Miguel Ángel Cajigal, El Barroquista: «El feísmo se ha demonizado y no deja de ser un producto sociológico interesante que muestra los límites de la legislación»

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

CULTURA

Sandra Alonso

Especialista en historia del arte, mediador en el Museo Gaiás e influencer, El Barroquista presenta «Otra historia de la arquitectura», que viene a responder preguntas como si toda la culpa es de Le Corbusier o por qué Versalles es mejor que tu casa

06 jun 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Foto bonita de Venecia. Foto bonita de Versalles, del Taj Mahal, del Machu Picchu... Y las redes sociales van componiendo un álbum de nostalgia de los monumentos. «Empieza a haber gente que realmente se cree que en nuestra sociedad la arquitectura es terrible y que la del pasado era mucho mejor, que donde esté una catedral gótica que se quite el instituto en en el que has estudiado. Eso es tan erróneo desde tantos puntos de vista [ríe] que llega un punto que dije, pues mira a lo mejor hay que explicarlo con calma». Miguel Ángel Cajigal, El Barroquista, Barro, presenta hoy en Follas Novas (19 horas) Otra historia de la arquitectura, continuación de Otra historia del arte y que viene a abrir puertas hacia la importancia de los edificios que habitamos igual que a él se le abrieron aquella mañana fría cuando bajó de un Seat Panda para contemplar por vez primera el monasterio de Sobrado dos Monxes. 

—Dice al principio del libro que la arquitectura está siempre presente en nuestra vida, desde la cosa más pequeña hasta la más grande, pero que en la escuela no enseñan arquitectura. Y eso que es fundamental para cosas como comprarte una casa.  

 —O como decidir dónde vas a poner la mesa del escritorio donde vas a trabajar. Esto no es un libro de diseño arquitectónico, ni de decoración de interiores, para eso hay otros mucho mejores [ríe], pero sí es verdad que por un lado la arquitectura importa porque nos afecta en todo, pero además la arquitectura es quizás, incluso dentro de las artes, la que la que más te explica cómo es una sociedad, cómo es la vida de un lugar, de un país, de una cultura por encima incluso de la pintura y la escultura, que ya de por sí son documentos muy valiosos. 

Juntando esas dos cosas pensé que ahí había un libro y que además podía complementarse con el primero. Funcionan en parejita, se pueden leer separados o juntos o por el orden inverso como se quiera.

 — Vamos con la pregunta obvia. ¿Por qué mi casa es mejor que Versalles?

—Porque tu casa está pensada arquitectónicamente para vivir en ella mientras que Versalles en realidad no está pensado para vivir, Está pensado para transmitir una imagen política, una idea ética incluso, está pensado para apabullar a los rivales de Luis XIV y está pensado incluso para torturar a la corte, porque Luis XIV decide que quiere que se desplace toda la corte con el allí y tenerlos encerraditos. Al final del libro hablo del panóptico de Bentham,que es uno de los inventos arquitectónicos más terribles que ha generado el ser humano y Versalles a lo mejor era un poco el panóptico del siglo XVII, porque era una manera de vivir todos no en amor ni compañía, sino en desamor y desagrado bajo un mismo techo donde el rey controlaba.

—Esto es mucho mejor que mi respuesta, que es que la mía tiene cuarto de baño.

—Al final en los palacios borbónicos, porque Versalles no deja de ser el ejemplo más claro, pero pero el Palacio Real de Madrid era más o menos lo mismo, no son tan confortables como una casa actual, porque tenemos el retrete más cerca y tenemos calefacción, que allí calefactar era complicado, aunque se intentaba. Vale, nosotros tenemos una tecnología que ellos no, pero al mismo tiempo tenemos privacidad que era algo que podría haber existido en el XVII pero que no existía en Versalles ni en muchísimas de esas viviendas. Cuando vemos esos palacios en las películas es todo fantástico, porque no vemos la incomodidad de vivir en un sitio donde ni siquiera conoces el nombre de todos sus sirvientes, donde viven todas tus adversarias y adversarios que te quieren acuchillar por la espalda o defenestrarte, o directamente donde no puedes prácticamente estar a solas. Por eso en Versalles luego se fueron desarrollando otras arquitecturas: el Trianon, el Petit Trianon, la famosa granja de María Antonieta... que era donde por momentos estaban en paz.

Es curioso, pero los reyes y reinas que vivían en Versalles querían huir de él. Igual que Isabel II, que a la que podía se iba de Buckingham a Balmoral, donde tenía habitaciones más cómodas. Las otras no son habitaciones para vivir, son para representar: para recibir un embajador y que flipe y que diga guau, que poderoso es este rey o esta reina.

—Es un poco como la cocina de enseñar y la de estar.

—Es literalmente eso. Tengo un hobby que practico poco porque no tengo mucho tiempo, pero hay canales de Youtube de casas de superlujo y muchas de ellas tiene tienen dos e incluso tres cocinas, es genial. Tienen la cocina bonita en la que preparas unos pinchitos cuando están tus amigos; la cocina de diario en la que desayunas con la familia, y luego la cocina industrial en la que cuando tienes una cena o un banquete contratas a alguien para que te vaya a cocinar. Hasta tres cocinas. Y es lo mismo, es esa idea que existió en las casas españolas hasta no hace mucho: la diferencia entre el salón y el comedor o la salita de estar y el salón: el salón es para los eventos y la salita es donde tienes la tele en la mesa camilla y haces ganchillo.

—Aquí, donde estamos sentados, es un lugar en el que se conjugan la arquitectura contemporánea del CGAC con el puro barroco de San Domingos. Y esto generó en su momento mucha polémica. ¿Por qué tenemos esta sensación de que no se pueden mezclar lo antiguo con lo nuevo, o que lo nuevo es peor que lo antiguo?

—Por una parte, porque todo lo anterior a nosotros es antiguo y lo damos por hecho. Siempre que el edificio sea construido antes de que hayas nacido lo vas a asumir con más facilidad. A partir de tu nacimiento ya es algo que se impuso a tu vida. Luego está la parte de que nos cuesta ver en los monumentos antiguos, como en Bonaval, que es un ejemplo buenísimo, que también hay solapamientos de diferentes épocas, que efectivamente es un edificio barroco pero tiene una iglesia medieval que se acaba en el barroco. Existe ese pegote, algo con lo que hoy se pondría muy nerviosa mucha gente, como cuando se coge un edificio del XIX y se le hace una cubierta más moderna, de cristal o de titanio, y la gente dice qué horror. Es parecido a lo que hicieron aquí. Aquí Domingo de Andrade le hizo una escalera tripe helicoidal al lado de una iglesia gótica, pero como es todo de piedra, parece que el material lo homogeneiza.

Y luego sí que hay que tirar alguna pedradita a la arquitectura. Igual que yo soy muy autocrítico con el arte y la historia del arte también soy muy crítico con la arquitectura. Como hacemos dejación de funciones, como en la sociedad no tenemos las herramientas para poder decirle a un arquitecto que esto lo has hecho mal por esta razón, o que esto no es la ejecución correcta de lo que tenía que ser este edificio, al final creo que en el ámbito de la arquitectura se han sentido con una cierta libertad para a veces meter la pata bastante. Para decir "porque tengo explicaciones para todo porque el resto sois legos en arquitectura". Es también una parte que yo quiero recuperar con el libro que curiosamente lo han leído bastantes arquitectos y les está gustando, lo cual me alivia bastante porque dentro de la arquitectura también hay mucha autocrítica con esto. Venimos de varias décadas en las que parecía que los grandes arquitectos eran dioses, eran más importantes incluso que los políticos. 

—Cierto, auténticas estrellas del rock.

—Hace no tantos años, quizás la agenda de Frank Gehry  era más apretada que la de la mayoría de presidentes y jefes de estado, con quizá la excepción del presidente de Estados Unidos y pocos más. Reunirte con Frank Gehry era casi como reunirte con dios, y quien dice Gehry dice Foster... los clásicos. Se llegó ahí con un proceso lógico, si se quiere incluso razonable, de dignificación de la arquitectura como profesión, que es muy importante, pero sabemos lo que sucede con las dignificaciones que se acaba convirtiendo en un estatus social. Es evidente que la arquitectura todavía hoy sigue siendo una profesión socialmente muy prestigiosa, aunque está muy machacada en lo laboral y hay gente muy precaria, pero ese desarrollo que es positivo para la arquitectura también trae el otro reverso: como a algunos arquitectos, igual que a algunos directores de cine y algún artista se les ha tratado como dioses y cualquier cosa que hiciesen estaba bien. Si al otro lado no tienes una respuesta crítica, que es lo que busco con el libro, esa respuesta crítica que sabe encajar cada edificio en su época, pueden hacer y decir lo que quieran porque no va a haber capacidad de reacción para decir sí, tienes que hacer una arquitectura propia de tu tiempo, pero también una arquitectura adecuada, apropiada. 

—Para vivir en ella, porque hay edificios que no funcionan. 

—No es por quitar culpa a nadie, pero al final siempre va a haber errores. Si decides alicatar el cuarto de baño con baldosas claras va a ser difícil de mantener limpio. Si lo haces con baldosas oscuras, va a ser un poco angustioso. Cada elección arquitectónica genera pros y contras y es algo a tener en cuenta. Y por eso uso Versalles de ejemplo. Es maravilloso, pero tiene sus pegas, como las tiene la torre Eiffel y la catedral de Santiago. Cada decisión tiene un reverso luminoso y uno tenebroso. Y eso hay que entenderlo. 

—Sigo con San Domingos. Aquello de allí [señalando la rehabilitación encalada] ha generado también bastante polémica. Me sirve para ilustrar eso de que hacemos falsos históricos continuamente.

—Es una reconstrucción de la tradición que hacemos y no tiene nada de malo en sí mismo, aunque en este caso es cierto que los edificios sin recubrir sin recebar funcionan peor: son menos habitables, térmicamente más inestables, más húmedos menos salubres... Pero es que somos hijos e hijas de una época en la que la piedra se valora mucho, cuando en realidad en Galicia la piedra era el material que había. Incluso las casas más pobres, en determinados siglos, se hacían de piedra y no era un símbolo de riqueza como lo es hoy. Vemos los materiales con los ojos del presente y no los del pasado. Esa es nuestra aportación, porque estamos cambiando la manera en que vemos la arquitectura con respecto a como se veía a cuando fue hecha. La vivienda tradicional gallega siempre estuvo recubierta, como la inmensa mayoría. Eso no significa que no hubiera alguna que no se recubriesen, como hoy día sigue habiendo chalés que están a ladrillo visto. 

—Ahora que sale el ladrillo visto, hablemos del feísmo

—Es curioso, porque me da la sensación de que es una heterodoxia. El feísmo muchas veces responde a las necesidades de las personas que lo producen y se rechaza porque no armoniza con la visión romántica e idílica de otros lugares del mundo. Si lo que nos gusta es el orden, tendamos al orden. Si lo que compartimos en Instagram es ese bonito pueblo suizo donde todas las casitas son iguales, del mismo tamaño, de los mismos materiales y colores, ¿por qué no lo hacemos aquí? Es muy difícil perseguir a la gente con normativas urbanísticas y de construcción para que cumplan. Parece que de visita nos gustan unas cosas pero luego en nuestra casa no nos molestamos lo suficiente. Eso también forma parte de ese desinterés por la arquitectura, por la propia arquitectura que generamos. Muchas veces no te dejan opciones, y la gente vive en la casa que puede.

El feísmo se ha demonizado mucho cuando en realidad no deja de ser un producto sociológico interesante y al mismo tiempo muestra muy bien los límites de cualquier tipo de legislación, porque siempre pensamos que las leyes están para cumplirse, pero en realidad están para evitar algo que sucede. Si no estuviese sucediendo no se haría una ley para evitarlo,

—Es el debate de hasta qué punto primamos estética sobre funcionalidad, porque muchas de las cosas del feísmo son auténticas obras maestras del reciclaje. 

—Del reciclaje y de lo útil. Esa es la gran decisión: entre funcionalidad, confort y estética. Cuando se consiguen las dos cosas al mismo tiempo es una maravilla, pero no siempre se puede conseguir y a veces tendrás que optar por una o por otra. Como dentro de la estética no sé si del feísmo, pero de algo muy tradicional que se ha intentado evitar durante mucho tiempo estaba esa costumbre de la arquitectura vernácula de dejar la planta baja libre porque era donde se guardaba al ganado. Durante mucho tiempo se evitó eso y después, descubrimos que a lo mejor esa arquitectura vernácula tenía sentido porque está el radón, la humedad del suelo y otras cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de habitar un espacio. Queda muy bonito que tu chalé no tenga el bajo abierto y un portón de 3 metros, pero a lo mejor ese bajo luego hace que la casa que está encima sea más cómoda. Y las personas no son tontas, aunque no sean arquitectos y arquitectas saben lo que prefieren para su casa. Casar todos esos elementos es posible y aquí tenemos ejemplos de magníficos profesionales que hacen un trabajo estupendo uniendo la tradición real de construcción de Galicia y una arquitectura actual y moderna. 

—Se habla mucho de arquitectos y poco de arquitectas. ¿Se ha construido solo para la mitad de la población?

—Se ha construido pensando que los edificios los hacía la mitad de la población para la mitad de la población, con lo cual es un desastre. Cuando escribí el primer libro me propuse realmente intentar ser objetivo en lo que se debe y en la medida de lo posible no ser un altavoz de ese error. Y en la historia del arte es difícil, pero se ha trabajado mucho. En la arquitectura seguimos muy mal. Soy consciente de que puede ser el capítulo que puede levantar más ampollas, pero lo de la arquitectura es sangrante, porque no estamos hablando de agravios contra mujeres arquitectas del siglo XIV, que ya son graves, estamos hablando que en el siglo XX y en el siglo XXI se hacen constantemente agravios contra grandes mujeres arquitectas. Quería expresarlo dentro del libro, porque para muchas de las cosas que cuento en el libro me sirven ejemplos de arquitectos y arquitectas y me permite procurar que haya un equilibrio racional, pero es que además quería que se viese claramente como hace apenas meses o años se estaban cometiendo casos gravísimos de marginación de mujeres arquitectas que son reconocidísimas en su profesión pero invisibles.

Cuento por ejemplo el caso de Denise Scott Brown. Su marido, Robert Venturi, recibió el Pritzker por un trabajo que hizo junto a ella y ella no fue nominada. Y Denise Scott Brown decidió que no iba a recoger el premio. Y es curioso que eso sucede en los 90, no sucede en el siglo XVIII. Scott Brown es sin lugar a dudas la arquitecta norteamericana más importante del siglo XX, todo el mundo sabe que trabaja con su marido, que el estudio  es  de los dos. Y de repente le dan el premio a él, pero a ella no, y él decide ir a recogerlo. Cien años antes, Pierre Curie...

—Estaba pensando en ellos.

—Él pudo hacerse un Pierre Curie y decir si no va Denise yo no voy. Pero en vez de eso fue a México DF y recogió el Pritzker. Años después, muchos años después, se suma a una petición del alumnado de Harvard de que le den también a ella el Pritzker, pero porque hay presión del alumnado. Y el jurado dice que no, que el premio está entregado así. Es muy grave. A gente más o menos interesada en arquitectura, sin ser profesionales pero con interés, le preguntamos ahora por un arquitecta y la única que casi todo el mundo es capaz de nombrar es Zaha Hadid, que lleva años muerta y la gente cree que sigue viva porque su estudio sigue haciendo edificios.

—Sinceramente, yo no puedo pensar en ninguna. Pienso en Norman Foster, Eisenman, Calatrava...

—Le Corbusier, Mies van der Rohe... Son todo tíos. Los cuatro arquitectos más importantes del siglo XX: Mies van der Rohe, Alvar Aalto, Frank Lloyd Wright y Le Corbusier, los cuatro, tuvieron a mujeres haciendo cosas muy importantes en sus proyectos y la mayoría son absolutamente desconocidas. Se salva un poco Aino Aalto, la mujer de Alvar Aalto, porque tuvo mucho que ver en el nacimiento del diseño sueco, pero aun así es Alvar Aalto, no se comenta que los interiores los hacía ella. O las sillas de Le Corbusier, o las sillas de Mies van der Rohe, que las diseñaban Charlotte Perriand y Lilly Reich. 

Pero es que ni siquiera solo las mujeres. La gran figura del arquitecto heroico, como gran héroe creativo del siglo XX y principios del XXI ha llegado a tal nivel de carga de testosterona que incluso se marginaba a otros arquitectos. Le Corbusier margina totalmente a su primo, Pierre Jeanneret, porque las obras tienen que tener un autor, cuando sabemos que la mayoría de los edificios importantes de Le Corbusier están diseñados por su equipo, y en su equipo está Jeanneret y está Perriand.

—¿Qué pasa con Le Corbusier? ¿Tiene la culpa de todo?

—[Ríe] Le Corbusier es probablemente la persona que más ha influido en nuestras vidas en muchísimo tiempo, por lo menos desde el punto de vista de la arquitectura es muy difícil encontrar a alguien que nos haya influido tanto. Pero al mismo tiempo, fue una persona muy consciente de que en su momento se estaba definiendo un nuevo lenguaje e hizo todo lo que estuvo en su mano para erigirse él en el gran paladín de ese lenguaje, incluyendo la censura a otras personas y borrar los nombres de otras personas. En el libro cuento la historia de Eileen Gray, que es la mejor arquitecta del siglo XX, probablemente, aunque apenas construyó, como mínimo si tenemos en cuenta la influencia de sus ideas. Hoy se da por probado documentalmente que Le Corbusier fusiló las ideas de Gray. O por lo menos ella las construyó antes que él. Y sin embargo Le Corbusier llega en un momento de su vida a escribir mal el nombre de Eileen Gray en un texto, algo así como "no sé de quién me hablas". 

—Es un poco Picasso, eso del genio y la musas. 

—El genio y la musa siempre implica que la musa es silenciosa, está calladita en un rincón y cuando hace falta se la llama. El problema es el genio. Nadie le quita brillantez al trabajo de Picasso, Le Corbusier y muchísimos hombres. Pero tenemos que empezar a ser conscientes de que lo que vemos son trabajos colectivos. Si un cuadro, una escultura, muchas veces es un trabajo colectivo, imaginémonos un edificio donde hasta el que te coloca los alicatados tiene algo que decir y tiene responsabilidad. Es algo que la gente que hace arquitectura actualmente sabe perfectamente y trabajan con profesionales de la artesanía, con gente del ámbito del diseño, con proveedores que les dan esta pieza concreta... Pero lo que prima es el nombre del arquitecto: tiene que ser un Foster, tiene que ser un Nouvel, un Gehry... Siempre el arquitecto, cuando luego vemos que la mayoría de las direcciones de estudios las ejercen mujeres y casi nadie conoce sus nombres. Ese proceso sigue siendo tóxico, porque se acaba colocando una persona delante, que es cierto que es también la que se lleva los puñetazos y sirve un poco de mampara, pero que está oscureciendo el trabajo que a día de hoy hacen cientos de personas. Eso hay verlo, saberlo y entenderlo, porque si no estamos proyectando una visión errónea de la profesión creativa, en este caso de arquitectura pero de otras muchas.