
Ábacos, enciclopedias, manuscritos, tinteros... Las clases de tus abuelos no se parecían en nada a los colegios de hoy en día
21 ago 2025 . Actualizado a las 09:11 h.Seguro que en tu colegio hay una pizarra digital. De hecho, es muy posible que haya una en cada clase y que la uses todos los días para entrar en internet y hacer ejercicios o actividades. También es probable que los días que tengas clase de Matemáticas lleves una calculadora. O que en Geografía consultes el mapa del mundo en una tableta. ¡No es de extrañar! Estamos en el siglo XXI y la tecnología forma una parte muy importante de nuestra vida y de nuestra educación. Pero no siempre fue así. Hace no muchos años, cuando tus padres iban al colegio, lo más habitual era que las aulas estuvieran llenas de libros de texto impresos. Y antes de eso, tus abuelos aprendían a contar de una forma diferente…
¿Quieres saber más? Hagamos un viaje por la historia de los objetos didácticos que te podías encontrar en las aulas gallegas hace cien años.
Aprender a leer
Leer es y ha sido siempre lo primero que se enseña en las aulas de todo el mundo. Es imprescindible para poder entender el resto de las materias, pero no siempre se aprendió de la misma manera.
A principios del siglo XX la educación era mucho más escasa y los niños solo iban al cole desde los 8 o 9 años hasta los 11 o 12, porque después tenían que ponerse a trabajar. Así que lo importante no era aprender a leer novelas, sino los documentos que podían llegar a casa o que podían ser necesarios para el negocio familiar. Por eso se enseñaba a leer con manuscritos. Desde cartas y contratos hasta pasajes religiosos escritos con una caligrafía más compleja.
Con el paso del tiempo, estos documentos útiles se fueron juntando y se convirtieron en pequeños libros llamados catones. Podríamos decir que fueron los primeros libros de texto de la historia. Eso sí, no pienses que cada alumno tenía su propio catón. Estos libros eran muy caros para la época, así que lo más habitual es que fueran propiedad del profesor y que los estudiantes se lo fuesen pasando para practicar la lectura en clase.
El problema del precio de los materiales siguió vigente muchos años más. De hecho, a mediados del siglo XX también era muy común que hubiese pósters y grandes láminas colgados por la clase con el abecedario, silabarios y otras lecciones. Ya que todos tenían que compartir material, ¡por lo menos que se viese bien!
Conforme fue avanzando el siglo se fueron editando las primeras gramáticas y libros de ortografía. Solían ser manuales para los profesores, con guías prácticas sobre cómo enseñar a los niños ciertas lecciones. Pero también se empezaron a editar libros diseñados para los alumnos, para que cada niño tuviese su propio libro de texto.
Con el franquismo (años cuarenta) llegó otro gran cambio. Se introdujo un manual que pretendía contener todo lo que un niño debía aprender en la escuela: gramática, ortografía, cálculo, lecciones de higiene... La Enciclopedia Álvarez fue el libro de referencia de los años cincuenta. Se dividía en tres volúmenes, en función de la edad, y ya lo ves en la imagen de la derecha: pesaba un montón.
Precisamente porque no era muy práctico llevar encima todo el saber (y también porque era un material muy vinculado a la ideología del régimen), a finales de los sesenta y principios de los setenta comenzaron a diferenciarse más las asignaturas y cada una pasó a tener su propio libro de texto: Lengua, Historia, Gallego y... Francés (el Inglés llegó un poco más tarde).
Aprender a escribir
De la mano de la lectura siempre va la escritura. Hoy tú escribes con lápiz, bolígrafo, con teclado o directamente en la pantalla. Sin embargo, los alumnos de, por ejemplo, 1920, solo tenían una opción: la pizarra y el pizarrín. Cada niño iba al colegio con su propia losa de pizarra, que era más o menos del tamaño de un folio, y con una especie de lápiz (también de pizarra, pero más blando) llamado pizarrín.
Así fue hasta que, a mediados de siglo XX, el papel dejó de ser tan caro y se empezó a popularizar el uso de la pluma y el tintero, que fueron los reyes de las aulas durante muchos años. Con ellos los alumnos escribían cartas y documentos, hacían sus exámenes y, sobre todo, practicaban la caligrafía, que era algo muy importante en una época donde casi todo se escribía a mano.
De hecho, era muy habitual que cada niño elaborase su propio cuaderno escolar, en el que ir acumulando lo aprendido en clase. El profesor les enseñaba a escribir, pero también a dibujar en ellos, a rotularlos y a maquetarlos con pericia, porque en la escuela de tus abuelos la presentación era muy importante.
Con la llegada de materiales de escritura más modernos, como el lápiz o el bolígrafo, la tinta dejó de ser la protagonista. Y con la llegada de la tecnología, la caligrafía también fue perdiendo relevancia.
Aprender a contar
Hay debate, pero saber contar es casi tan importante como saber leer y escribir. Por eso siempre fue una de las tres patas de la educación.
En una comunidad como Galicia, en la que a principios del siglo XX más de la mitad de la población vivía del campo, es vital saber medir las dimensiones de tu terreno, contar la producción agrícola y ganadera y saber calcular para comerciar con ella. No podemos decir que en las escuelas de aquella época se estudiasen Matemáticas, pero sí que había un espacio dedicado a aprender a contar, que a menudo se denominaba Nociones de Agrimensura.
Y para esas lecciones eran muy populares los materiales de medición, ya que hasta bien entrado el siglo XIX cada región española calculaba los volúmenes a su manera, y no utilizando el sistema métrico decimal. De ahí que en las aulas hubiese pequeños cajones, habitualmente de madera, para que los alumnos, acostumbrados a que sus padres midiesen todo en ferrados (una unidad gallega que variaba por parroquias), aprendiesen qué era un gramo.
Para aprender a sumar y multiplicar no se necesita más que papel y boli (o pizarra y pizarrín), ¿no? Pues hacía falta más. Visualizar los cálculos fue el método de aprendizaje más común desde hace siglos. Por eso elementos como el ábaco fueron vitales en las clases. Para los mayores había una pequeña herramienta, llamada regla de cálculo, que permitía realizar operaciones mucho más complejas y que hoy en día vendría a sustituir a la calculadora.
A medida que fue avanzando el siglo, y especialmente en las escuelas de las ciudades, se le empezó a hacer hueco en el horario al estudio de la geometría. En los años cuarenta ya se habían editado varios libros de texto sobre el tema y era habitual que en las aulas hubiera pequeñas figuras de madera con distintas formas para entender bien su geometría.
Eso sí, hasta bien entrado el siglo no se empezó a entender las Matemáticas como algo transversal, y se pensaba que con memorizar las tablas de multiplicar uno lo tenía todo hecho. Así que nada de problemas matemáticos hasta los años setenta.
Aprender... otras cosas
Puede sonar ambiguo, pero así es como se denominaba a principios de siglo todo lo que no era leer, escribir y contar: cosas.
Los libros de lecciones de cosas fueron un bum a principios del XX y se convirtieron, en muchos casos, en el primer contacto que muchos niños tuvieron con la ciencia, ya que contenían información sobre animales, plantas, geología y avances de ingeniería. Todo contado desde un punto de vista muy sencillo, con muchas ilustraciones y fotografías.
La Enciclopedia Álvarez recogió el testigo de esta idea e introdujo también un capítulo sobre «Ciencias de la naturaleza» en el que había multitud de dibujos y esquemas sobre los contenidos.
Fue el germen de lo que son hoy las ciencias: un pilar fundamental de tu educación.
Antes de las matemáticas ya había cálculos
La asignatura de Matemáticas tal y como la conocemos no existió hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, en las escuelas siempre se enseñó a contar y a medir, un conocimiento vital para poder trabajar, vender y comprar. Y antes de que existiesen las calculadoras, los ábacos, también llamados tableros contadores, ayudaban a los alumnos con los cálculos más complicados. Y, ¡ojo!. aún hay quien los sigue utilizando a día de hoy.
El libro más famoso del siglo XX
Este que tienes a la derecha es el manual que todos aquellos que pisasen un colegio a mediados del siglo XX debían llevar consigo. Y cuando decimos todos son todos, porque durante el franquismo no había lugar a salirse de lo que dictaba el régimen. Así que la conocida como «Enciclopedia Álvarez» (por el apellido del profesor que la escribió) marcó la infancia de toda una generación. El contundente volumen contenía toda la información que un alumno debía estudiar: desde gramática y geografía hasta religión y formación política.
La pluma, el antepasado del lápiz y del boli
Fue lo más utilizado en la primera mitad del siglo XX: un mango de madera, el portaplumas, coronado por una punta metálica —intercambiable, para poder usar distintos grosores— llamada pluma o plumín. Los pupitres de los colegios solían tener un pequeño hueco redondo a la derecha para la tinta, y también era habitual que tuviesen un lugar designado para dejar la pluma cuando no se estuviese utilizando, ya que este método tenía un gran problema: ¡manchaba muchísimo!
Aprender gallego: no hasta los ochenta
Hasta el curso 1979-1980 no fue obligatorio el estudio de nuestra lengua en las aulas gallegas y, por tanto, no era muy habitual antes de esa fecha encontrar libros sobre gramática, ortografía o vocabulario en gallego. A la izquierda puedes ver uno de los primeros, llamado «Catón galego». Aunque no se publicó hasta 1969, lo escribió en los años treinta Ben-Cho-Shey, que, aunque parezca un nombre extranjero, era el apodo que recibía un profesor, escritor e intelectual ourensano muy comprometido con la normalización lingüística.
¡Pongámonos de acuerdo!
Uno de los contenidos que sí o sí debía estar en las aulas era el cálculo. Sobre todo en Galicia, donde la mayor parte de la población trabajaba en el campo y había que saber contar bien todo lo producido. Pero no era tarea fácil, ya que tradicionalmente cada provincia medía el volumen de manera diferente. Así que desde las escuelas hubo, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, un gran esfuerzo por impulsar el sistema métrico decimal, reforzando el aprendizaje con recipientes como los que ves en la imagen.
Todo lo que no sea leer, escribir y contar
¿Qué tienen en común los vegetales, los animales, los medios de transporte y las máquinas? Pues que son cosas. Cosas que merece la pena conocer y aprender. Por eso a principios de siglo se popularizaron estos libros que recogían un enorme compendio de lecciones sobre todo tipo de temas y que estaban llenos de ilustraciones y fotografías. Su intención era que los niños, cautivados por todas aquellas imágenes, ampliasen lo que solemos llamar cultura general mediante la observación y la curiosidad.
¿Por qué había tantos manuscritos?
Aunque la imprenta se inventó en el siglo XV, la mayoría de los documentos con los que se podía cruzar una persona que viviese a principios del siglo XX estaban escritos a mano (manuscritos). Desde una factura hasta un contrato. Por eso era importantísimo que los niños aprendiesen a leer esta letra y por eso los primeros libros de texto fueron, en realidad, cartas y documentos como el de la imagen. Después, conforme fue avanzando el siglo, empezó a ser más común ver manuales escritos a máquina, como el silabario de la imagen de arriba.
Información elaborada con la colaboración del Centro Internacional de la Cultura Escolar y del profesor de la UDC Xosé Manuel Malheiro.