aumento y que yo defiendo al 300?%. Gran parte de los jóvenes no se plantean convivir. Hay varios motivos: el primero, porque vienen de padres separados, donde han visto que el gran conflicto de la relación fue la convivencia. Han asociado la idea de compromiso y convivencia con dificultades y problemas.

—¿Por qué trae, en muchos casos, problemas y rupturas la convivencia?

—Para hablar de la convivencia, primero hay que ir a la esencia de la pareja. ¿La pareja cómo se conoce? Con la idea de complementariedad emocional y física. Esto no es suficiente. La pareja se tiene que trabajar. Una pareja, para que la convivencia sea buena, tiene que aprender a generar acuerdos, a poner sobre la mesa: ¿cómo haremos con la economía, con el cuidado de los hijos, con las tareas de la casa? Si no lo hablamos, follón.

—Antiguamente, «funcionaba»...

—Antiguamente, los roles estaban muy definidos. La mujer tenía uno y el hombre otro. Hoy tenemos que definirlos y acordarlos todos. Y lo que veo hoy en consulta, en general, es que a la mujer se le sigue manteniendo el rol de cuidadora, pero la economía ya está dividida 50-50%. Las tareas domésticas no están así repartidas. Cuando la pareja se va a convivir, la mujer suele ser la que limpia, la que se ocupa del cuidado de los hijos en la primera etapa y ahí se genera una inercia que no cambia.

—Muchas veces la elección de «juntos pero cada uno en su casa» viene de una ruptura previa, de la decisión de dejar de planchar los pantalones del otro...

—Yo diría, más que los pantalones, las camisas. Hay una desigualdad real en las parejas. Y hay que hablar de esto.

—¿Por qué suelen romper las parejas que conviven?

—La mayoría o lo deja el hombre porque «el carácter de mi mujer es insufrible» o la mujer «porque ya no aguanto más». Muchas parejas conviven por necesidades económicas. Y convivir genera unos desacuerdos brutales. La pareja tiene que ser capaz de diferenciar los cuatro roles: ser amigos, compañeros de piso, pareja a nivel familia y amantes. Lo que suele pasar es que la parte de compañeros de piso se come el resto de los roles. Hace unos días traté a una pareja con una convivencia compleja porque él vive en una casa propiedad de ella: «Yo lo pago todo», «él no hace cosas de casa»... La convivencia en pareja lo que genera es desigualdad y dificultad para conectar.

 «Muchas parejas conviven por necesidades económicas. Y convivir genera unos desacuerdos brutales»

—¿Qué peros tiene una pareja LAT (que elige no convivir)?

—La dificultad económica. No todas las parejas se pueden permitir vivir separadas. Segundo reto, poder generar un proyecto de vida con hijos. Y la máxima complicación es el condicionamiento social: la crítica, el ser juzgado, las explicaciones que tienes que dar a los demás. Como les pasa a las parejas que no tienen hijos.

—¿Son más propensas las parejas que viven separadas a la infidelidad?

—Al contrario, hay menos infidelidad que en las parejas que conviven. Hoy, no se trata de tener espacio para ser infiel, puedes serlo si te da la gana a la hora de comer. Al ser pareja LAT, mi rol de amante se mantiene superbién, no necesito tenerlo con otra persona. Si convives, el rol de amante es el que más desaparece, entonces es el que necesitas más, y lo buscas fuera porque ya no lo hay en casa.

—¿Se puede aprender de un divorcio? 

—Por supuesto, porque el problema no es el divorcio, sino cómo gestionamos esa situación. La clave es la gestión, la gestión de la pareja y la gestión del divorcio por parte de los adultos en caso de que lo haya. Yo tengo parejas que se han separado y que siguen manteniendo espacios de familia y los niños están felices. La separación en sí no un problema, el problema es cómo la llevamos. Hay que enseñarlo en las escuelas, y no se enseñan estas competencias. Lo que veo en consulta es que muchas parejas tienen ganas de entenderse, pero no saben cómo. 

—¿Cómo lastra la relación la carga doméstica desigualmente repartida?

—No nos sentimos bien, nos sentimos saturados, no nos sentimos cuidados, estamos a la defensiva... y se pierde el rol de amante. «Si yo no me siento cuidado ni atendido, ¿qué ganas voy a tener de tener intimidad contigo? Hay momentos en que incluso te odio». 

—Ese pensamiento es más habitual en mujeres, ¿no?

—Sí, el deseo en las mujeres es más psicológico. En los hombres más físico, más visual, testosterona... La mujer, generalmente, lo primero que necesita es sentir conexión. Si no hay conexión, es difícil que haya intimidad. Y eso genera una bola.

—Manda la idea de que los hombres necesitan descargar con el sexo. ¿Todavía sigue triunfando el modelo macho empotrador y hembra cuidadora?

—Sí. Hace unos días hablaba con una pareja en la que él es policía. Y él me decía que veía machismo en el cuerpo: si una mujer está con dos chicos del cuerpo, malo. Si es el hombre el que está con varias es el rey del mambo. Esto sigue existiendo, y esas ideas y dinámicas sociales afectan a esos roles de convivencia, que condicionan el reparto de la carga doméstica y mental. Esto hace la convivencia inviable. Si educaran a los hombres para implicarse y a las mujeres para poner límites, la convivencia sería distinta. No puede verse el agotamiento femenino como un problema de las mujeres en el que los hombres no tienen nada que decir o hacer. Sigue estando ahí el repertorio de preguntas: «¿Qué hago?», «¿En qué te ayudo?», «¿Hace falta ir al súper?»

—A las preguntas que uno podría resolver por sí solo, se suma la observación pasiva: «No hay nada en la nevera».

—Y si la persona que suele asumir esa carga no pone límites, la inercia es invencible. Por ejemplo, si la distribución de las tareas en casa no es 50-50%, hablemos de economía.

—Que pague más el que hace menos, ¿no?

—Hay parejas que deciden organizarse de esta manera: yo no trabajo fuera, me ocupo de todo en casa, y tú eres el que genera ingresos. No es que defienda este modelo, pero en muchas ocasiones es más equitativo que ese en que los dos trabajan fuera. Yo en todo caso animo a las parejas a sentarse papel y bolígrafo en mano para organizar la limpieza de casa, compra, cuidado de los niños, cumpleaños, regalos, eventos familiares... Esto es lo que se debería hacer. Y si no hay acuerdo, y económicamente nos lo podemos permitir, no hace falta convivir. Para ser pareja, no hace falta convivir. Una cosa es ser pareja, otra cosa es ser familia, y otra, convivir. Hay que diferenciarlo y valorar si lo queremos todo con una persona o no...

—¿No quererlo todo con alguien es menos amor?

—No, al contrario, muchas veces es más amor.