Carmen Corazzini, criminóloga y presentadora del tiempo: «El sufrimiento nos puede transformar en mejores personas o en monstruos»

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«Yo temería más a la persona malvada que a la que hace el mal», dice Corazzini, que se adentra en la mente de los asesinos más despiadados y nos descubre qué rasgo de la personalidad nos dice que estamos ante un psicópata
14 may 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Muchos visualizamos a Carmen Corazzini con un mapa de España detrás, informando del tiempo en Mediaset. Y algunos recuerdan que hace unos años, a pesar de su discreción, saltó a la crónica social como el gran amor de Aless Lecquio. Pero lo que pocos conocían era su faceta como criminóloga, que es posterior a la de meteoróloga. Acaba de publicar Personas, bestias (RBA), donde se mete en la mente de los asesinos más crueles de nuestro país para mostrarnos lo más deplorable del ser humano.
—El apagón hubiera sido un buen escenario de novela para unos cuantos crímenes, ¿no?
—Bueno, es que de hecho a mí me daba un poco de miedo y tenía esa preocupación, porque algo así pasó en el apagón de Nueva York. El primer día no ocurrió nada, a partir del segundo ya hubo saqueos en tiendas y supermercados, pero a partir del tercero, como no había luz ni la posibilidad de llamar a la policía, empezó a haber agresiones sexuales, robos... de todo. O sea que sí, sí, un apagón es el escenario distópico perfecto para una película o una novela de este tipo.
—Descubrir que eres criminóloga resultó una sorpresa. ¿Te lo dicen?
—Sí, es verdad, porque a fin de cuentas yo llevo más años dando el tiempo que en el mundo de la criminología. Al principio fue un poco shock, porque además paso de la información más blanca y pura, que es la meteorología, a la más oscura, que es la crónica negra.
—En «Personas, bestias» quisiste entrar en la mente de diez de los asesinos más crueles de España, y abordas a José Bretón. ¿Qué opinas de «El odio»?
—A nivel de investigación hay que hablar con el asesino, porque nos ayuda a trazar perfiles y códigos de conducta, o sea, que dentro del mundo de la criminología, la entrevista con el asesino es parte de la investigación. De entrevistas de periodistas a asesinos hay un montón de ejemplos, pero yo creo que aquí lo importante es el enfoque. Si el enfoque se queda en una mera verborrea criminal donde el asesino aprovecha ese escaparate para seguir desplegando su ego, entonces yo lo veo poco ético. Pero si tiene un objetivo investigativo, divulgativo, o tiene algo más que aportar, si se hace con elegancia, con delicadeza y con el beneplácito de los afectados, porque en este caso tengo entendido que ni siquiera se avisó a Ruth [la madre de los niños asesinados] de que se publicaría, lo veo bien.
—¿Qué asesino te marcó más?
—Creo que Patrick Nogueira. Es un caso muy especial, por la frialdad del criminal y la forma en la que cometió esos asesinatos, que los estuvo narrando en directo a un amigo en Brasil por WhatsApp. Y sobre todo por su cerebro, porque a nivel investigativo es una pieza muy relevante para comprender cómo funciona la psicopatía y hasta qué punto una anomalía cerebral puede marcar nuestra conducta o predisponernos hacia ciertas desviaciones. En este caso hablábamos de la primera vez en España que se mostraba la imagen de un cerebro como prueba de descargo. [Nogueira asesinó a los tíos y primos que lo habían acogido].
—¿Con la maldad se nace o se hace?, ¿existe como opción o es producto de un problema o de una disfunción?
—La mayoría de las veces hablamos de criminales que se hacen a lo largo del tiempo, es el ambiente el que los moldea, pero también nos podemos topar con individuos que verdaderamente nacen ya con algo dentro que los convierte en proclives a la criminalidad. Hablo, por ejemplo, del psicópata puro, que nace así. Y además una psicopatía pura ni siquiera se puede tratar de momento. No significa que todo el que nace con algún tipo de psicopatía, porque en psicopatía hay psicópatas puros y psicópatas integrados, vaya necesariamente a hacer el mal. Pero el psicópata puro es muy probable que sí, porque no siente arrepentimiento, ni culpa, ni ningún tipo de empatía. Es como si tuviese el cerebro programado para el mal. De hecho, el neurocientífico Adrian Raine lo llamaba el cerebro frío, porque es incapaz de sentir sentimientos por el resto.
—Pero el integrado tiene un peligro que es precisamente ese, que está integrado entre nosotros, en casa, en el trabajo...
—Sí, están entre nosotros. Los hay de diversos tipos y grados, pero principalmente son aquellas personas que comparten algunos rasgos característicos del psicópata, que son ese narcisismo, el egoísmo y el utilitarismo, es decir, que utilizan a las personas en su propio beneficio. Y más allá del egocentrismo, piensan únicamente en su propio bienestar. Pueden llegar a ser un peligro para los demás, porque no sienten empatía, ni culpa, ni arrepentimiento. En función del grado, estas personas pueden hacernos la vida imposible. Y según la mayoría de los estudios, hay un mayor porcentaje de psicópatas integrados entre los altos cargos y en las altas esferas.
—¿Hay mucho rasgo psicopático que no detectamos a nuestro alrededor? ¿Qué nos puede poner sobre la pista?
—Lo principal siempre es la empatía y la frialdad, un indicativo es que son personas realmente incapaces de ponerse en la piel del otro. Los psicópatas son personas que no pueden mantener relaciones de verdad, porque no llegan nunca a adentrarse en el yo interior de la persona que tienen delante, ni a ser desinteresados con respecto a sus relaciones.
—¿En muchos casos el perfil de los peores asesinos es el de alguien que sufrió una experiencia traumática?
—En muchas ocasiones hablamos de personas que, de forma justificada o no, sí han sentido dolor. Dentro de la mayoría de los crímenes encontramos unos patrones muy similares, que son el ego, la ira, el placer y el dolor también, el sufrimiento. A veces no le damos la importancia que tiene al sufrimiento en su capacidad de transformarnos, tanto en mejores personas como en bestias o monstruos.
—Describes al Chicle como un depredador sexual cercano al sadismo. ¿Su perfil es el del clásico violador reincidente o va más allá?
—El Chicle cumple con las características del violador reincidente en muchos sentidos, que es una persona con una leve capacidad de manejo de la emoción y muy infantil en el sentido de la madurez emocional. Además era un tipo que trapicheaba, que se metía en problemas, muy egoísta, muy egocéntrico... Y volvió a intentarlo con otra mujer. Es cierto que se añade el hecho de que escondiese durante tanto tiempo el cuerpo en un pozo, pero esto se explica simplemente por ese egoísmo extremo de no querer ser pillado a toda costa. No creo que sea un ejercicio tanto de ensañamiento como de no querer que lo descubrieran.
—El interrogatorio fue clave para que acabara confesando. ¿Un psicópata cuando es puro se desmorona así?
—Al psicópata se le pilla sobre todo por un PCL-R, que es un test donde, en función de la puntuación, se sabe qué grado de psicopatía tiene esa persona. En el caso del Chicle, no era un psicópata. Eso nos da a entender que en el fondo no hace falta tener una cabeza diferente para cometer crímenes atroces que cualquier persona puede llegar a hacer. Porque uno se imagina al típico monstruo, pero no, es que a cualquier persona en función de las circunstancias se le puede ir de las manos. En el libro pongo el ejemplo de los hijos, porque si tus hijos estuviesen en peligro y la única manera de salvarlos fuera matando a la persona que les está intentando hacer daño, yo apuesto a que lo harías. En el fondo, somos seres duales, tenemos dentro de nosotros la capacidad de hacer el bien y el mal.
—Ahora que hablas de los hijos, en el libro incluyes el crimen de Asunta. ¿Qué marca más la crueldad, la relación entre el asesino y la víctima o la brutalidad del asesinato en sí?
—El punto de la relación entre víctima y asesino en este caso lo convierte en un crimen todavía más grave, porque ellos la adoptaron, y se ve como una especie de instrumentalización y un capricho por parte de los padres que de repente deciden serlo y de repente ya no quieren, es tremendo. Los crímenes que se relacionan con padres e hijos, de cualquiera tipo, es decir, tanto infanticidios como lo contrario, parricidios, son algunas de las mayores muestras de maldad que nos podemos encontrar.
—¿Quién es más asesino, el que mata o el que pide hacerlo?
—Depende. En el caso de Maje [que convenció a su amante, Salva, de que matara a su marido], Salva ha sido el autor material del crimen y evidentemente merece la cárcel, pero el perfil de Maje es más preocupante. Yo apuesto a que Salva sí que se arrepiente y que, de no haber conocido a Maje, no se habría convertido en un criminal; pero Maje sí, Maje es la criminal antes que Salva.
—¿Qué diferencia a una persona malvada de otra que hace el mal?
—Yo temería más a la persona malvada que a la persona que hace el mal. La que hace el mal es susceptible de cambiar, será más sencillo que se retracte o que se reinserte, pero la persona malvada es más difícil. El ejemplo de persona malvada es el psicópata puro.
—Los integrados igual no matan, pero también pueden hacer mucho daño.
—Claro, es que la maldad tiene muchas formas, no necesariamente es un crimen. La maldad está en los gestos. La maldad está en las decisiones que tomamos, está incluso en lo que callamos, en lo que decimos. La maldad convive con nosotros.
—Dices que el terrorismo es una decisión racional, ¿incluso el fanático?
—Sí, porque más del 95 % de las veces son decisiones racionales, porque son personas a las que les han lavado el cerebro o que se han lavado el cerebro a sí mismas. Es decir, ellos toman realmente una decisión racional, barajan las posibilidades y justifican el mal porque creen que ese camino es el único para conseguir sus objetivos.
—¿El crimen que dio nombre a tu libro es el de Ana Julia Quezada?
—De alguna forma sí que está relacionado, pero el título lo pensé de forma independiente. El propio juez llamó a Ana Julia monstruo por las barbaridades que dijo, que muchas de ellas no las hemos llegado a escuchar, porque de esas conversaciones en el coche que tiene ella sola consigo misma, hay varias que no se llegaron a publicar por no herir la sensibilidad. Entonces, sí, es la máxima representación de la bestialidad.
—¿Qué casualidad te llevó a presentar el tiempo?
—Una de estas casualidades de estar en el lugar adecuado en el momento justo. Yo había estado unos años antes en Mediaset, pero en informativos, y después me había ido a Movistar a hacer un programa de cine. La cosa es que volví para saludar a antiguos compañeros, y en el pasillo me topo con una persona a la que le tengo mucho cariño y mantenemos una pequeña conversación. Y justo, mira, si yo ese día no voy a esa hora y esta persona tampoco cruza ese pasillo en ese idéntico momento, no tenemos esa conversación que al día siguiente dio fruto a mi puesto en el tiempo. Buscaban a alguien y se alinearon los astros.