Es como la Champions o el Mundial. Pero en este caso el asunto no va de meter goles ni de ganar partidos, sino de comer chuletones sin parar para eliminar rivales. Estos días se celebró la primera semifinal del campeonato que organiza el restaurante-parrillada Gardel, en Arteixo (A Coruña). Había seis candidatos que empezaron a cenar como si no hubiera un mañana ante la atenta mirada de familiares y curiosos. A cada uno le sirvieron un chuletón de ternera gallega de un kilo. Todos se lo comieron, aunque alguno dijo que no podía más y lo dejó. Los que decidieron continuar vieron cómo aparecía en sus platos otra pieza de carne similar. Poco a poco la final quedó reducida a dos participantes, Alberto Mañana y Julio Álvarez Conchado, que ganaron su plaza para la última fase del certamen que tendrá lugar dentro de unas semanas y en la que se tendrán que enfrentar a rivales de su talla. «Cada uno se tomó tres chuletones de un kilo y, al acabar el segundo, pidieron un gin-tonic para asentar el estómago. Es una pasada. La primera experiencia resultó muy bien, pero tengo miedo de que le pase algo a alguno o que le siente mal. Es que hasta rasparon el hueso. No dejaron nada», apunta Raúl Gutiérrez, propietario del negocio.
PATATAS FRITAS Y ENSALADA
Reconozco que me produce cierto malestar solo de pensarlo. A lo mejor hace unos años podría intentarlo, pero ahora imaginar un chuletón de un kilo delante con la obligación de comerlo... No es para mí. A los primeros concursantes de este bestial campeonato les pusieron en la mesa ensalada y patatas fritas, además del vino de las firmas que colaboran con la parrillada. «En el programa Crónicas carnívoras había visto que lo hacen para que la gente cambie de sabores y eso les permita seguir comiendo después. Pero en este caso no probaron nada más que la carne y el vino», asegura Raúl. Otro aspecto curioso es que a los comedores no les sale gratis. Tienen que pagar 50 euros por chuletón, el resto de viandas y consumiciones están incluidas. «A los que ganaron solo les cobré dos de los tres chuletones que tomaron», aclara el parrillero. Durante las próximas semanas y, antes de que llegue la avalancha de comidas y cenas de Navidad, se celebrarán las otras semifinales con un guion similar. «Mi idea es que haya entre seis y ocho finalistas y grabar sus nombres en unos trofeos. También me gustaría diseñar uno en el que se grabe el nombre del ganador y añadir el campeón cada año», afirma. Como en los grandes torneos, pero en versión de una parrillada gallega y con unos ganadores que tuvieron que comer más carne que ningún otro participante. La cuestión es saber cuántos kilos será capaz de devorar el ganador teniendo en cuenta que a la final llegarán los mejores. Tres chuletones de un kilo está claro que es lo mínimo que hay que zampar para tener alguna opción, y de ahí para arriba. Viendo cómo lo hicieron Julio y Alberto, sin despeinarse, los que sueñen con levantar la Champions del chuletón que se vayan preparando para no dejar de comer kilos de carne durante bastante tiempo. No me extraña que el parrillero esté preocupado por si a alguno le sienta mal la aventura. Ojalá que no. En un mes les cuento cómo termina esta bestialidad de prueba.