Las cigüeñas son aves migratorias, aunque cada vez menos… A una cigüeña blanca que anide en un campanario aragonés le cuesta lanzarse a la aventura. Su radio de acción habitual la debería llevar hasta Senegal, Nigeria o Mali, pero la actividad humana y el cambio climático están trastocando su instinto nómada, según SEO Birdlife. Las más jóvenes todavía tienen ganas de probar sus alas, pero miles de ejemplares adultos renuncian a abandonar los cañaverales del valle del Ebro y lanzarse a la peligrosa travesía del desierto del Sáhara. Otras muchas se instalan en cualquier vertedero, donde se disputan las basuras con gaviotas malhumoradas por la intromisión de una especie que antes hacía miles de kilómetros y ahora va camino de convertirse en carroñera.
Trazar los mapas migratorios de 38 especies de la avifauna española, como el águila calzada, la pardela cenicienta o el buitre negro, le ha llevado ... a SEO BirdLife más de una década. Es el programa Migra, que desde 2011 ha registrado los movimientos de 1349 aves marcadas con sensores y GPS. Los datos se incorporan al Atlas Europeo de Migraciones, cuyo mapa se actualiza lenta y trabajosamente.
Pero la tecnología actual permite dar un salto exponencial. ¿No sería fantástico disponer de un mapa en tiempo real de sus vuelos, como ahora hay aplicaciones que nos permiten seguir el rumbo de cualquier avión? ¿Y por qué conformarse con las aves, por qué no incluir a miles de especies de mamíferos, peces e incluso insectos, y observar cómo se desplazan, cómo interactúan e influyen unos en otros? Se trataría de construir, en definitiva, un Internet de los animales que agrupe y agilice las iniciativas de cientos de organizaciones y miles de voluntarios de todo el mundo que ya recopilan observaciones, seguimientos, mediciones…
¿Es factible? ¿Merece la pena a nivel científico? ¿Tendría otras utilidades, más allá de facilitar la labor de biólogos, ornitólogos o ecólogos? El investigador alemán Martin Wikelski, director del Instituto Max Planck de Ornitología, piensa que la respuesta a todas estas preguntas es un rotundo 'sí'. Wikelski lidera el proyecto Icarus, un programa pionero en colocar etiquetas de geolocalización. Consiguió incluso que se instalase una gran antena en la Estación Espacial Internacional que hubiera permitido seguir las trayectorias de cien mil animales y registrar sus constantes vitales… El proyecto se estancó a causa de la guerra de Ucrania, pues involucraba a la agencia espacial rusa. Pero ha convencido a la NASA de que se implique.
Procesar la información proveniente de la fauna a un coste razonable ya se está haciendo en explotaciones ganaderas y avícolas, donde se detectan animales enfermos, estresados… Y en el seguimiento de los caladeros de pesca. Pero una telaraña mundial que incluya la naturaleza salvaje son palabras mayores.
Sin embargo, los expertos consideran que es un proyecto escalable y no tan diferente, en muchos aspectos, al Internet de las cosas. Los sensores de rastreo son cada vez más ligeros (desde 3 gramos) y baratos (unos 150 euros). Otro avance clave ha sido el crecimiento de Movebank, un repositorio centralizado de datos de seguimiento de fauna. La inteligencia artificial permitirá meterle mano a la avalancha de información. ¿Pero qué pasa dónde no llegan las torres de telefonía? No hay cobertura en los desiertos, en los polos, en mitad del océano…
Ahí es donde entra en juego la revolución espacial que ha abaratado el lanzamiento de cohetes y miniaturizado los satélites. Los más baratos tienen las dimensiones de un ladrillo y pesan 1,3 kilos. Se trata del estándar CubeSat, nanosatélites ideales para los centros de investigación. Ya hay unos 2300 en órbita. El peso y el tamaño de las baterías de litio también se han reducido. De repente, el Internet de los animales ya no parece algo tan faraónico…
¿Para qué serviría? Los antecedentes sugieren que muchas utilidades las iremos descubriendo sobre la marcha. Un equipo multinacional de investigadores –entre ellos, Antonio Delgado, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC Universidad de Granada)– colocó cámaras de 360 grados a unos tiburones tigre que hacían extrañas 'excursiones' en las Bahamas.
Y descubrieron que los escualos visitaban una gigantesca pradera marina como quien va a un bufé a desayunar. Y se ha podido cartografiar (Nature, 2022). Las praderas marinas son el vivero de una quinta parte de las especies marinas en peligro de extinción y, además, pueden capturar carbono hasta 35 veces más rápido que las selvas tropicales. Conocer su ubicación y su estado es fundamental para protegerlas.
Cuenta Matthew Ponsford en MIT Technology Review que los animales han servido tradicionalmente «como sensores orgánicos que captan fenómenos invisibles para los humanos». Las almejas se cierran cuando aumenta la toxicidad de las aguas, una señal de alerta que todavía se usa en las redes de agua potable de Polonia. Un Internet de los animales podría tener beneficios sorprendentes.
También hay animales que cambian de comportamiento antes de un terremoto; los pájaros bobos del Pacífico ponen menos huevos en los años previos al fenómeno climático de El Niño; y hay aves que construyen sus nidos a mayor altura si presienten inundaciones… Un Internet global también delataría la presencia de cazadores furtivos si registra la huida de una manada de elefantes en una reserva. Sin embargo, la 'videovigilancia a la china' en el reino animal también puede tener un lado oscuro, según sus críticos, si los furtivos la utilizan para seguir a sus presas. La tecnología siempre tiene dos caras.
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