Se ha ido en esta recta final de 2025 y en su despedida nos ha demostrado que, como dice una de sus canciones, El poder del arte, «nada es impensable, nada es imposible», incluso en el país fracturado y peleado consigo mismo en el que vivió y cuya alma supo leer y encarnar. Cuesta imaginar que en algo coincidan quienes a diario se acuchillan ante nuestros ojos, pero en el adiós de Robe Iniesta todos se abonan a su alabanza, desde la izquierda más radical hasta Vox. Lo más grande del asunto es que el poeta de Plasencia logró esta unanimidad sin hacer el menor esfuerzo por agradar a nadie. Al revés: se empeñó en ir por libre y en preservar su soledad, y para ello no temió tocar las narices a todo el mundo. Va a resultar que, en este lugar de banderías, hasta a los banderizos les alivia quien sabe no serlo.
Hola, Robe, era muy joven cuando empecé a escuchar tu música gracias a un conocido de Plasencia. Con el tiempo cambié mi gusto musical hasta ... que me fui a vivir a Zaragoza en 2001 con la que hoy es mi mujer. Una vez allí, solo y sin familia ni nadie conocido, me agarré fuerte a tu discografía. Era la única manera de estar con alguien de Extremadura que casi podría ser de la familia y sentirme arropado. Hoy, que te has ido, quisiera darte las gracias por tus canciones y tu 'compañía' tantos años; la única pega: apenas he podido verte dos veces, una en Huesca, donde nos pilló una tormenta –y solo tocasteis Pedrá–, y la otra en Zaragoza. Vuela alto, Robe, junto a Gillespie, Zappa, Mercury y Camarón. Hasta siempre.
Luis Ramón Castro Pérez. Zaragoza
Ante el abismo existencial, la desazón geopolítica, la banalidad del mal y el incremento sin cuartel de los precios de viandas y viviendas, de nuevo, un año más, el pincho de Navidad. Party a la que están invitados los diferentes actores que oran y laboran en el lugar de las cuarenta horas semanales a cambio de un puñado de sal. Reunión a la que muchos son los llamados, pero pocos los que acuden entusiasmados. Celebración de miradas al techo, y ojos y palillos apuntando a desabrigadas gambas heladas con gabardina, en la que amigos y enemigos íntimos intercambian frases hueras entre risas de conejo y deseos naíf. Como canta Luis Miguel, no debes llorar, ya sabes por qué, Santa Claus llegó a la ciudad.
F. Javier Santos. Santiago de Compostela
En esta red social todos parecen tan interesantes en sus descripciones: utilizan palabras anglosajonas para aportar más calidad y sofisticación a sus puestos de trabajo, añaden todo tipo de títulos, experiencias humanitarias y hasta reflexiones. Me impresiona, pero a la vez me invade un sentimiento instantáneo de agobio: muchos de nosotros, siento, establecemos nuestro valor como personas detrás de todo este escaparate de palabras en inglés, títulos, certificados, cursos… No dudo de la formación y preparación de quienes integran esta red social. Sí de si hemos determinado nuestro valor según los títulos que tenemos, cuanto más raros, extravagantes y profesionales parezcan, mejor. Una persona no puede ser reducida a lo que ha obtenido a lo largo de su vida y cabe en un papel; debe tener en cuenta su valor, sus inquietudes (aquellas que no caben en una descripción electrónica), sus sueños, sus intentos y fallos, no solo sus logros. No estoy diciendo que sea malo, solo que me abruma este intento de describir a una persona en palabras que, aun originales, no podrían nunca describir lo que cada uno alberga en su interior.
Sofía Miranda Dochao. Toledo
A punto de mis sesenta y con el mundo en modo terremoto a mi alrededor siento a veces la nostalgia de la despedida ante un algo que se desmorona. Me pasa cuando en la cola del súper un niño pide pagar él solito en la autocaja. Pienso a veces en la abuela Manuela y aquel día de los setenta en que habló por teléfono por primera vez con su hijo a solo cien kilómetros, y me imagino a mis noventa (¡ojalá!) vapuleada por 'sabedioscuál' IA. Acabo de ser abuela. Y tengo una caja fuerte mental en la que reservar para esta niña los tiempos que construyeron a su madre: los juegos de mesa, las tardes cocinando empanadillas, el chocolate y sus churros, las excursiones y el barro de las botas y los dedos. Y el lenguaje que ha inspirado esta carta. Porque cuando quise tomar la dirección de esta sección hasta me sorprendió leer 'bloc' y no 'blog', como si lo de escribir con mano, lápiz y papel también estuviese a punto de pasar a la historia de nuestra vida...
Mónica Otero Bouzada. Vigo
Noticias relacionadas
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Lorenzo Silva es escritor y columnista español conocido especialmente por sus novelas policíacas protagonziadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Ganador del Premio Nadal y del Premio Planeta
Publicidad
Más de
Polémica revisión de la historia
Judy Clarke
Otra cara de Hollywood
Fernando Goitia
Corredor de Lobito
Fernando Goitia
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia