José Luis San Miguel de Pablos, doctor en Filosofía: «Una mente informática no se entera de nada. Un robot humanoide es como los hombres de gris de Momo»

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El profesor y geólogo José Luis San Miguel de Pablos.
El profesor y geólogo José Luis San Miguel de Pablos.

«En Galicia tenéis anclaje en la tierra para coger impulso ante la IA», considera el autor de «Desvelando la inteligencia artificial», que tiene claro que «la consciencia no es ni será nunca algoritmo». Ya hay bodas entre persona y robot. ¿Qué futuro depara la «IAmanía»?

09 may 2025 . Actualizado a las 13:24 h.

No es inteligencia esa que va tan feliz y compuesta del brazo del adjetivo artificial, la que ha empezado a hacer operaciones médicas, seleccionar al candidato idóneo como CEO de una empresa y oficiar bodas entre humanos y robots. Así lo advierte el geólogo y doctor en Filosofía José Luis San Miguel de Pablos, que fue profesor en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, abraza la Biografía del silencio, de Pablo D’Ors nieto de Eugenio d’Ors —que ha ayudado a adelgazar el ego de más de 50.000 lectores mediante esos bienes inmateriales escasos, silencio y la meditación— y es autor, entre otros libros que se enfrentan al pensamiento dominante, de Filosofía de la Naturaleza, La rebelión de la consciencia y Oikoi: Mundos sagrados. El más reciente, Desvelando la inteligencia artificial. La consciencia no es algoritmo.

—¿Qué tiene la inteligencia artificial que hace que vivamos un tiempo que considera anormal?

—Fundamentalmente, es el enfoque que se le está dando. Sobre todo, esa tendencia a presentarla de formas humanizadas, mediante conversaciones, nombres propios... Es algo que crea gran confusión. Una amiga hace poco me decía que era difícil que, al hablar con una inteligencia artificial, creyeses estar conversando con una persona real. Pero parece que en China y en Japón ha habido ya matrimonios de una persona con un robot. Esto es peligroso. Si entendemos a la persona como ser consciente, estas imitaciones artificiales van a hacer que algunos sean incapaces de distinguir una persona real de un robot. Es distópico, pero puede llegar a pasar. De hecho, está pasando ya, y algunos lo han anticipado en películas.

—¿Frivolizamos e idealizamos los avances de la tecnología, que genera una realidad que se parece más a la de «Black Mirror»?

—A veces se da una visión muy ligera, hasta simpática. Un ejemplo es La guerra de los mundos. También se presenta como encantador a Dumbo, un elefante que vuela con las orejas. Está muy bien, pero sabemos que los elefantes no pueden volar con las orejas... El problema es que estas imitaciones de seres humanos pueden favorecer un aislamiento de cada uno con su propio ego [al modo Her], una soledad profunda debido a está tecnificación absoluta de nuestro entorno.

—¿Viviremos, o vivimos ya, una epidemia de soledad no deseada? Japón e Inglaterra crearon hace años un ministerio para combatir la soledad...

—Por esa tecnificación y también en parte por el individualismo que nos caracteriza como sociedad. No se promueve la empatía, sino todo lo contrario, la no empatía. Y esta es una característica del capitalismo en su forma extrema. Él ha traído este tipo de tecnología... Dime... ¿Quiénes son los más ricos de los ricos?

—¿Los gigantes y gurús tecnológicos?

—Los gigantes tecnológicos, los empresarios metidos en el negocio de la inteligencia artificial, como Elon Musk, que preocupa especialmente, porque es un tipo implacable y carente de ética.

—¿Es posible una ética ante esta avalancha de inteligencias artificiales?

—El asunto es si hay una voluntad más allá de lo económico, de ganar dinero. El problema es que parece haber incluso un deseo de deshumanizar al ser humano para hacerlo más manipulable, y mercantilizarlo.

—Pero las inteligencias artificiales operan como médicos, nos permiten comunicarnos, tienen ventajas...

—Claro. Tienen grandes ventajas. Hay dos corrientes que pueden aclarar mucho sobre la naturaleza de la inteligencia artificial. Son las tradiciones védicas del Vedanta y el Samkhya, que desmantelan la idea de que todo puede ser reducido a algoritmos. La mente que resuelve problemas lógicos, como los que puede resolver la inteligencia artificial con un nivel de precisión y profundidad asombrosos, tiene un paralelismo muy grande con los ordenadores y la informática, pero esto claro que no lo es todo. No se trata de procesos conscientes, como ocurre con lo humano, son solo un paso a paso que tiene mucho que ver con la programación, pero nada con la consciencia. ¿Qué quiere eso decir? Que una mente informática no se entera de nada. Un algoritmo es solo una secuencia de operaciones, o todo el plan que se sigue para fabricar algo o, por ejemplo, para hacer una carretera. Ese paso a paso, cumplir una serie de etapas para llegar a algo, es un algoritmo.

—¿Y eso no tiene que ver con la inteligencia humana?

—La inteligencia es la inteligencia que tenga el ingeniero de Caminos que haga la carretera. La inteligencia de esa persona es humana, pero el paso a paso para la realización de la carretera es algo mecánico. La máquina no se entera de nada.

—¿Podemos ver la inteligencia artificial como una versión «light» o mutilada de la inteligencia?

—No. No es inteligencia. La expresión inteligencia artificial no es acertada. La palabra inteligencia para este caso no va bien. Si fuera pensamiento deshumanizado artificial, sería correcto. O bien pensamiento algorítmico artificial, esta expresión es perfecta. La consciencia no es, y nunca podrá ser, un algoritmo. La consciencia pura de la que hablan diversas corrientes hinduistas es una especie de luz, luz de ser. Es el espacio luminoso de la subjetividad pura, que en las tradiciones hindúes se llama consciencia pura y que se considera (sé que es fuerte lo que voy a decir) de naturaleza idéntica a la divinidad. Los tecnólogos son materialistas puros. Lo previo es esa imposición dogmática del materialismo filosófico, que se ha convertido en una especie de religión oficial, que ha venido en respuesta a los concilios del catolicismo o las proclamas de los líderes del protestantismo.

«Cómo se calma la mente lo explica bien Pablo D’Ors»

—¿Tienen que ver las enfermedades del alma, y de la mente, con un exceso de tecnificación de la vida?

—Hay que dejar que la mente pare un poco, que se tranquilice. Pero eso no es sencillo en una mente enferma. Cómo se calma la mente lo explica bien Pablo D’Ors en un libro que tiene sobre la meditación, Biografía del silencio. La persona que consigue acercarse a un silencio mental mejora. Algunos psiquiatras van por ahí, hay corrientes de psiquiatría y psicología que plantean el meditar para lograr un silencio mental como una terapia. Es más que una terapia. Hay un sustrato de la mente que no sufre, porque solo contempla. El malestar y el bienestar. Cualquier experiencia patológica y sana, todas. Pero estamos inmersos en la dinámica de un sistema socioeconómico y laboral que esto lo dificulta. Algo te va machacando para que no medites, para que no veas tu esencia.

—¿«La IAmanía» lo domina todo?

—La «IAmanía» está siendo una herramienta práctica que se usa para oscurecer la mente de las personas. Yo me temo que hay una estrategia de oscurecimiento. Hay que dejar claro que esas imitaciones de seres de tipo artificiales no son reales. Como decía un filósofo francés del siglo pasado, si una persona es capaz de mirar a los ojos de otra no la puede matar. Este es un fundamento antropológico profundo de la conexión entre unos y otros. Me acuerdo del gran Michael Ende, que escribió una novelita estupenda que se considera infantil, como infantil se ve El Principito. Pero algunas obras infantiles son los tratados de filosofía profunda y vivencial más grandes que se han escrito. Por ejemplo, Momo. En El Principito tenemos esa gran frase del zorro: «Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». En Momo, la niña se atreve a enfrentarse a uno de esos hombres de gris que tratan de oscurecer el mundo, que tratan de llevar a todo el mundo a un reguero de deshumanización. Momo, que quiere amar a todo el mundo, dice: «Estos hombres de gris qué solos están... Deben de sufrir mucho». A Momo le pasa una cosa cuando mira a los ojos a ese hombre de gris, lo que ve es un abismo sin fondo. Detrás de esos ojos no hay nada, nada en absoluto. Eso es lo que pasa con un robot. Una inteligencia artificial humanoide sería como los hombres de negro que persiguen a Momo. ¿Qué vería alguien al mirar a los ojos del robot con el que se casa? Un vacío inmenso.

—¿Cómo seguiste este camino de aprendizaje al margen de las tendencias sociales dominantes?

—Yo he tenido una vida peculiar, con una madre que era una espiritualista típica. He divagado, me he extraviado mucho y en un momento en que ya era mayor me di cuenta de qué es fundamental. He tenido la suerte de haber conocido a personas conectadas con filosofías que tienen tradición milenaria en la India. Para mí ha sido un proceso tardío. Ser un erudito no es para mí una meta deseable. Hay gente que sin grandes conocimientos es sabia. Quedan pueblos en los que aún hay una experiencia de conexión con la naturaleza, que saben lo que es comunicarse. En la vieja Europa, sobre todo en los países celtas, quedan hombres y, sobre todo, mujeres sabias, que no fueron colonizadas por el dogmatismo de la religión oficial. Tenemos la fachada occidental extrema, desde Irlanda a Galicia, Asturias, Gales... Ahí, en Galicia, hay un anclaje para coger impulso y revivir ante el dominio de la IA, para que sus vocecitas no nos coman la cabeza.

Cómo se calma la mente, y el ego, lo explica bien Pablo D’Ors”