Sara es médica de día y voluntaria de noche: «Nadie está libre de verse viviendo en la calle por un golpe de mala suerte»

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Sara Alvar, presidenta de la Asociación Boanoite, en el paseo de los Puentes, de A Coruña.
Sara Alvar, presidenta de la Asociación Boanoite, en el paseo de los Puentes, de A Coruña. Ángel Manso

De sus 37 años ha dedicado la mitad a los demás. Sara ejerce la medicina de familia en Malpica, adonde se desplaza cada mañana para volver y aprovechar las tardes en la otra faceta de su vocación. Es solidaria a jornada completa desde los 16

09 dic 2025 . Actualizado a las 12:17 h.

Médica de familia de día, en Malpica, y voluntaria todos los viernes por las noches, en A Coruña, Sara ha dedicado más de la mitad de los 37 años que tiene a echar una mano a quienes no tienen hogar o las oportunidades con las que cuentan las personas a las que ha sonreído la suerte o han contado siempre con una red de amigos y de apoyo familiar.

Sara se levanta cada mañana a las seis y media para acudir desde A Coruña a su puesto en Malpica. Va y viene todos los días. Y los viernes nadie la llama para salir, quienes la conocen saben que tiene patrulla en equipo.

«Cada persona tiene una historia», asegura esta doctora. Y esta máxima es un principio que lleva doblado en el bolsillo de su bata. La misma que aplica a sus pacientes le vale para salir a patrullar con el chocolate caliente, cremas, zumos, y ojos y palabras para los que duermen a la intemperie o en una habitación del hogar compartido que Boanoite tiene en A Coruña, en las antiguas instalaciones de Padre Rubinos.

Sara preside hoy esta asociación de voluntarios, que nació del calor de la parroquia de los Franciscanos y el impulso de un grupo de jóvenes que no quisieron mirar hacia otro lado en su barrio tras volver de un voluntariado en Marruecos que les marcó. Porque la necesidad es la vecina de al lado. Cuando otros miran dentro del hogar, ellos hacen hogar en la medida de sus posibilidades para personas que no lo tienen dado. «Con las patrullas de chocolate caliente las noches de los viernes empezamos en el 2020 —explica—. Yo tenía 22 años, estaba en tercero de Medicina. Éramos gente que nos conocíamos de la parroquia, éramos un grupo de amigos», relata. «Nosotros lo vivimos desde la fe, pero no hace falta ser cristiano ni de ninguna religión para ayudar. Lo que hace falta es querer venir y ser mayor de 16 años», concreta.

Sara trabaja actualmente con unos cien solidarios en este proyecto que hace diez años se extendió a Santiago. La previa del fin de semana para ella consiste en reunirse a las nueve de la noche con el grupo (variable) con el que prepara lo que van a llevar en esa patrulla solidaria por la ciudad. El chocolate es un clásico. Lo llevan desde el primer día. Ofrecen también sopas y cremas, todo en termos, para retener el calor. Los alumnos de la Escuela de Hostelería del barrio de Los Puentes les donan, por decisión propia, lo que preparan en clase. Son alimento de esa red de hogares sin techo que teje la asociación. Zumos, batidos y dulces se meten en las mochilas con que los voluntarios se acercan a cajeros, parques y otras zonas donde suelen estar las personas sin hogar. «El chocolate es la excusa para dar conversación, para charlar un rato. Lo que hacemos es, de fondo, una labor de acompañamiento, o de enganche a otras instituciones», explica Sara.

Unos en coche, otros andando, reparten calor en cuencos y en palabras. «Se trata, sobre todo, de hacerlos visibles. Tenemos muchos prejuicios, clichés y etiquetas sobre la gente que duerme en la calle», considera. ¿Duerme en la calle quien quiere? «No. Hay mucha problemática que puede llevarte a vivir en la calle. Nadie está libre de verse viviendo en la calle por circunstancias o por un golpe de mala suerte. Circunstancias las hay muy complicadas. Y gente que ha tomado malas decisiones. Cuando pierdes tu red de apoyo, es fácil verse en la calle, y es muy difícil salir del bucle. Aguantar la calle es muy difícil, porque se alargan la búsqueda de empleo y los procesos administrativos».

Red asistencial en A Coruña hay «muchísima», según Sara. Y «A Coruña es una ciudad solidaria —defiende—. El problema hoy es de saturación de recursos, y debemos tener en cuenta que cada caso es diferente. Una persona no está en la calle porque le da la gana. Este es un proceso que hay que trabajar en lo emocional desde el principio. No puedes pensar que tienen albergues y que no van porque no les da la gana... Igual la persona no va porque duerme allí 15 días y luego tiene que volver a la calle», comenta. Y la vida en un albergue no debe de ser sencilla, a menos que la vivas desde fuera, como un frío observador. 

«La gente pasa y no te mira»

«Cada persona que está en la calle tiene una historia», repite. No podemos juzgar a la ligera ni en pack. «Cada persona tiene un proceso vital y emocional distinto. Solo pensar en pasar una noche en la calle, sin tener dónde dormir, es muy duro. La seguridad, la higiene, el temor de que por la noche puedan hacer algo, el que te sientes nada, ves cómo pasa la gente y no te mira... Durísimo. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar la vida de nadie?».

Esas noches de reparto son cálidas en el trato. La gente suele recibir el chocolate y la conversación. Pero no siempre. «No todos quieren conversación, y es comprensible», piensa Sara. «Unas veces estás cinco minutos charlando y otra pasas media hora hablando del Deportivo», pone de ejemplo.

Hubo varias personas sin hogar que marcaron a Sara en su larga experiencia en Boanoite. «Cuando era joven e inexperta, conocí a un señor que me marcó de manera especial. Por malas circunstancias y decisiones había acabado en la calle. Con él estábamos hablando más de media hora siempre. Estaba en San Andrés, en una esquina muy fría. Era un hombre chileno, Juan, con una conversación muy interesante. La suya era una historia con muchas cosas detrás. Enfermó y llegamos a ir al hospital a verlo. Murió y a mí me marcó mucho», revela.

«Personas conoces muchas, y algunas salen adelante», añade. Es este giro lo que la motiva y reconforta, ver que lo que hacen «sirve de algo».

Esta historia solidaria comenzó en el 2013, el año en el que abrió el Hogar Mesoiro, embrión de lo que es hoy el Hogar Boanoite, donde hacen «algo parecido a lo que todos tenemos en la cabeza como idea de hogar», un sitio donde «no tengas un tiempo límite de estancia, donde te sientas parte, tengas tus llaves, tu habitación y donde tienes que organizarte también para la limpieza y las comidas».

Cada miércoles por la tarde, esta médica se acerca a este segundo hogar para trabajar un poco en el huerto urbano que tienen. Y quedarse a cenar.

«En el hogar el trato es más cercano que en las patrullas», cuenta. Las fiestas están a la vuelta de la esquina y los Reyes suelen dejar regalos en Boanoite cada 5 de enero por la noche. Estos voluntarios no descansan en Navidad. «¿Ah, pero venís en Navidad?», les dijo una vez alguien muy sorprendido de la visita en las fechas más familiares, «un señor que ya no vive en la calle», para más señas. La Navidad siempre está envuelta de nostalgia, en especial si hay ausencias. Esos días brillan. Pero en Reyes aún quedan migas de la ilusión de ser niños...

La noche del día 5, Sara y otros voluntarios, como es tradición, saldrán con su patrulla de chocolate y calor y a dejar regalos a gente que está en proceso de reinserción.

Son más de tres los reyes magos de la solidaridad.