María Esclapez, psicóloga experta en parejas: «El miedo estrella es el miedo a la incertidumbre»

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«Hay una técnica muy fácil de explicar, pero difícil de aplicar, muy útil para gestionar un miedo intenso en el momento», dice María Esclapez, que después de varios libros sobre parejas da el salto al miedo, porque está detrás de muchas emociones

04 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Ser valiente, dice María Esclapez (Elche, 1990), psicóloga experta en terapia de parejas, no es no tener miedo, sino «ser capaz de enfrentarlo». «Atreverse a mirar dentro, y para eso hay que tener motivación, y las ganas vienen un poco de esa valentía, de decir ‘es el momento, voy a pedir ayuda, porque hay algo que me está condicionando y no quiero que lo haga'», explica la autora de Me quiero, te quiero o Tú eres mi lugar seguro, que se ha convertido en un referente en materia de relaciones sanas. La línea roja en el miedo habría que situarla, asegura, cuando este nos genera tal malestar que nos impide llevar nuestro día a día. 

—Has escrito sobre las relaciones de pareja, una novela, y ahora del miedo... ¿Qué te ha llevado a este cambio de registro?

—Realmente, no es que me haya levantado un día y haya dicho: «Voy a hablar del miedo», que me parece maravilloso, no. En mis anteriores libros, hemos hablado de relaciones tóxicas, sanas, de apegos, de heridas emocionales, de rupturas... Pero cuando hablamos de relaciones tóxicas, de dependencia emocional, detrás hay una emoción que no estamos viendo, que es el miedo. Detrás de los apegos, también. Porque nacemos con un apego por determinar, y según cómo lo vayamos trabajando, las cosas que nos vayan pasando, por supuesto también hay factores biológicos, vamos a determinar si será seguro, evasivo, desorganizado... Al final, estamos hablando de la amígdala, que es como la torre de control de las emociones, donde el miedo juega un papel importante, porque no es cuántas veces se active esa amígdala, sino las que se desactiva. Un niño puede tener miedo muchas veces, pero si el papá o la mamá, o quien sea, le corregula bien esa emoción, se calma, no tiene por qué generar ningún tipo de apego inseguro, al contrario. En definitiva, era irremediable hablar del miedo.

 —Nos han contado desde pequeños que es malo...

—O cuando nos dicen: «No tengas miedo, tienes que ser valiente». Es que ser valiente no implica no tener miedo, implica tenerlo y superarlo o afrontarlo. Pero el miedo va a estar ahí. Es una emoción inherente al ser humano, la asignatura troncal, a partir de ahí surgen otras situaciones. Entonces, necesitamos una educación que nos enseñe a gestionar emociones, saber que están ahí, y que es normal sentirlas, no lanzar mensajes de «no tengas miedo», «no te enfades», «no llores»...

 —Porque no es malo...

—No es malo, de hecho, es necesario porque tiene una utilidad, que tiene que ver con el procesamiento que hace el cerebro de la situación que está visualizando o imaginando, o sea, un peligro real o imaginario. Lo que es «malo», incapacitante, es cuando genera un malestar que condiciona tu vida laboral, sentimental... te impide llevar tu día a día con normalidad. Ahí tenemos que empezar a trabajarlo. Pero entendemos que gestionar emociones es hacer muchas cosas con ellas hasta que desaparecen, y a veces van a desaparecer, y otras, no. Es aprender a convivir con ese malestar hasta que la emoción desaparece por sí sola. Cuando hablamos de trastorno ya se complica un poco más. Con la ansiedad, por ejemplo, también hablamos de aceptación.

 —Dices que nos protege, porque nos alerta ante posibles amenazas, ¿no?

—Claro, nos protege en ese sentido. Ya sea real o imaginario. La mente está «diseñada» para sobrevivir, no para ser felices. Y no es malo porque, de alguna manera, la idea es que no nos estemos exponiendo constantemente a peligros sin ser conscientes, ahí está el miedo para decirnos: «Eso es un peligro o puede serlo». De ahí, lo de real o imaginario, porque puede serlo a futuro. Pero el miedo también aparece en retrospectiva, por ejemplo, en forma de rumiación, de culpa... Tiene muchos disfraces y hay que saber interpretarlos para que no nos condicione y no nos genere ese malestar. No solo hay que verlo como una respuesta emocional ante una fobia, el miedo a volar, o a las cucarachas, también está detrás de una baja autoestima, de los conflictos, del síndrome del impostor, de muchas cosas del día a día, que no somos conscientes.

 —¿El miedo es positivo en todas las circunstancias o hay momentos en los que es mejor ignorarlo?

—A veces tiene una utilidad, y sabemos cuál es, pero otras no, está ahí por cosas imaginarias, y podemos hablar de pensamientos intrusivos. Son automáticos, muy negativos, a veces aparecen en forma de imágenes nítidas, y casi siempre, por no decir siempre, no tienen absolutamente nada que ver con los valores o creencias de la persona que los está teniendo, viviendo o pensando. Pero están ahí y son fruto de esa ansiedad. Cuando aparecen son muy frustrantes, porque no aportan nada, se pueden aplicar muchas estrategias para entender que no está siendo útil, y una de ellas es ignorarlo, apartarlo para que no nos condicione. Pero antes de hacer todo eso, hay que entender que es un pensamiento intrusivo, que no tiene nada que ver con lo que tú eres o piensas, porque muchas veces parte del problema es que generamos miedo al miedo. Ya no es tanto el miedo que estoy sintiendo, sino lo que yo estoy percibiendo de lo que estoy sintiendo.

 —¿Cuál es el miedo más común que nos paraliza sin darnos cuenta?

—El miedo a la incertidumbre es el miedo estrella. Tenemos muchas ganas de saber lo que va a pasar en el futuro, sobre todo, con esas preocupaciones que surgen ya sea por problemas grandes o pequeños, y es cuando aparecen los isis. ¿Y si pasa esto? ¿Y si pasa esto otro? Es complicado. Cada problema es un mundo y cada historia tiene su entramado detrás. Pero, aunque tiene muchos disfraces, una vez que pillas de qué va la historia, aprendes a identificarlo rápido, y el problema ya no te parece tan grande, ni la preocupación... Esto ayuda a ver las cosas de diferente manera.

 —Hablas de disfraces, ¿de qué manera puede dar la cara que jamás lo relacionaríamos?

—Quizás en los conflictos, ya sean de pareja, de amistad, de familia... porque al final los asociamos con la ira, que es lo que más se ve, pero en muchísimas ocasiones son una respuesta al miedo. Entiendo que esa persona me está dando una opinión contraria a la mía, eso atenta contra mí, lo percibo como una amenaza, activo la ira para defenderme, ya sea a través de palabras, de límites... Ojo, que la ira no es pegar gritos como locos y dar portazos. Perfectamente, puede ser una conversación en la que se ponen límites de una manera clara, madura y adulta, en la que hay un enfado, pero también está el miedo, aunque no lo estamos viendo. No es incapacitante, desde luego, pero cuando esos problemas se enquistan, cuando hay heridas emocionales que se activan, cuando los conflictos parecen irresolubles... detrás hay un miedo que tenemos que trabajar, para ver de qué manera se está activando, por qué, qué pasa cuando se activa...

 —¿Existe alguna técnica rápida para gestionar un miedo en el momento?

—Te voy a decir una, pero es muy difícil de aplicar, aunque es fácil de explicar. Se llama intención paradójica. Es una herramienta muy potente, pero es difícil de aplicar, porque implica mentalmente enfrentarte a ese miedo.

 —¿En qué consiste?

—Un ejemplo, cuando queremos dormirnos, pero no podemos dormirnos porque queremos dormirnos. Es como «ah, que hay que dormirse, ¿por qué? ¿Que hay algún peligro? Pues no me voy a dormir». Esa misma interpretación de querer dormirse, el cerebro la recibe como una amenaza y activa el sistema nervioso autónomo. Si aplicamos esta técnica, decimos: «Bueno, pues no duermo, o si duermo tres horas es lo que me llevo», «si no duermo nunca más, pues tampoco pasa nada», desafiamos ese miedo. No es que tú no quieras dormir nunca más, sino que es una manera de convencer al cerebro, de hackearlo, para que entienda que eso no es un peligro y que no pasa nada si no dormimos nunca más, aunque, evidentemente, no queremos no dormir. Suena muy mágico, pero hay un trabajo gordo de exposición mental. Y no siempre todo se trabaja con esto. Esto es una herramienta, no podemos ser reduccionistas, hay otras muchas, incluso que aportan más que esta, según qué situación.

—¿A veces sentimos miedo, aunque no haya un peligro real?

—Son los miedos irracionales, algo que tú sabes que no ha pasado, ni tiene que pasar, pero, aun así, estás dale que te pego dándole vueltas. Sucede porque procesamos la información en lo que conocemos como cerebro racional, digamos que la emoción toma un camino diferente, pasa por las áreas corticales, que son las que se encargan de darle lógica. No es acción-reacción, de hay un incendio, pues corro, porque esto es un peligro real, sino que hay un procesamiento detrás, y nos invita a generar ese miedo ante lo que estamos visualizando imaginariamente.

 —¿Cuál es el primer paso para convertir el miedo en poder?

—Muchas veces tenemos miedo al miedo, nos da miedo ver lo que hay dentro de nosotros, pensamos: «¿Cómo que voy a buscar yo de dónde vienen mis miedos?». Porque implica remover en el pasado, probablemente, cosas que te resultan desagradables, por eso el trabajo de terapia es tan difícil. No por la solución en sí, sino porque toca buscar y rebuscar, y te vas removido. Muchas veces rechazamos un poco esa idea porque no nos apetece generar más malestar, cosa comprensible 100 %. Pero, al final, ese malestar con un buen terapeuta tiene un sentido, y es que puedes dominar esas emociones que aparecen en ti. Dominar no quiere decir que desaparezcan, quiere decir que las conoces y las aceptas. Para eso hay que tener motivación, y las ganas vienen de esa valentía, de decir «voy a pedir ayuda, necesito mirar dentro, porque hay algo que me está condicionando y no quiero que lo haga».

 —¿Cómo ha cambiado tu relación con el miedo desde que escribiste sobre él?

—Yo tengo ansiedad, que es parte de este miedo también desde hace ya muchos años, y a veces tiene una forma, y otras, otra, y durante todo este tiempo he aprendido a convivir con ella. Esto no quiere decir que viva con ansiedad al 100 % todos los días, porque no se podría. A veces tengo más picos, otras veces tengo menos, y cuando los tengo, intento salir del bucle. Yo he hecho un trabajo a lo largo de mi vida, en el cual he hecho las paces conmigo misma, con ese miedo, y he tenido que hacer una introspección brutal, no solo en terapia, también a través de lecturas, en la carrera, en el máster... Ha sido un viaje muy intenso, pero brutal. No es que haya conseguido vivir sin miedo, porque está ahí, y va a aparecer y desaparecer como desee, pero he conseguido manejar la ansiedad, sé qué estrategias usar, y cuando no recuerdo ninguna, porque estoy dentro del bucle, un recurso que me resulta muy útil es hablar con personas que no estén en ese bucle: mi pareja, mi familia, mi terapeuta...