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El bloc del cartero

Magisterios

Lorenzo Silva

Sabe del valor de un maestro quien lo tuvo alguna vez, y a nadie la vida deberĆ­a serle tan adversa como para no conocer uno nunca. Sabe quien tuvo un maestro que es del buen magisterio del que depende el aprendizaje, mĆ”s allĆ” de la disposición mejor o peor del alumno. Si se le enseƱa bien, el buen estudiante aprende mucho y el malo no deja de aprender algo. Que nuestros alumnos salgan un poco peor formados a cada nueva evaluación –a cada nueva reforma, podrĆ­a aƱadirse– tiene como razón primera que les estamos enseƱando peor. ĀæPor falta de maestros como los de antes? Como razonan los lectores, cuesta creer que sea esa la causa. Entre los miles de docentes los habrĆ”, como siempre los hubo, malos, medianos y excelentes. Algo mĆ”s complejo estĆ” sucediendo. Y asĆ­ es como una sociedad se estropea su futuro.

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Aquellos maestros

Con el demoledor informe PISA, del que se salvan algunas comunidades, como Castilla y León, se viene cuestionando la formación de los maestros. Comparo la actual carrera universitaria de Magisterio de cuatro años con la que tuvimos en otros tiempos: bachillerato elemental de cuatro años tras previo ingreso; tres cursos en la Normal (en los dos últimos se hacían prÔcticas en una escuela); después de una revÔlida, se obtenía el título de maestro nacional. Comparo también nuestra labor de entonces con la de hoy: la mayoría en escuelas rurales con mÔs de treinta alumnos, en clases mixtas, de 6 a 14 años, con medios mÔs que rudimentarios. DÔbamos clases particulares a los escolares que descollaban; los preparÔbamos para los exÔmenes de ingreso en los institutos de la capital. Seguíamos preparÔndolos para los exÔmenes de junio o septiembre de todo el bachillerato elemental; así mejorÔbamos la exigua nómina. Gracias a nuestra labor, incomprendida y siempre mal pagada, logramos sacar del medio rural a los que, con el tiempo, sacaron a España no solo del analfabetismo, sino del atraso endémico de siglos hasta llegar al estado de bienestar que de momento gozamos. Nuestros métodos se fueron adaptando a los cambios: los conjuntos, los lexemas, las nuevas técnicas... ¿Es comparable cómo terminaban formados aquellos jóvenes con los de hoy? ¿No habrÔ que revisar otras causas? Apunto una: exigir a los profesores una excesiva burocracia con programaciones, planes de clase, currículos, memorias, informes, etc., merma la labor docente.

Prisciliano Castillo. León

Al polo opuesto

Cada noche, al cenar, le preguntamos a nuestra hija cómo han ido las clases (estudia primero de bachiller). Ayer nos dijo que no habían tenido Educación Física porque la profesora llegó llorando tras una bronca tremenda con alumnos de cuarto de la ESO. Hace algunas semanas, Ángel María FernÔndez dejó la docencia ante el desinterés de sus alumnos en un centro educativo de Navarra; había sufrido a su vez amenazas e insultos. Profesor de secundaria parece ser ya una profesión de riesgo. Esta semana hemos oído, ademÔs, que prohibirÔn los móviles en primaria y secundaria tras bajar notablemente el rendimiento de los alumnos; en algunos institutos, como el de Ejea de los Caballeros, en Zaragoza, ya no se pueden usar en horario lectivo. ”Bravo! Quienes ya peinamos canas estudiamos en institutos donde los profesores eran respetados y, a veces, temidos. Tampoco es eso; hoy nos hemos ido al polo opuesto. ¿Sería muy difícil lograr el punto medio? No solo es tarea de los profesores: los padres debemos apoyarlos mÔs. El respeto y la educación se llevan puestos 'desde casa'.

Carmen Berenguer. Zaragoza

Informe PISA: Āæen serio?

Ahora, parece, nos llevamos las manos a la cabeza, pero a nadie pareció preocuparle, cuando siguiendo la metodologĆ­a de moda, en los colegios sentaron a los alumnos de cuatro en cuatro, dos de espaldas al profesor, con un ordenador delante. Tampoco nos inmutamos cuando los gurĆŗs de turno decĆ­an que aprendiesen divirtiĆ©ndose, que no hace falta memorizar, que nada de deberes, que fueran felices… Yo ahora me pregunto: Āænadie lo vio venir? ĀæEn serio? Los profesores de verdad sĆ­. Y seguimos profundamente preocupados, principalmente por nuestros alumnos.

Cristina Mujika. Correo electrónico

El principio de autoridad

Hay dos grupos de convivencia bÔsicos que nos preparan para el futuro: la familia y la escuela. En mi familia y en mi trabajo en la escuela, siempre tuve claro que son necesarias unas normas que hagan posible esa convivencia sin que nadie termine dañado de forma injusta. Y en estos Ômbitos, en algún momento, todos, hijos y padres, alumnos y maestros, hemos sobrepasado los límites de las normas que nos obligaban. De tantos años de trabajo guardo en mi recuerdo, cientos, quizÔ miles, de conversaciones con padres de alumnos para buscar soluciones a situaciones conflictivas. Esas conversaciones se iniciaban, en muchas ocasiones, con frases evasivas: «”Es que este niño no hace caso a nadie! ”Es que se junta con otros niños que lo llevan por malos caminos!». Y hasta manías persecutorias del profesorado contra su niño. Y entonces yo les hacía dos preguntas: ¿en vuestra casa tenéis unas normas conocidas y entendidas por padres e hijos para convivir? ¿Hay en vuestra casa un principio de autoridad claro y aceptado? Y, muchas veces, la raíz del problema quedaba al descubierto. No había un principio de autoridad entendida y asumida. O, lo que era peor, había dos autoridades totalmente yuxtapuestas. La del papÔ y la de la mamÔ. Y el niño eso lo captaba y le creaba sentires que no entendía y hasta lo ofuscaban. En España, esta escuela grande en la que todos convivimos, hay también unas normas que nos obligan. Siendo yo uno de los millones de 'niños' de esta escuela, no tengo claro si el principio de autoridad lo ejercen los jueces o las mayorías políticas en el Congreso. Tampoco entiendo si los jueces, al dictaminar sobre posibles ataques a las normas, lo hacen con fundamento en su conocimiento de las leyes o según sean progresistas o conservadores. Y sería bueno para el buen convivir que no hubiera en estos temas malentendidos que conduzcan a ofuscaciones que nos enfrenten.

Juan de Dios Molina SuƔrez. AlmuƱƩcar (Granada)

La fortaleza de la sociedad civil

En tiempos de democracias bajo sospecha, la fortaleza de la sociedad civil siempre es una buena noticia. Lo que nació hace poco en un corrillo de padres en un parque puede terminar con un pacto de Estado para proteger a los menores de las pantallas. Pese a la polarización de posturas, todos coinciden en decir «basta». El 85 por ciento de los niños de entre 12 y 14 años tienen un smartphone. Un 49 por ciento de los adolescentes pasa mÔs de cinco horas al día en Internet. Seis de cada diez menores duermen con el móvil. Un 42 por ciento de los adolescentes ha recibido en su móvil contenido sexual. La edad media de acceso a la pornografía: 9 años. Pocos dudan de la relación entre la sobreexposición en redes y los trastornos de salud mental. A la espera de ese pacto de Estado, la sociedad civil ha sido capaz de pasar por encima de ideologías por el bien común y mostrar su fortaleza.

Miguel Perdigón. Correo electrónico

Por quĆ© la he premiado… Porque no estĆ” de mĆ”s anotar alguna buena noticia, algĆŗn consenso sobre lo sustancial.

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