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Julian Voloj y Thomas Campi lanzan una novela gráfica que narra la historia de los creadores del superhéroe, que solo cobraron 130 dólares por sus derechos
28 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Superman no nació en Krypton, sino en un barrio de Cleveland donde el idioma predominante no era el inglés, sino el yidis. Glenville era el punto de encuentro de cientos de judíos provenientes de Europa del Este, familias enteras que huyeron a principios del siglo XX de la miseria de un continente enzarzado en pequeños conflictos que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. A ese barrio llegó la familia Shuster, que desde los Países Bajos, y previo paso por la canadiense Toronto, buscaba el sueño americano. El padre era sastre, pero uno demasiado tranquilo. Los pedidos se le acumulaban e iba perdiendo clientes poco a poco, lo que le obligó a cambiar de trabajo de forma constante.
Pero a pesar de los vaivenes, padre e hijo mantuvieron una costumbre. Cada fin de semana, el pequeño Joe escuchaba embelesado las historietas que venían con el periódico y que le narraba su progenitor. Una afición que se convirtió en una auténtica obsesión. Joe siguió con los funnies -el preludio de los cómics en los años veinte del pasado siglo- cuando aprendió a leer. Le fascinaron los dibujos y comenzó a imitarlos, a coger papel y lápiz y expresarse a través de los dibujos. En el instituto de Glenville conoce a su media naranja: Jerry Siegel, un joven fabulador. Se entendieron a la perfección y juntos crearon en 1933, influenciados por su gran pasión por la ciencia ficción, el personaje que cambió la historia del cómic: Superman. Una criatura que no vio la luz en el papel hasta junio de 1938, cuando el primer número de Action Comics lo publicó.
Shuster y Siegel habían tardado cinco años en ver publicado su personaje. Pero lo hicieron vendiendo su alma al diablo. Habían creado el personaje en 1933. Llamaron a numerosas puertas. Nadie les hacía caso. «En los años 30 del pasado siglo, los cómics no eran tan lucrativos ni populares como lo son hoy, no se respetaba a sus creadores y ser judío era razón suficiente para que se negaran a darle trabajo», explica Chelle Mayer, nieta de Sheldon Mayer, el contacto de los dos creadores en All-American Comic, en el prólogo de Joe Shuster. Una historia a la sombra de Superman (Dibbuks). Una novela gráfica creada por Julian Voloj y Thomas Campi en la que plasman la vida del dibujante canadiense -Shuster nació en Toronto en 1914 y murió en Los Angeles en 1992- y su relación con Siegel (Cleveland, 1914 - Los Angeles, 1996).
All-American Comic no quiso publicarlo y Mayer se lo ofreció a National, que sí lo hicieron. Vieron el filón de Superman -que luego se confirmó- y les pagaron 130 dólares a los dos creadores por los derechos de su personaje en 1939. «Es el primer pecado original del cómic», asevera Voloj. «Los hombres de negocios que llevaban National Publications (la antigua DC Comics) se dieron cuenta de que Superman era la gallina de los huevos de oro. Sus estrategias de márketing fueron brillantes y rompedoras. Superman no solo aparecía en juguetes y prendas; el personaje del cómic también se trasladó a otros medios, empezando por un serial radiofónico y una serie de dibujos animados, antes de dar el paso a la televisión y al cine», explica Voloj.
Shuster y Siegel intentaron recuperar sus derechos y, en 1947, demandaron a la compañía. Reclamaron cinco millones de dólares y recibieron unos 94.000 dólares en un acuerdo extrajudicial por los derechos de Superman y Superboy. Pero más duro fue la respuesta de la industria. Durante un tiempo, fueron unos apestados y no volvieron a trabajar. Incluso Shuster llegó a trabajar como repartidor de correo en California. Una situación complicada que Voloj pudo comprobar al estudiar el legado que Shuster dejó a la Universidad de Columbia. «Había facturas médicas impagadas, el miedo al desahucio, las súplicas de ayuda económica a amigos... Era un relato desgarrador escrito por el coautor de uno de los personajes de ficción más famosos del mundo», indicó el guionista.
Una nueva batalla
La pelea por sus derechos se repitió en 1965 -también perdieron- y, años después, tras el estreno de la película en la que lo encarnó Christopher Reeve, Jerry Siegel mandó una carta a los medios maldiciéndola. «¿Por qué maldigo la película basada en Superman, mi propia creación? Pues porque el dibujante Joe Shuster y yo, que concebimos Superman juntos, no recibiremos ni un centavo del acuerdo al que ha llegado la superproducción cinematográfica», escribió en una carta de nueve páginas que al final tuvo su repercusión. Los estudios accedieron a que sus nombres aparecieran en los créditos de las películas. Pero también se consiguió algo más importante: que se empezara a respetar más a los creadores de cómics y sus derechos.