Jorge y Jay, nómadas digitales de 25 y 23 años: «Nos conocimos en Croacia y no dejamos de movernos, pero la aldea es nuestro centro»

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Jorge y Jay ante el «coliving» de Anceu, un modelo de vivienda colaborativa y teletrabajo en la provincia de Pontevedra en la que Jay hace su trabajo de fin de grado.
Jorge y Jay ante el «coliving» de Anceu, un modelo de vivienda colaborativa y teletrabajo en la provincia de Pontevedra en la que Jay hace su trabajo de fin de grado. SERGIO SUEIRO

En una de las aldeas mejor conectadas de Galicia y de España vive hoy esta pareja de mentes inquietas. «El estrés del trabajo no te lo quita el hecho de vivir en la aldea, pero en un lugar como este puedes cerrar la tapa del ordenador en un momento y alrededor lo que tienes es la calma», cuentan

12 mar 2026 . Actualizado a las 16:25 h.

Hay campo para la juventud en la aldea, chicos y chicas de la llamada generación Zeta que recorren el camino que empezó a vaciar aldeas y llenar ciudades en los años 50 y los 60, pero en sentido contrario. La curiosidad por un tipo de vida distinto al que se impone en las ciudades, el gusto por moverse y no dejar de descubrir, y un nuevo contexto de realidades laborales son algunas de las cosas que tienen en común dos jóvenes que han hecho ese camino de vuelta respecto a la generación anterior. Jorge Teixeira, ingeniero informático de 25 años natural de Redondela, y Jay Brown, alemana de 23, estudiante de Gender and Diversity (‘género y diversidad’), que prepara este año su tesis doctoral por una universidad alemana. Esta pareja de mentes inquietas se conoció en Croacia, gracias a un proyecto al que los dos fueron invitados por amigos.

Jorge y Jay llevan año y medio de relación y una vida de nómadas digitales que aparcó temporalmente su furgoneta-casa en Galicia, con Anceu como centro de su mapa. Aquí viven sin dejar de moverse, junto a una comunidad en su mayor parte variable de colivers. Y es aquí donde Jay investiga actualmente cómo la vida en una comunidad rural como es la de Anceu puede afectar a los objetivos de desarrollo sostenible, es decir, comprueba in situ si en esta aldea de Ponte Caldelas se están desarrollando algunos de esos 17 objetivos marcados en la agenda 2030, diseñados como puntos de un plan global para lograr un futuro mejor y más sostenible para todos.

En eso está Jay ahora. Jorge, que es vicepresidente del Grupo de Programadores y Usuarios de Linux de la Universidade da Coruña, cerró el pasado mes de febrero volcado en el mayor hackathon (maratón de innovación y desarrollo colaborativo) de Galicia, una «incubadora de ideas» que atrajo a A Coruña a más de 300 estudiantes procedentes de cinco países y de hasta 75 localidades, que compitieron por resolver retos formulados por empresas líderes del sector informático.

Curiosa la idea de que una mente como la de Jorge, en constante actualización y expuesta a los nuevos desafíos que no deja de traer la tecnología, y otra como la de Jay, que se aplica en poner a prueba el sentido de la realidad de la agenda 2030, elijan Anceu sobre cualquier otro lugar en el mundo.

De aquí a cinco años los dos, que viven sobre la marcha, se ven residiendo en un lugar del rural gallego. Por el momento van de aquí para allá «con la furgo Camper, viajando un poco, todo lo que se puede», dice Jay. Y suma su pareja: «Queremos aprovechar la flexibilidad que tenemos, tanto en Galicia como en otros lugares de España y de Europa. Donde lleguemos».

Alemania está, como es natural, en la hoja de ruta de esta pareja de veinteañeros con gusto por la aldea. Porque la morriña tira también hacia el este del corazón de esta joven que se presta al juego de las diferencias entre la zona de Alemania donde está su gente y este enclave de bienestar que conserva el ritmo lento del tiempo antiguo llamado Anceu. «Aquí todo es muy chill, esto me gusta mucho. La naturaleza, tener el mar cerca, la gente, O Grove... La montaña. En Alemania es todo más pa-pa-pa-pa [acompaña el ruido con un gesto de una mano cortando un pan invisible sobre la otra]. Y la zona donde vivía yo no tenía montaña, es muy llana», cuenta Jay, que solo anota entre los peros, morriña de la familia y los amigos aparte, las dificultades para aprender el español. Jorge la aúpa diciendo que «hace un mes no hablaba como ahora». Que ha mejorado bastante en poco tiempo. «Yo quiero hablar, aprender el idioma, pero es cierto que la comunicación funciona aquí sin necesidad de palabras», suaviza Jay, que vivió seis meses en Noruega antes de recalar en Ponte Caldelas.

¿Estrés cero?

La naturaleza y el silencio son lo que más valora esta estudiante de la vida en Anceu, «oír los pájaros, que no haya tráfico de coches, la calma». ¿Estrés cero en un entorno con tecnología 5G? «Bueno, estrés un poco —corrige—, pero es por el trabajo de la universidad, sobre todo». Este trabajo Jay lo hace sin problema alguno a distancia. Son las posibilidades de las conexiones a internet de alta velocidad.

Jorge es de Redondela pero su carrera y su profesión como ingeniero informático le llevaron a vivir unos años en A Coruña antes de llegar a Ponte Caldelas. Supo de Anceu al conocer en un evento a Agustín Jamardo, fundador de Anceu Coliving y cofundador de Rural Hackers junto a su pareja, África Rodríguez. Jorge iba solo por un día al lugar y acabó pasando en la aldea de Anceu todo el invierno. Sucede a veces en este lugar donde es fácil distinguir cada sonido y encontrar por el camino un caballo blanco. O dos caballos blancos. Así fue, literalmente, en la visita que cuento.

Cambiar la ciudad por la aldea no supuso un drama para ninguno de los dos. Al contrario. Lo difícil es más para Jorge y Jay pasar tiempo lejos de la aldea en la que desconectan sin perder la cobertura.

El medio rural no es extraño para ellos. La casa de Jay en Alemania se encuentra en medio del monte, a unos 20 minutos de Hannover, cuentan. La familia de la chica tiene una granja con huerto y con animales. «Pero allí el campo no tiene nada que ver con Galicia. La zona es rural también, pero es como un campo de fútbol muy largo», explica Jorge apuntando las diferencias, ya anunciadas por Jay.

En verano Anceu puede ser (y es, de hecho, aseguran quienes lo han vivido en el coliving de Agus y África o en las proximidades) un paraíso. Es fácil, estando aquí, imaginar, retirado el invierno por completo, la piscina en color turquesa, la hamaca entre los caballos que en este momento está a la espera, colgada, o los juegos de los destellos del sol de las tardes de verano entre las ramas. Pero el invierno es otra cosa... ¿No es más duro el invierno en una pequeña aldea? Ellos lo niegan. «Te metes en casa mientras llueve fuera y sacas trabajo adelante. Aquí hay tiempo para todo, cunde el tiempo. Y no es igual de duro estar en la playa mirando la lluvia que estar mirando la lluvia en el monte», considera Jorge, que cuenta que una de las cosas que aprendió él de los alemanes es que no existe el mal tiempo, sino «ropa mala». A día de hoy, con ropa abrigosa e impermeable este informático es capaz de ir a dar un paseo bajo la lluvia sin que pase «absolutamente nada». No entre borrascas, pero sí sin miedo al agua, que le resbala.

Un momento del paseo por Anceu.
Un momento del paseo por Anceu. SERGIO SUEIRO

Que en la aldea no hay vida o poco que hacer es una idea comúnmente instalada en las mentes urbanas, que niegan los habitantes más jóvenes de Anceu. «Aquí hay siempre cosas que hacer, actividades variadas todas las semanas», algunas vinculadas a programas de envejecimiento activo con deporte y formación en competencias informáticas, como las que potencian Rural Champs, «escuela deportiva multidisciplinar con alma rural», o Rural Hackers, organización para fomentar la innovación y la creatividad en la intersección de la tecnología, la vida rural y el arte.

Aunque aquí la filosofía que manda es que «no hay nada urgente», la vida a veces obliga a moverse con urgencia. El trabajo como organizador de macroeventos tecnológicos hace, por ejemplo, que Jorge deba desplazarse de la aldea a A Coruña con frecuencia. «Voy a la ciudad porque me interesan mucho esos eventos que se organizan, pero la ciudad no es mi mayor pasión. Me puede gustar para estar un par de días porque puedes ir a cenar, tienes sitios que en Ponte Caldelas no hay. Si estás en la ciudad y quieres ir un día al cine es muy fácil, pero también es cierto que vivir en Anceu te permite ponerte rápido en coche en Pontevedra para ir a un concierto. No te limita nada. Lo que tardas en ir al concierto desde Vigo o A Coruña lo tardas desde Anceu a ese mismo sitio», afirma el ingeniero.

Anceu tiene un ritmo propio, dice la pareja. Y es un ritmo mucho más tranquilo, y consciente, que el de una ciudad. «En Anceu, de hecho, decidí dejar temporalmente mi trabajo para tomarme un tiempo para mis cosas, para poder salir a correr y a dar un paseo cada día. Te tomas la vida con otro ritmo, relativizas —subraya Jorge—. Es cierto que el estrés del trabajo no te lo quita el hecho de vivir en la aldea, pero en un lugar como este puedes cerrar la tapa del ordenador en un momento y alrededor lo que tienes es la calma, un tipo de vida diferente, y no hay que coger el coche, el metro o el autobús para volverse a casa. O ir a hacer la compra corriendo con el tráfico de última hora».

Así que la vida en los núcleos más pequeños del medio rural gallego tiene cosas «que te pueden estresar, pero muchas veces solo con bajar la tapa del portátil ese estrés se acaba», piensan.

El programa Fixar de la Xunta para aldeas como Anceu o Senderiz es un paso importante. Fijar población y talento joven en el campo gallego es el reto. El milagro es la gente como ellos.

Flo y Andreea, ante la casa que alquilan con opción a compra. Él alemán y ella rumana, unidos por una aldea de Ponte Caldelas.
Flo y Andreea, ante la casa que alquilan con opción a compra. Él alemán y ella rumana, unidos por una aldea de Ponte Caldelas. SERGIO SUEIRO

Andreea y Flo: «En Anceu nos enamoramos y encontramos la mejor comunidad y la casa de nuestros sueños»

Jóvenes y sobradamente conectadas son las aldeas que ponen wifi, juventud y un punto de luz en el mapa demográfico del medio rural en Galicia. Anceu (Ponte Caldelas), con un centenar de habitantes, revivió con un proyecto pionero y triplica población en primavera y verano. Senderiz y O Piñeiro son otros lugares que abren un campo de esperanza

Anceu aparece en el camino cuando ya no esperas más que darte por perdido o llegar a un bosque sin salida. Anceu no es lo que era, pero esta afirmación ha perdido su carga de nostalgia desde hace al menos unos cinco años, cuando la población del lugar empezó a triplicarse durante buena parte del año. Esta aldea de Pontevedra con un centenar de habitantes, a siete u ocho minutos en coche de Ponte Caldelas, ha mudado varias veces la piel desde 1970, el año en el que el que Rosa, que hoy ejerce de rural influencer y «madre de todos» en el coliving (‘vivienda colaborativa’) que le da nueva vida y gente joven al lugar, se marchó a Brasil a punto de cumplir los 7 años. «Cuando me marché, Anceu estaba llena de rapaces, había más casas, había una taberna, ¡y escuela!...», recuerda Rosa (con chubasquero azul y gafas en primera fila de la foto de portada). Hoy esta emigrante que ha vivido también en México D.F. constata otra realidad diferente al paisaje de su infancia: que las aldeas se mueren. Pero no solo porque envejecen y mueren los que viven en ellas, y faltan trabajo e infraestructuras, sino porque los que quedan «no siempre le abren los brazos a la gente» que llega de fuera.

Rosa, que es ese abrazo abierto al trabajador extranjero que quiere hacer vida en la aldea, volvió a su tierra en 1999, con 37 años, a cuidar de su madre en esta aldea que la vio dar los primeros pasos. La aldea la recibió al borde de los dos mil bien ligera de servicios y de gente («mucha se había ido, otros habían muerto»), pero con la «misma esencia», que aún conserva, según sus habitantes. Es esa esencia la que ha llevado a acuñar la expresión «efecto Anceu» para aludir a un impacto en la salud y la calidad de vida que tiene que ver con el silencio, las conexiones de alta velocidad e infraestructura digital gracias a la empresa Áurea, la carballeira del enclave, la calidad realista del tiempo o incluso con el amor. Porque de aquí, dicen algunos de los lugareños, como Agus y África, ha surgido la chispa de muchas relaciones de pareja, como la que forman Andreea Rusu y Florian Huljus.

La pareja delante del que es su hogar desde hace unas semanas.
La pareja delante del que es su hogar desde hace unas semanas. SERGIO SUEIRO

Andreea es de Rumanía y Florian, Flo, de Alemania. Los dos llegaron a Anceu en momentos distintos, que finalmente se hicieron coincidir. Juntos acaban de alquilar con opción a compra en la aldea de Rosa, en la misma que revitalizan Agus y África, la casa de madera de sus sueños. A esa casa nos llevan desde el coliving en el que se conocieron hace cinco años. Andreea llegó a Anceu con 25, estrenando profesionalmente la posibilidad del teletrabajo, poco antes de desatarse la pandemia del covid. «En la pandemia me sentí muy sola, aislada, en mi habitación de Bucarest. Pasó el covid, y yo quería descubrir el mundo, pero no tenía dinero y vi que el coliving era una manera de trabajar. Podías ‘‘pagarte’’ el alojamiento con trabajo», relata Andreea, arquitecta paisajista que se dedica al márketing, «una profesión en la que, generalmente, puedes trabajar desde donde quieres».

Así trabaja Andreea. Así empezó en mayo del 2021 en el coliving de Anceu, ocupándose del márketing de este espacio colaborativo de trabajo y vida donde confluye cada año gente de distintos lugares del mundo. «En Anceu descubrí a gente del mundo entero, distintas culturas, trabajos... Guau, pensé, ‘‘qué gente más abierta, qué comunicativo es esto’’», cuenta esta joven, que pasó de sentirse aislada en el centro de Rumanía a más conectada que nunca en una aldea remota de Pontevedra.

Andreea tenía previsto estar en Anceu un mes, pero fueron cuatro más y esa prórroga de quedarse en la aldea le permitió conocer al que hoy es su marido, Flo. Él, natural de Colonia, llegó a Anceu en septiembre del 2021, atraído también por la idea de conocer la experiencia de teletrabajar conviviendo con otras personas en circunstancias profesionales similares en un coliving. Él es comercial de software y fue un año sabático que se tomó para resetear el que encendió en su cabeza la idea de lanzarse a probar. Ese año sabático, Flo se movió por diferentes países, como México y Costa Rica, y fue hacer a pie parte del Camino de Santiago (de O Cebreiro a Compostela) lo que le acercó hasta Anceu.

Rosa (en la foto con Se, parte del equipo del coliving de Anceu) dejó su aldea a los 7 años, volvió tras vivir en México y Brasil, y hoy trabaja para ampliar la comunidad estable de Anceu. Rosa, Se y Ari son el motor del coliving con Agustín y África
Rosa (en la foto con Se, parte del equipo del coliving de Anceu) dejó su aldea a los 7 años, volvió tras vivir en México y Brasil, y hoy trabaja para ampliar la comunidad estable de Anceu. Rosa, Se y Ari son el motor del coliving con Agustín y África SERGIO SUEIRO

«Juntos estuvimos en más de diez países. Al elegir lugar para vivir hicimos una lista con muchas categorías»

Entre Andreea y Flo surgió una amistad. Él se fue de Anceu, ella se quedó y en mayo del año siguiente, el 2022, floreció la pasión en el lugar de su primer encuentro. Pensaron que la distancia tras cerrar el capítulo de su paso por Anceu haría que la suya fuera una relación con final anunciado, por las circunstancias. Fueron un año pareja a distancia (ella en Anceu, él en Alemania tras su estancia en la aldea) como pudieron. Se encontraron primero en Barcelona, después en Italia, y al cabo de ese año de encuentros puntuales, se pararon: «¿Qué hacemos ahora?».

El mapa de Andreea (31 años) y Flo (36) como pareja es grande, es un atlas con varios puntos en rojo: Italia, Francia, Suiza, Rumanía, Alemania, Indonesia, Bulgaria, Bélgica, Holanda, Londres... Una lista que no dan por concluida y a la que hay que añadir, como lugar aparte, Galicia.

¿Por qué se quedaron en Anceu? Con un bagaje tan amplio de destinos, la pareja tuvo en cuenta varios aspectos para escoger el lugar donde construir un hogar juntos. «¿Indonesia, Costa Rica...?, pensamos. Hicimos una lista con todos los lugares donde podríamos ir y empezamos a puntuarlos por categorías: idiomas, cultura, gente, conexión, tiempo (atmosférico), infraestructuras (si hay aeropuerto cerca) y comunidad», cuenta Andreea.

Varios países salían con aspa verde en la lista de la pareja en cuanto a tiempo, comida o infraestructuras, pero fue la comunidad lo que decantó la decisión. «¿Dónde está la mejor comunidad?». La clave la dio la respuesta. Después comenzó otra búsqueda.

Andreea hizo una consulta al equipo al frente del coliving de Anceu y el equipo se puso en marcha para buscar posibles casas para alquiler o compra. Y aquí intervino Rosa, que fue (y es) una suerte de Idealista andante en inmuebles disponibles en la aldea para ayudar a Flo y Andreea, como lo ha sido para que otros habitantes recientes del lugar tuvieran quien les alquilase finca o casa. Se necesitan perfiles influyentes de calidad para deshacer viejas ideas y ciertas desconfianzas.

Estamos llegando con Andreea y Flo, acompañados de Rosa, a ese que es, desde hace una semanas, el hogar de la pareja. «Qué casa más bonita», pensó por primera vez al verla, toda de madera, con hórreo, cruceiro, piscina y banquito bajo un naranjo y un limonero, Flo. El suyo fue, confiesa, un amor a primera vista con la finca. Y, curiosamente, la casa de sus «sueños» no estaba a medio hacer, ni era una idea, ya estaba hecha y además a la venta.

Los dos habían crecido en zona rural en sus respectivos países de origen y conocían los pros y los contras de la vida de aldea. Si Flo nunca quiso descartar la idea de tener una casa en el campo, Andreea oponía resistencias. «Yo no me veía viviendo en el campo, y mira...», se ríe ella, que nos invita a entrar en esa casa que sumará dos personas más al padrón de Ponte Caldelas.

Con cierto pesar de sus familias, pero también con su entendimiento, al «efecto Anceu» han sucumbido Andreea y Flo, como lo hicieron África y Agustín cuando él se decidió a arriesgar y tratar de convertir Anceu en una de las aldeas de referencia en conexiones de alta velocidad en el medio rural en Galicia, España y el conjunto de Europa.

Ponte Caldelas es pionero en conectividad, fue el primer municipio de España en lograr que todas sus aldeas tuvieran internet de alta velocidad. Entre ellas, el «milagro Anceu», la aldea que, desde el antiguo local de hostelería una emprendedora alemana, empezó a mirar al futuro con otros ojos, que cambiaron la vieja inercia de la resignación por la esperanza.

Xulia (en primer término) en la Grelería, residencia artística en una aldea de O Incio de 6 habitantes.
Xulia (en primer término) en la Grelería, residencia artística en una aldea de O Incio de 6 habitantes.

Lugares de Galicia que rompen el mapa demográfico: «Para salvar las aldeas hay que vivir en una»

Estos lugares rompen, con esfuerzo, la deriva del despoblamiento rural y son un soplo de aire fresco en la Galicia vaciada. Senderiz, O Piñeiro y Anceu son algunas de las aldeas que están cambiando las tornas

 

¿Las aldeas están vacías? No siempre. O no todas. Hay quien llena de impulso lugares de la España vaciada. En Laxe, O Incio, Ponte Caldelas, Lobeira o Carballeda de Avia hay pequeños lugares grandes en el tamaño y en la pasión de sus iniciativas y de su gente, lugares en los que medidas públicas (como el programa Fixar para atraer talento y emprendimiento al medio rural), algunas empresas locales (como Áurea), y el entusiasmo a todo riesgo de algunas personas pueden cambiar el chip y mitigar, con gran esfuerzo, la falta de trabajo y población que suele asociarse a las aldeas.

¿Por qué siguen vaciándose las aldeas? «Las aldeas están vacías porque la gente se fue afuera a buscar pan. La mayoría de nuestros vecinos y amigos se quedarían por Lobeira y Bande, pero tienen que ir por trabajo a Vigo, Madrid o París», explica María Parga, cofundadora junto a Edo Sadikovic en el 2013 en Senderiz (Lobeira) de un espacio de trabajo colaborativo (coworking) que fue pionero en Europa y que revierte el despoblamiento rural.

Sende fue el primer coliving gallego, buscaban crear en la aldea de la sierra del Xurés un espacio abierto al mundo. Así fue. «Empezamos reformando dos casas en una aldea de unos 20 habitantes, sin internet en aquel momento... Y hemos ido creciendo. Por aquí han pasado miles de personas de una decena de países. Lo que sigue definiendo Sende es la mezcla de sencillez rural y diversidad internacional», resume María.

Senderiz fue la primera de las «aldeas milagro» de la montaña gallega, de las primeras que, sin jugárselo todo al turismo, resistió a esa realidad de los pequeños puntos del medio rural gallego, que son paraísos naturales de casas vacías, pueblos fantasma dejados al albur de otro tiempo. Pero Anceu y Senderiz llevan ya unos años saliéndose del mapa demográfico en Galicia, de los «marquiños», rompiendo moldes y ampliando horizontes con buena conectividad y gente de distintos puntos del mundo.

Las aldeas gallegas no solo son para las fiestas del verano. Hay aldeas de Galicia que son para trabajar. Para trabajar en paz y con aislamiento relativo. iSlow, en el lugar de O Piñeiro, de la Costa da Morte, es otro ejemplo.

Hay zonas que parten con ventaja, con fibra óptica y 5G, con una ciudad a menos de una hora, con servicios esenciales a mano. «En Galicia vemos mucho potencial en comarcas bien conectadas por carretera y con buena internet, aunque estén ´aisladas´ en la montaña. Lo importante ya no es tanto la distancia física, sino la distancia en tiempo y la calidad de la conexión: si puedes estar en Ourense, Vigo o A Coruña en una hora y trabajar online sin problemas, de repente vivir en un pueblo pequeño se convierte en una opción real para muchos», señala María. 

En Sende, amplía, pueden pedir cita medica «hoy a las ocho de la tarde y ser atendidos mañana a las 10.00, y esto es increíble». Los servicios funcionan «muy bien». «El bus recoge niños para ir al cole, pero el antiguo cole de Lobeira ya esta convertido en una residencia de edad, aunque los niños tienen transporte gratuito hasta el colegio en Bande», matiza María, que añade que las tiendas móviles llegan sin problema ni dificultades a la aldea. «Todo funciona muy bien ahora. Problema sera en 15 años cuando falten vecinos y nadie se muda mientras». 

¿Cuál puede ser la solución, el modo de que este «rejuvenecimiento» en Senderiz no desaparezca? «Si queremos salvar la aldea, hay que mudarse y vivir en una -responde la emprendedora-. Creo que se puede encontrar una solución. Hemos diseñado un programa donde estamos trabajando con mucha gente de Galicia que quiere mudarse o quedarse en su aldea y muchas ellas están creando sus pequeños proyectos o negocios que les van a permitir hacer sus pequeños estudios en la aldea y trabajar en remoto, o crear desde la montaña».

La «caldeirada» de culturas se nota en Senderiz, como en Anceu (Ponte Caldelas), donde el efecto de los colivings ha sido definitivo. En una y otra aldeas gallegas los vecinos de toda la vida conviven desde hace unos años con nacionalidades que son muy variadas. Gente de diversos puntos de Europa, de América Latina y de Asia ha pasado por estos espacios de trabajo y vivienda colaborativa. «Lo normal es que en una misma semana haya personas hablando gallego, castellano, inglés y algún otro idioma en la misma mesa», concreta María sobre el día a día en su aldea de Lobeira.

¿Lo mejor y lo peor de vivir en Senderiz? «Lo mejor es la calidad de vida que da la combinación de silencio, naturaleza y vecindad. Poder salir de casa y estar en plena Serra do Xurés en pocos minutos, trabajar en remoto mirando a la montaña, saber que si te pasa algo hay vecinos que vendrán a echar una mano sin que tengas que pedirlo. También es un lujo poder concentrarse de verdad en los proyectos, sin el ruido constante de la ciudad, y al mismo tiempo estar recibiendo personas de todo el mundo que te aportan nuevas ideas», resume María.

Esa misma esencia, la que ponen la diversidad, la creatividad, en un lugar pequeño con buena conectividad, conexiones y servicios a tiro de piedra, se percibe en Anceu, donde se imponen el silencio, las conexiones de alta velocidad y una buena infraestructura digital gracias a la empresa Áurea, la carballeira del enclave, la calidad del tiempo o incluso el amor. Porque de Anceu salen no solo proyectos e ideas, sino también proyectos de pareja. Así lo cuentan Agustín y África, motor coliver de esta aldea que rejuvenece a día de hoy el padrón de Ponte Caldelas. «Lo primero para que una aldea pueda renacer es el contexto: identificar a esas personas que viven ya en la aldea que tienen ganas de participar y hacer cosas. Porque son esas personas las que conocen la historia de ese lugar y entienden su idiosincracia. Yo siempre hago la coña de referirme a Rosa como rural influencer, pero es que sin ella millones de cosas no habrían podido suceder en Anceu, porque ni Agustín ni yo éramos de esta aldea», revela África, al frente de Rural Hackers de Pontevedra. Rosa, o Rosabel, esa rural influencer a la que ella se refiere se marchó a Brasil cuando estaba a punto de cumplir los 7 años y hoy ejerce de «madre de todos» en el coliving de su aldea natal y es una suerte de Idealista andante que conecta a los más recientes habitantes del lugar con propietarios de viviendas en desuso en la zona. De este modo, ayudó a Ana, la joven madrileña al frente de La Furgolibro, a encontrar alquiler en Anceu, y a los nómadas digitales  Andreea y Florian a encontrar allí la casa de sus sueños, y acceder a un alquiler con opción a compra.

De Londres a una aldea de Laxe se movió Inés, ingeniera informática, con su pareja y sus mellizos para reinventarse en O Piñeiro abriendo el único coliving de España donde puedes trabajar y criar a los niños. Este es el punto diferenciador de iSlow de otros espacios de trabajo y convivencia colaborativa en Galicia. «Desde que abrimos nós, hai sempre xente doutros países que atravesa polo lugar para ir para Laxe. Á xente maior de aquí chámalle a atención... Cando están plantando as patacas, pregúntanlles e ás veces non se entenden e outras si, pero failles graza interactuar igualmente», contaba Inés en una entrevista con el periódico en febrero del 2024. En este tiempo han ido creciendo con distintas iniciativas, entre ellas, «unha escoliña de verán» que hicieron ya el pasado verano y repetirán el que viene. «Unha escoliña que se fixo con nenos da zona e familias que viñan doutros países; foi unha experiencia bilingüe, multicultural, bastante colaborativa, pois as iniciativas faciámolas en colaboracións con negocios locales», explica Inés. En la línea de colivings como Sende y Anceu, ofrecen en la Costa de Morte un campo, con buenas conexiones, para emprendedores y personas que acuden a trabajar en remoto con un proyecto, como puede ser un libro. De iSlow salieron recientemente, para echar raíces en la zona aunque sea de modo temporal, una pareja alemana, una emprendedora de los Países Bajos que organiza actualmente unas jornadas de yoga y surf, y expatriados que vuelven de países como Estados Unidos. «Este entorno intercional, de fala inglesa, axúdalles a integrarse na zona», señala Inés, que añade que el programa para emprendedores Fixar también permite un recorrido a estas personas que llegan a la aldea. 

Arte y vida (con poco wifi) en el corazón de O Incio

Como una semilla mágica a una aldea de O Incio llegará al mundo este 12 de marzo, según la fecha prevista de parto, el hijo de Xulia la emprendedora que montó junto a Nando y Arturo la Grelería, espacio vegano y de creación artística en el corazón de O Incio, en una aldea de seis personas, que no tiene buena conexión a Internet, pero esto les permite enfocar vivir sin wifi como un lujo. Xulia llegó a la aldea de A Coruña, donde tenía una galería de arte y artesanía contemporánea en una plaza peatonal en la que solían organizar actividades y encuentros abiertos a todo el público. «Xerouse aí unha comunidade linda de artistas, visitantes e veciños. Ese era o punto forte da galería», cuenta Xulia, que se mudó al rural con la riqueza de esa experiencia. 

A O Incio llegó por causa de la herencia de una casa familiar en la aldea en que ahora vive. «Non era unha casa moi grande, pero daba para levar alí a Grelería dalgún xeito. Quería transformar ese proxecto, pero non abandonalo», dice la emprendedora. «E pensamos que sería boa idea, en vez de compartir o resultado final do traballo dos artistas, compartir o proceso creativo», explica. La casa acoge, aparte de al equipo de la Grelería, «como mucho a tres artistas». Para pinchar la burbuja que podría ser la experiencia para esos creadores, se celebran jornadas de puertas abiertas para que la gente de la zona tenga la oportunidad de conocer lo que hacen en la aldea esas artistas. «Eu cando me mudei tiña a impresión de que me ía para o deserto, e resulta que descubrín xente cunhas iniciativas guapísimas, cunha proxección inspiradora», asegura la ilustradora coruñesa.

No quiere hacer de su aldea «un Sanxenxo», pero Xulia sí desearía ampliar la temporada del lugar más allá del verano, tener más vecinos de manera estable en la zona y un acceso a la vivienda en la zona que fuera menos complicado, con menos trabas y más opciones en cuanto, por ejemplo, a alquiler de vivienda. Son seis en la aldea, en breve, quizá hoy mismo ya, serán siete personas en la aldea. Vida nueva e inquietud artística ayudan a ver el horizonte más despejado en la montaña.